LA NOCHEBUENA DE CIENFUEGOS

Hugo J. Byrne

“Cuán presto se va el placer,

Como después de acordado da dolor,

Como a nuestro parecer,

Cualquiera tiempo pasado, fue mejor”

Jorge Manrique

A pesar del paso de muchos años ciertas muy gratas impresiones de mi juventud nunca se borran, ocupando un lugar glorioso en la memoria. Algunos acontecimientos de antaño han impreso en mi mente una ilusión que perdura de por vida. Son recuerdos dulces y como tales, están siempre relacionados a Cuba. Imagino que no pudieran suceder en distinto lugar o tiempo que la Cuba de mi juventud, esa tierra incomparable, la musa que me animará hasta el día final.

Mi historia se desarrolla en la Ciudad de Cienfuegos, pintoresco puerto de mar al sureste de Cuba. He visitado Cienfuegos una sola vez en mi vida, durante muy breve tiempo y en una época ya muy lejana. Mi recuerdo de la “Perla del Sur”, con sus calles rectas y su singular paseo a la vera del mar, es extraordinariamente bello y la feliz anécdota que narro no es una idealización de la realidad, sino algo que sucedió exactamente como lo describo. Algunos lectores puedan quizás reconocer en esta viñeta de antaño un aspecto extraordinario de la vida social de la Cuba que fue, justificando nuestra inextinguible añoranza.

Los personajes de esta historia son una pareja de recién casados que en su luna de miel viajaran desde la ciudad de Matanzas, en la tarde del 19 de diciembre de 1959, hasta el Hotel Havana-Riviera en La Habana y, al día siguiente, desde allí hasta el romántico San José del Lago en el Municipio de Yaguajay. Es el rincón noreste de la provincia de Las Villas. Entonces y pernoctando sucesivamente en la rebelde Sancti Spíritus, al pie del heroico Escambray y en la colonial Trinidad, nuestra pareja llegó a Cienfuegos en la tarde del 23 de diciembre de 1959. Allí se alojó en el entonces “trendy”, recién inaugurado Hotel Jagua. Al día siguiente era la víspera de Navidad, fecha de la tradicional Nochebuena.

Con 25 y 24 años de edad respectivamente, esos jóvenes nunca habían vivido esa celebración alejados de sus respectivas familias, con la excepción del novio, quien en diciembre del año anterior había sido invitado a la vasta mesa de Nochebuena de la numerosa familia a la que se incorporaría en breve. La novia era maestra de instrucción pública y su aula pertenecía a una escuela primaria sita escasamente a dos cuadras de la que hasta ese día había sido su residencia en Matanzas. El novio trabajaba en una de las principales industrias de materiales de construcción de la capital, ciudad donde la pareja planeaba establecer residencia permanente.

Ambos, leyéndose mutuamente el pensamiento, decidieron buscar algún lugar en Cienfuegos que ofreciera una cena “familiar” de vísperas de Navidad. El tiempo apremiaba y las probabilidades de encontrar semejante ocasión se hacían remotas. Preguntar en el vetíbulo del hotel no rindió indicio alguno. Sin embargo, un huésped que alcanzó a oir la pregunta, con esa familiaridad tan típica de la Cuba de entonces dijo que sabía que en el Hotel Roma planeaban celebrar la Nochebuena.

Cuba en diciembre de 1959 vivía una situación de incertidumbre y espectativa, nunca sufrida desde los años de la lucha por la independencia, o al menos desde los grandes disturbios que anunciaran el fin del régimen del General Gerardo Machado en el año 33. El terror oficial, desatado sin piedad por Fidel Castro y sus inmediatos colaboradores, anunciaba intenciones inconfundibles del establecimiento de un régimen despótico y probablemente totalitario. Tanto en Sancti Spíritus como en Trinidad la población parecía desconfiar de visitantes desconocidos. Frecuentaban el talante sombrío y las miradas esquivas. En las cercanas montañas ya se desarrollaban las primeras acciones en una sangrienta rebelión armada que sólo finalizaría 6 años después, a un costo elevadísimo de vidas cubanas y del desarraigo colectivo del campesinado local, reminiscente de las barbaridades de Weyler en 1896.

El ambiente en Cienfuegos era distinto, por lo menos en la superficie. La gente lucía aún razonablemente feliz, o quizás fuera esa sólo la impresión superficial del joven de esta historia, quien disfrutaba entonces el apogeo pleno de la juventud. En su memoria el Hotel Roma estaba en un edificio antiguo, pero acogedor. Su vestíbulo era alegre y limpio y su mobiliario y decoraciones reflejaban un pasado elegante. En la carpeta lo recibió el dueño con una sonrisa que se hizo más amplia al conocer el motivo de la visita: “Amigo, venga con su esposa entre las 8:00 y las 8:30 pm. El costo lo garantizo razonable y la cantidad exacta la arreglamos después”.

Cuando la pareja de nuestra anécdota llegara al Hotel Roma a las 8:00 en punto, la mesa estaba servida. En lugar de los muebles del vestíbulo había una mesa larga de estilo familiar que no se encontraba allí en la mañana. Esa fue la primera sorpresa.

Después fue también sorprendente la ubicación de dos asientos, reservados para la pareja en luna de miel: lugar prominente, como si se tratara de invitados de honor y muy cerca del extremo que presidía el dueño. El joven de esta historia no recuerda ya nada de la probablemente exquisita cena, pero sí de la jovialidad y campechanía cubana que reinaba en esa mesa de unos treinta y tantos comensales, entre los que había algunos niños. Parecían todos conocerse muy bien entre sí, lo que no es sorprendente entre huéspedes viejos de un mismo hotel, aunque, en realidad... no lo eran necesariamente.

Al final de la cena y cuando sintiendo que ya debían regresar al Jagua el joven de esta historia pidiera su cuenta, el dueño del Hotel se puso de pie con su copa de vino rojo, diciéndole que nada le debía: “Tengo el gusto de decirle que nada nos debe y que somos nosotros quienes estamos endeudados. Estos no son todos huéspedes del hotel, sino mi familia, algunos venidos de muy lejos y ustedes son el elemento que faltaba en esta mesa de Nochebuena para completar su significado. Una pareja de recién casados; es el complemento perfecto al espíritu del amor navideño. Muchas felicidades les deseamos a ustedes en estas Navidades y siempre”. Entoces todos se pusieron de pie, el anfitrión ofreció un brindis y todos los comensales otorgaron una larga ovación a la recién estrenada, feliz y muy sorprendida pareja.

El futuro no fue así. Esos buenos deseos no encontraron fruición: primero los recién casados tuvieron que enfrentar la ruina de Cuba y un exilio permanente desde septiembre de 1961 y después... la hecatombe final; una cruel enfermedad segó la vida de la joven esposa en agosto de 1962. ¿Qué habría sido de aquellos comensales y del dueño del hotel? Esas son otras historias, ajenas al propósito de estas cuartillas.

Ellas sólo pretenden resaltar con esta anécdota real, el amor fraterno entre los cubanos y la bondad y generosidad característica de su sociedad de antaño. Es una tragedia verdadera que una nación tan esencialmente virtuosa haya sido y continúe siendo víctima de tanta infamia.

 

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