SEMEJANZA ENTRE TIRANOS

Por Hugo Byrne 

 “Existe algo singular en el presente paralelo que no ha ocurrido en ninguna de las otras vidas; el que una sea imitación de la otra y la otra su mejor evidencia”

“Las Vidas Paralelas” Plutarco

La semejanza entre ciertos dictadores totalitarios de la época contemporánea constituye el elemento más consistente e intrigante en sus tiranías. Siendo objeto de legítima curiosidad para muchos aficionados a la historia, ese paralelismo subraya un denominador común demasiado poderoso para descartarlo como simplemente propiciado por la casualidad. Parece evidente que se estudian unos a otros, imitándose entre sí cuando conviene. El conocimiento de esa semejanza es importantísimo para defender la libertad y vital para todo aquel que se dedique seriamente a combatir la opresión.

 

Los dramáticos acontecimientos ocurridos en Baviera, Alemania, entre el 8 y el 9 de noviembre de 1923, presentan una pasmosa semejanza en referencia a las acciones de su personaje central, con las de quien dirigiera el ataque armado del 26 de julio de 1953 contra los cuarteles de Santiago y Bayamo en Cuba. Este paralelo resulta aún más dramático al comparar ambos pronuncimientos con el fallido golpe de estado del 3 al 4 de febrero de 1992 en Venezuela. Todas estas intentonas subversivas fracasaron y sus tres cabecillas terminaron en prisión, pero sirvieron de trampolín para que estos tres capos de la conspiración totalitaria alcanzaran y aseguraran el poder político absoluto. Evidentemente no se trata de coincidencia.

 

Si juzgamos la maldad en relación directa al número absoluto de víctimas, el peor de los tres que comparo afortunadamente ya no existe, aunque todavía sufra el mundo las consecuencias nefastas de su paso por él. Adolph Hitler costó por lo menos más de 50 millones de vidas durante la Segunda Guerra Mundial y la secuela de ese período terrible aún se siente al finalizar la primera década del siglo XXI, 65 años después de terminar la conflagración. 

 

Fidel Castro y su llamada revolución “cubana”, junto a la erradicación de las libertades y los derechos más elementales en Cuba, ha causado el colapso económico total de esa nación antaño esencialmente próspera y hoy en harapos. Su régimen, venido a menos como consecuencia directa de un sistema fracasado e inoperante, aún representa un peligro para sus vecinos y otras naciones del Hemisferio. Ese régimen fue responsable por la crisis más peligrosa desde la Segunda Guerra Mundial hasta el fin del siglo XX.   Castro ha cambiado los términos del proverbio de Martí, usando a la patria que sufre su tiranía como pedestal a su poder infame.

 

Doce años después de haber sido electo abrumadoramente a la presidencia de Venezuela, encabezando supuestamente un programa de reforma, al antiguo Teniente Coronel Hugo Chávez se le acredita con el retroceso económico y político de su país. Entre sus logros se cuenta la supresión de la libertad de palabra, reunión y prensa. Chávez ha intentado, en ciertos casos con éxito, subvertir la paz y el orden constitucional de sus vecinos y de otros países en Sur y Centroamérica. 

 

Tanto Chávez como Hitler alcanzaron el poder democráticamente y por la vía legal. Castro, con maquiavélica prudencia, consideró su poder demasiado frágil al principio, a pesar de la evidente gran popularidad que entonces comandaba. Por eso rehusó someterse a un proceso electoral para evitar compartir el poder con una rama legislativa capaz de plantear el retorno inmediato a la Constitución cubana de 1940, o, lo que era aún más peligroso a sus furtivos intereses, la convocatoria a una nueva asamblea constituyente. Sin embargo, nadie dude que en 1959 Castro habría sido también electo casi por aclamación. Por eso me maravilla la poca memoria de quienes suplican un inmediato proceso democrático, aunque implique la cooperación de la supuestamente exhausta tiranía, sin la menor motivación por parte de ella, ni previas salvaguardas constitucionales. Aún después de medio siglo de opresión, ruina y exilio, los hay entre nosotros quienes nada han aprendido.

 

Analicemos las otras muchas semejanzas entre estos tres mandones del totalitarismo contemporáneo, contrastándolas con las poquísimas diferencias.   Los tres eran retoños de una clase evidentemente subalterna en el orden intelectual, pero más o menos pudiente. Considerándose una élite al extremo del narcisismo, dos de ellos nunca emprendieron la más insignificante tarea laboral antes de asegurar el poder político ilimitado. Eso, a pesar de que uno de los dos, Castro, ostentaba un título profesional. El tercero escogió la comodísima carrera militar en una nación con casi dos siglos de paz con sus vecinos y fronteras “dormidas”, antes de que él mismo las despertara con una ridícula guerra retórica contra un mitológico “imperio”, el que de acuerdo a esa fantasía, dirige a su vecina Colombia.

 

Los tres utilizaron extensamente la tribuna política como medio de alcanzar sus fines de poder absoluto. Sus imágenes más evocadoras incluyen siempre micrófonos y multitudes extasiadas. Chávez es de los tres el orador más ramplón. Las peroratas de Chávez están repletas de errores, desconoce historia y ciencia elementales. Ni siquiera sabe multiplicar y no sabe cómo ni cuándo callarse. Quien lo dude debe preguntarle al Rey de España.

 

Castro fue un orador efectivo hasta que sus neuronas se deterioraron, pero extendía sus peroratas por muchas horas y, ocasionalmente, también desbarró. El mejor gritón de los tres fue Hitler, quien usaba tal hipnótica verborrea, que muchos analistas atribuyen su suicidio y el de su país, a autosugestión e hipnotismo colectivo respectivamente. Castro parecía listo a emular a Hitler en octubre de 1962. Su correspondencia con Moscú de esa época indica una insania real. Que no se hubiera suicidado entonces es prueba fehaciente de la única diferencia verdadera entre estos dos tiranos. Hitler estaba al margen de la realidad.   No Castro, quien sólo tuvo que convencerse a sí mismo de que aunque su ego había sufrido durante la crisis, tanto él como su régimen se habían consolidado.   Chávez, también es dado a la autosugestión y él lo sabe. Por eso necesita de Castro, tanto como Castro de su petróleo. 

 

 

 

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