ESTADOS UNIDOS: NUEVA “BANANERA”

Por Hugo J. Byrne

hugojbyrne@aol.com

La virtud de esta república residía en la protección de tres derechos inalienables; vida, libertad y búsqueda de felicidad. El derecho a defender la existencia es evidente, porque ésta se origina sin nuestro concurso: nos es dada. En la cultura judeocristiana se consagra el derecho a defender la vida contra la violencia, hasta su final biológico. Los códigos de toda sociedad civilizada incluyen legítima defensa.

Otro derecho inalienable que la Declaración de Independencia describe claramente es el disfrute de la libertad, que tal como el oxígeno no puede verse ni palparse, pero sin la que nos asfixiamos. El tercer derecho que menciona ese documento no es la felicidad, sino su búsqueda. Diferencia que negaran algunos filósofos del siglo XIX y un sinnúmero de tiranos (o aspirantes a serlo) y es el que permite a la sociedad vivir en paz.

Todos los totalitarismos contemporáneos, desde el Califato Mahometano pasando por el Marxismo-Leninismo hasta el “Obamanato”, niegan esa diferencia. El primero promete felicidad en otra vida (sólo a los hombres), provisto que siempre se procure convertir al prójimo a la “única fe”, mediante catequismo o muerte. Los otros la garantizan en esta vida, mediante la entrega, drástica o paulatina, del arbitrio y la hacienda personales a un estado “benefactor” y todopoderoso.

El economista francés Frederic Bastiat explicó en 1850 el origen de la ética en un breve tratado que apropiadamente titulara “La Ley”. Bastiat fue el primero en aclarar que la libertad y la propiedad precedieron a todas las leyes y que éstas se establecieron precisamente para defender esos derechos. Ese origen imposible de soslayar, fue intencionadamente ignorado por los más influyentes filósofos sociales precediendo a Bastiat, como su compatriota Jean Jacques Rousseau en su “Espíritu de las leyes”, el tratado de sociología más leído de la época contemporánea, excepto “El Capital” de Marx.

El alemán Carlos Marx, cuyas teorías nunca funcionaran en la práctica (por lo menos en proporción directa a la felicidad social) ha tenido infinidad de intérpretes. El más destacado entre ellos fue el fundador y primer líder de la felizmente desaparecida Unión Soviética: Vladimir Ilyich Ulyanov, quien cambiara su apellido a Lenin en 1901.

Otras variaciones totalitarias del marxismo en el siglo XX incluyeron el Fascio, fundado por un gacetillero italiano de filiación socialista llamado Benito Mussolini y la de su más notorio imitador, el austriaco Adolph Hitler, quien en alianza con el primero y militaristas japoneses devastara el mundo a mediados del siglo pasado.

El fascismo fue popular en el siglo XX, con escasos niveles de éxito. Fracasó en la mayor parte de Europa a pesar de salir aparentemente victorioso en ocasiones como en la guerra civil de España, donde los falangistas terminaron de socios menores e insignificantes de Franco.

Ese dictador, salvo algunas obvias corruptelas y monopolios, permitió la libertad comercial en su país y gracias a eso su dictadura no lo sobrevivió. Unas tres décadas después la tentativa democracia española sucumbiría al canto de sirenas del estado paternalista junto al resto de Europa Occidental.

Irónicamente ha sido América hispana, que se independizara como polo opuesto al autoritarismo tradicional, en donde florecieran muchos regímenes de fachada democrática y realidad populista, sin caer en el marxismo ortodoxo. La excepción de esta regla ha sido Cuba, donde este último se aplicara con rigor y es por eso que su pueblo es el más arruinado de todos.

En Hispanoamérica muchos tiranuelos del tradicional caudillismo ibérico dominaron en los años cuarenta y cincuenta, dando paso temporal a dos o tres décadas de democracia sin rigor legal y, quizás con la excepción de Chile (hasta ahora), favoreciendo un mercado raquítico en el que la competencia libre era la excepción y el clientelismo la regla oficial.

Analizando la herencia populista de Chávez no puede llegarse a otra conclusión. ¿Hemos olvidado el signo político de los dictadores de antaño, como el brasilero Getulio Vargas, el argentino Juan Perón o los múltiples y corruptos “caciques” mexicanos del PRI, como Lázaro Cárdenas? La primera esposa de Perón, la notoria “Evita”, afirmaba sin rubor que “cada necesidad entraña un derecho”.

La verdadera alternativa al estatismo y la corrupción en este Hemisferio la brindaba hasta hace muy poco el coloso empresarial norteamericano, cuyos aparentemente ilimitados recursos financieros basados en trabajo inteligente y competitivo, atraían una oleada masiva de inmigración de otras regiones del continente y el resto del mundo. Históricamente tanto las migraciones legales como las invasiones caóticas van siempre de lugares pobres o menos desarrollados, a territorios más prósperos.

También las sociedades arbitrariamente regimentadas pierden población que huye hacia lugares con libertad y autonomía individuales. Muchas veces eso se hace a riesgo de la vida.

Cuando de pronto se reduce la densidad en la marea humana invadiendo a Norteamérica, la prensa se muestra sorprendida. Si no se han asegurado las fronteras, ¿por qué entonces la reducción del influjo? La respuesta es simple: Estados Unidos está empezando a parecerse a las mismas tierras de las que huye la gente.

La virtud republicana parece en vías de extinción. El tradicional reino de la ley desaparece y su lugar lo ocupa rápidamente el estado protector y la imposición casi tiránica de la agenda de un “predestinado líder” a quien la mayor parte de la prensa y la mitad del congreso acatan obedientes, con el mismo desenfado que una prostituta se somete a quien la explota.

¿Retórica? El presente Senado mayoritariamente no reconoce ni debate gastos arbitrarios de miles de millones, ni en apariencias se preocupa que sean o no viables, o si arruinarán o no a varias futuras generaciones. Ergo: “Obamacare”. La constitución se ha convertido en un documento flexible que se retuerce a capricho. Las semejanzas con el autoritarismo marxista son cada día más espeluznantes.

No hay sorpresas en la disminución del influjo ilegal. ¿Tiene lógica abandonar una bananera para entrar a otra?

 

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