NO TODO ESTÁ PERDIDO

Por Alfredo M. Cepero

Director de www.lanuevanacion.com

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“Cuando en la república el poder soberano reside en el pueblo entero, es una democracia. Cuando el poder soberano está en una parte del pueblo, es una aristocracia. Cuando está en manos de uno solo, es una dictadura.”, Barón de Montesquieu.

En el más de medio siglo que llevo viviendo en este país la sociedad norteamericana ha sufrido transformaciones profundas en sus instituciones políticas, su composición demográfica y sus estructuras morales. Recuerdo con añoranza aquel Miami de 1960 en que dormíamos con las puertas abiertas y podíamos pasearnos por el centro de la ciudad a las dos de la madrugada sin temor a ser asaltados o hasta asesinados. Una sociedad donde los maleantes, a contrapelo de lo que ocurre por estos días, no eran tolerados ni compadecidos sino eran castigados con todo el peso de las leyes que habían violado. En aquella época la compasión era para las víctimas y el castigo era para los delincuentes, porque esa es la única forma en que puede prosperar y perdurar una sociedad civilizada.

Sin embargo, en el curso de estos años, en forma a veces imperceptible pero siempre progresiva, los gobernantes norteamericanos se han dado a la tarea de aumentar el tamaño del gobierno para acumular en sus manos mayores porciones de poder. El barón de Montesquieu lo vio muy claro cuando dividió su propuesta de gobierno en tres ramas que servían de contrapeso unas a las otras.

Esa forma de gobierno fue la que tuvieron en mente los redactores de la constitución norteamericana. Pero de 1776 a la fecha ha llovido mucho y nos han iluminado muchas lunas. Los pícaros que hoy nos gobiernan se han dado cuenta de que haciendo regalos a los holgazanes y manteniendo vagos reciben votos y acumulan poder. Se han hecho realidad las advertencias de los fundadores de esta nación de que el poder que gana el gobierno lo pierde el ciudadano.

Otros de los factores que han cambiado el carácter nacional americano han sido la cultura y los niveles de instrucción de un número considerable de los recientes inmigrantes. En las grandes olas inmigratorias de finales del Siglo XIX y principios del XX llegaron a las playas norteamericanas hombres y mujeres que escapaban de una Europa empobrecida y diezmada por la guerra cuyos gobiernos carecían de recursos para proporcionar ayuda social a sus ciudadanos.

No sabían lo que eran cheques por desempleo, ayuda médica gratuita o sellos de alimentos. Eran médicos, ingenieros, albañiles, carpinteros o relojeros que no esperaban ayuda alguna en el nuevo país. No buscaban otra cosa que libertad y oportunidades para hacer realidad el sueño americano con el fruto de su trabajo y de su habilidad profesional. A diferencia de aquellos, una proporción considerable de los actuales inmigrantes, sobre todo los del último cuarto de siglo, buscan el sueño americano bajo la protección del estado paternalista. Son en su mayoría personas con bajos niveles de instrucción y altos niveles de desesperación. ¿Y quién puede culparlos? Escapan de la miseria de sus países de origen y compran una relativa prosperidad en el país adoptivo con la moneda del voto incondicional a sus recién descubiertos mecenas. Ellos no son los corruptos sino los instrumentos de los corruptos. Los corruptos son los políticos que los deshumanizan y manipulan para acumular poderes omnímodos.

Ahora bien, el factor de mayor preocupación es la crisis de las estructuras morales de este país ocasionadas por el derrumbe de la familia norteamericana. Lo que los sociólogos llaman célula de la sociedad desempeña un papel cada día menos importante en este país. Quienes lo duden solo tienen que preguntarle a los maestros, a los jueces y a los policías. Las estadísticas de los hogares con un solo padre son espeluznantes. Es cierto que la raza negra con un 72 por ciento en esta categoría lleva la delantera, pero los hispanos y los norteamericanos blancos han experimentado un peligrosos deterioro de la unidad familiar en los últimos años.

La crisis de estas tres áreas de la vida nacional es motivo de alarma y preocupación para aquellos que quieren dejar a sus hijos y nietos una sociedad funcional donde puedan desarrollar el potencial de sus habilidades y disfrutar de una vida digna y segura. Yo confieso haber sido agobiado algunas veces por esos sentimientos de frustración y temor.

Pero es un hecho irrefutable que después de cada noche viene un amanecer y que en medio de la más profunda oscuridad puede siempre encontrarse un rayo de luz. En mi caso, ese rayo de luz lo encontré el pasado fin de semana con motivo de una visita al colegio militar donde estudia su tercer año mi nieto Michael Peter Santana.

En la histórica y acogedora ciudad de Charleston, estado de Carolina del Sur, donde se dispararon los cañonazos que desataron la conflagración fratricida de la Guerra Civil Norteamericana se encuentra enclavado The Citadel Military College. Fundado en 1842, The Citadel Military College ha producido más de 50,000 hombres y mujeres de principios y carácter que han contribuido a forjar esta sociedad de libertad y oportunidades que son los Estados Unidos de América.

 
 La misión de esta benemérita institución ha sido descrita con soberana claridad por su actual presidente, el Teniente General John W. Rosa, con estas palabras: "La misión de Citadel consiste en educar líderes con principios. La llave para producir esos líderes es a través del estudio y del servicio a sus semejantes. Antes de poder liderar es necesario saber servir".

Los frutos de esta hermosa labor de educar ciudadanos para construir naciones se han hecho patentes en la larga lista de graduados de Citadel que han ejercido un impacto beneficioso en la sociedad norteamericana. Entre los graduados más notables en el transcurso de los 171 años de historia de The Citadel se encuentran 6 gobernadores estatales, 3 senadores federales, 12 congresistas federales, 8 embajadores norteamericanos, 28 generales de tres estrellas, 4 generales de cuatro estrellas, 5 pilotos de los Navy Blue Angels, un astronauta y, para adornar la ya impresionante lista, la Miss USA de 1994, Ms Lou Parker.

Dos de estos destacados graduados merecen, por otra parte, una especial mención por el talento y el coraje con los que supieron enfrentar retos de extraordinarias proporciones. El General de cuatro estrellas William C, Westmoreland, en su condición de comandante Supremo de las fuerzas norteamericanas en Vietnam entre 1965 y 1968, mantuvo la cohesión y la moral de unos soldados que peleaban en una guerra contaminada por interferencias políticas y repudiada por el público de los Estados Unidos.

El otro tomó el camino del servicio como destacado líder cívico. ¿Quién en el sur de la Florida puede ignorar el nombre y la labor cívica de Alvah Chapman, Jr.? En la noche tenebrosa que siguió al azote brutal del Huracan Andrew, Alvah H. Chapman, a la sazón Presidente de la Junta de Directores de Knight-Ridders, fue la mano firme que dirigió la reconstrucción de un devastado Homestead.

Estos dos hombres y los mencionados anteriormente en este trabajo bebieron en su temprana juventud los principios y valores que yo pude constatar durante mi reciente visita a The Citadel. Junto a murales donde eran ilustrados actos de heroísmo en la defensa de la libertad y la democracia, no solo en los Estados Unidos sino en el mundo, se podían leer frases encaminadas a la formación de ciudadanos ejemplares. Junto al lema central de la institución "Honor, deber y respecto", podían leerse frases como "Dios, Patria y Familia" y, como irreductible expresión de carácter, "No mentiré, no haré trampas, no robaré, ni toleraré a aquellos que lo hagan".

Es cierto que a mi regreso de este viaje por la América del honor y de la esperanza me encuentro con un gobierno paralizado por las rabietas infantiles de políticos que han perdido el rumbo en el camino del servicio a su pueblo. Pero, a diferencia de mis días previos a la visita a The Citadel, estoy convencido de que, a pesar de todas nuestra dificultades, gracias a mi nieto y a sus compañeros cadetes no todo está perdido.

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