KENNEDY Y OBAMA: DOS TIGRES DE PAPEL

Por Alfredo M. Cepero

Director de www.lanuevanacion.com

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En medio de las reñidas primarias del Partido Demócrata del 2008, Caroline Kennedy, aconsejada sin dudas por su tío Ted cuyo odio por los Clinton era ampliamente conocido, publicó un artículo en The New York Times bajo el título de "Un presidente como mi Padre" en que comparaba a Barack Obama con John F. Kennedy. Hilary tiene que haber sentido el golpe bajo de los Kennedy en el mismo plexo solar. La única sobreviviente del finado presidente escribió: "Nunca he tenido a un presidente que me haya inspirado en la forma en que las personas me dicen que mi padre las inspiró a ellas. Pero, por primera vez, creo que he encontrado al hombre que podría ser ese presidente--no sólo para mí, sino para una nueva generación de americanos".

A pesar de mi justificada antipatía por el traidor que causó el fracaso de la invasión de Bahía de Cochinos y condenó al pueblo de Cuba a una esclavitud de más de medio siglo, me pareció que la Caroline exageraba cuando comparaba a un hombre de la catadura y la trayectoria de Obama con un ex presidente de los Estados Unidos, elevado a la categoría de ídolo por las trágicas circunstancias de su muerte. Me molestaba sobre todo que utilizara la reverencia de un pueblo por un presidente asesinado en plena juventud para promover la carrera política de un sujeto asociado con terroristas como Bill Ayers, antisemitas como Louis Farrakhan , racistas como Jeremiah Wright y ladrones convictos como Tony Rezko.

Sin embargo, aunque sigo pensando que la comparación fue infortunada, los últimos cinco años han demostrado que, si excluimos las relaciones delincuenciales de Obama, John Kennedy y Barack Obama comparten muchas similitudes en sus ideologías, sus carreras políticas y en el ejercicio de sus cargos de presidentes. Kennedy y Obama compartían una ideología de sociedad igualitaria donde el gobierno sería el árbitro del bienestar ciudadano por medio de la redistribución de riqueza.

Obama y Kennedy fueron producto del pensamiento y las doctrinas de izquierda impartidos por ingenieros sociales en universidades como Columbia y Harvard. Ni Kennedy ni Obama se ganaron jamás el pan con el sudor de la frente. Obama y Kennedy llegaron a la presidencia después de carreras relámpagos en el Senado de los Estados Unidos. Kennedy y Obama fueron mimados por una prensa en busca de Mesías populistas. Y Obama y Kennedy se atribuyeron a sí mismos tales cualidades de persuasión que les permitirían cautivar y neutralizar hasta a los enemigos de los Estados Unidos.

Pero los hechos han demostrado que ambos fueron dos globos inflados que estallaron al entrar en contacto con la realidad de una atmósfera internacional contaminada por el odio y la envidia contra los poderosos Estados Unidos. Ni siquiera esa prensa que ha llegado a la abdicación de su misión periodística en su tarea de cambiar la realidad ha podido esconder el fracaso de ambos en el campo internacional. En 1962, Nikita Khrushchev le ganó la partida a John Kennedy durante la Crisis de los Misiles. Hace solo unos días, Vladimir Putin le pasó la aplanadora a Barack Obama en la confrontación con Siria desatada por el uso de armas químicas por el sátrapa de Damasco. Tanto Kennedy como Obama demostraron ser dos tigres de papel incapaces de inspirar el respeto que merece cualquier nación, ya sea más grande o más pequeña.

Durante la resolución de la Crisis de los Misiles, Kennedy traicionó la Doctrina Monroe, no sólo permitiendo que una potencia extra continental estableciera una base en el Continente Americano, sino comprometiendo el poderío militar norteamericano a la protección de una base de su enemigo soviético en Cuba, a solo 90 millas de las costas de los Estados Unidos.

Como si esto fuera poco, el novato presidente norteamericano le regaló al fanfarrón soviético una pastilla para el sueño con el desmantelamiento de los misiles atómicos norteamericanos que apuntaban hacia la URSS desde bases estadunidenses en Turquía. Esta parte del ignominioso acuerdo no fue revelada en ese momento, sino muchos años más tarde, al público de los Estados Unidos.

Dando un salto adelante de cinco décadas, nos encontramos a un Presidente Obama negociando los términos para la remoción de armas químicas en Siria. Por uno de esos giros inauditos que se producen en política internacional, el principal actor en estas negociaciones es el rufián de Vladimir Putin, el mismo que ha proporcionado las armas con las que Assad ha matado a más de 120,000 hombres, mujeres y niños en el curso de los últimos dos años y medio.

Pero, víctima de su verborrea y de su cobardía para hacerla valer sus amenazas, Obama no tuvo otra opción que aferrarse a la tabla de salvación que le lanzó Vladimir Putin. Un enemigo jurado de los Estados Unidos y admirador de Joseph Stalin cuyo principal objetivo es restaurar la hegemonía mundial de la antigua Unión Soviética.

Con el respaldo de Putin, un Assad envalentonado ha exigido como condición a cualquier acuerdo sobre armas químicas que Washington se comprometa a no desatar ataque alguno contra el régimen genocida de Siria bajo ninguna circunstancia. Si Obama accediera a estos términos, y todo indica que no tiene otra alternativa que acceder si quiere evitar el ridículo de faltar a su promesa de impedir el uso de armas químicas, Assad quedaría en libertad para seguir masacrando al pueblo sirio sin ningún temor de ser agredido.

La debilidad de la posición negociadora de Obama es acentuada por otros dos obstáculos de importancia. La percepción de que simpatiza con los musulmanes radicales y la oposición de los norteamericanos a una nueva guerra. Desde su discurso apaciguador en El Cairo a principios de su mandato, el presidente es percibido como simpatizante de algunos grupos extremistas en el mundo islámico como la Hermandad Musulmana en Egipto y algunos de los que se oponen ahora a Bashar al-Assad.

Para complicar las cosas, según un informe reciente de la cadena CNN, “Las fuerzas occidentales en realidad están entrenando a los rebeldes de Al-Nusra en Jordania y Turquía". Según muchos analistas, si esta gente llegara a tomar el poder en Siria podrían representar un peligro mayor que el propio Assad a la seguridad de los Estados Unidos.

Al mismo tiempo, las declaraciones contradictorias de Obama y de sus subalternos como John Kerry con respecto a la crisis han hecho que los norteamericanos no confíen en su determinación de hacer una guerra en serio que conduzca a un éxito militar. Una reciente encuesta de la cadena de Fox News arroja como resultado que el 54 por ciento de los norteamericanos no aprueban el desempeño en el cargo del Presidente Obama.

Una encuesta de la Prensa Asociada señala que los miembros de la Cámara de Representantes se oponen a la guerra contra Siria en una proporción de 6 a 1. Asimismo indica que cualquier resolución en el Senado sería igualmente derrotada. Y una reciente encuesta de McClatchy/Marist muestra una oposición a la guerra de 3 a 1 entre los electores inscritos.

Por otra parte, los diablos no hacen milagros sin demandar la sumisión de quienes los reciben. Putin se sabe imprescindible y ha decidido echar sal a la herida con un artículo en The New York Times en el que tuvo la osadía de dar lecciones de democracia a los Estados Unidos. El ateo que ha torturado a miles de sus compatriotas llegó al cinismo de invocar el nombre de Dios diciendo: "Todos somos diferentes pero cuando pedimos la bendición del Señor no debemos olvidar que Dios nos creó a todos iguales". Una humillación que sufre este país por haber mostrado el poco sentido común de poner en la Casa Blanca a un incapacitado agitador comunitario.

Como resultado de estas negociaciones Obama se beneficiará evitando la humillación de ser rechazado por su propio Congreso y Assad mantendrá su dominio sobre el pueblo sirio. Pero el mayor beneficiario será Vladimir Putin. El esbirro apestado de hace un par de semanas es ahora el gran pacificador. Sobre todo desplazará a los Estados Unidos del Medio Oriente y será el dueño de la región. Pero, en la más egregia versión de la novela de George Orwell, la prensa norteamericana, como lo hizo antes con Kennedy en la Crisis de los Misiles, presentará a Obama como el actor de una gran victoria por la paz. Incluso, aunque compartido esta vez con Putin, podrían proponerlo para otro inmerecido Premio Nobel.

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