EL FRACASO DE WASHINGTON EN CUBA

Por Hugo J. Byrne

hugojbyrne@aol.com

En un triste y sangriento proceso histórico de más de 54 años, la diplomacia norteamericana hacia la tiranía castrista ha constituído un clásico estudio en confusión, incongruencia y fracaso. Este sólido desastre de política externa se ha mantenido sin cambiar un adarme durante las últimas 11 administraciones norteamericanas; seis republicanas y cinco demócratas. Ha sido una constante perversa. Un común denominador maldito.

Si se tratara de clasificar objetivamente los diversos métodos que Washington ha usado encarando al régimen castrista desde el fin de la década de los 50 hasta el presente, se les podría ceñir a sólo tres. El primero fue uno de tolerancia y apaciguamiento. Esa política insana y miope, reminiscente de la utilizada por Gran Bretaña hacia Hitler en los años treinta, se implementó incluso desde antes de la fuga de Batista y sus partidarios más cercanos en las primeras horas de enero de 1959.

El régimen que se desmoronara en diciembre de 1958 fue presionado por la administración de Eisenhower a ofrecer concesiones de rodo tipo a la oposición violenta. Estas presiones incluyeron la decisión insólita de suspender embarques de armas para las fuerzas armadas cubanas que, por adelantado habían sido pagadas por La Habana. Esos equipos bélicos fueron entregados más tarde al nuevo gobierno, cuyo reclamo a la legalidad no era mejor que el del derrocado.

En esa época un misterioso funcionario del Departamento de Estado de nombre William Arthur Wieland influenció decisiva y perjudicialmente decisiones vitales del Departamento de Estado relacionadas con Cuba. Weiland era Director de Asuntos Mexicanos y del Caribe y antiguo protegido de Benjamin Summer Wells.

Nacido en los Estados Unidos, Wieland había emigrado a Cuba siendo muy joven junto a su madre y el esposo de ella, un venezolano de apellido Montenegro. Curiosamente ese apellido fue adoptado por el jóven William. Bilingüe, graduado universitario y poseedor de una extensa cultura, Wieland se granjeó la simpatía de Wells (algunos en inteligencia caracterizaban su relación como bastante íntima). El caso fue que al término de la controvertida “mediación”, el embajador Wells regresaría a Washington acompañado de un nuevo edecán.

Todas las evidencias recopiladas en documentos hechos públicos por la Secretaría de Estado confirman todo cuanto describe el penúltimo Embajador de Estados Unidos en La Habana Earl E. T. Smith en su libro “The Fourth Floor”. El capítulo más dramático de ese formidable trabajo narra la tensa entrevista entre su autor y el antiguo jefe de estado, en la que el primero informara a Batista del fin del apoyo de Washington a su gobierno. La realidad es que el golpe del 10 de marzo, nunca fue auspiciado por Washington, como siempre afirman el régimen castrista y sus corifeos. La administración de Truman y el Presidente Prío sostenían excelentes relaciones y Washington fue tan sorprendido por el cuartelazo como el gobierno derrocado.

Después de enero de 1959 el gobierno de Eisenhower trató sin éxito de coexistir con los nuevos amos de Cuba. Esa fallida estrategia incluyó generosas ofertas para solventar diferencias. Todas fueron rechazadas por La Habana. Un servidor supo de fuentes fidedignas que Philip Bonsal, último embajador norteamericano en La Habana antes de la final ruptura diplomática con Washington, sufrió humillaciones intencionales por parte de funcionarios de segunda categoría del Ministerio de Relaciones Exteriores revolucionario. Dichas humillaciones fueron aprobadas por el propio Castro.

El segundo método fue una hostilidad oficial que, después del increíble capítulo de Bahía de Cochinos y (su consecuencia lógica) la crisis de octubre de 1962, nunca incluyó medidas prácticas para eliminar al régimen. Esto muy a pesar de la leyenda ridícula sobre los muchos intentos contra la vida del Tirano (algunos realmente dignos de comedia barata), el 99% de los cuales nunca pasara de la fase esquemática.

Después del asesinato del Presidente Kennedy, los sucesivos gobiernos de Johnson, Nixon y Ford, fundamentalmente concentrados en otros objetivos internacionales, relegaron La Habana al clásico “backburner”. Eso, a pesar de que fue durante esa época cuando más intensa y abiertamente la tiranía castrista conspirara contra la libertad e intereses de Norteamérica y las de otras naciones de Occidente.

La administración de Carter, junto a casi desmantelar la infraestructura económica de Estados Unidos hizo cuanto pudo por revertir la relación entre Washington y La Habana a los niveles de 1959, estableciendo las llamadas “Secciones de Intereses” en ambas capitales. No creo necesario recordar al lector que la respuesta de Castro a la mano extendida por Carter fue el éxodo de Mariel. Tal como en sus relaciones con la desaparecida Unión Soviética, Carter demostró con Castro ser un ideólogo divorciado de la realidad e ignorante de la naturaleza intrínseca del totalitarismo.

La era de Reagan parecía prometer una actitud más racional hacia el peligro castrista, en consonancia con socavar “el Imperio Malvado”. Esas esperanzas se disiparon ante el envío del General Vernon Walters a La Habana en 1981 en calidad de embajador plenipotenciario de Washington. Tras el proverbial fracaso de esa gestión conciliadora, la política de Reagan se limitó a la contención del castrismo en el Caribe (Granada), Africa y Centroamérica. Esa política fue esencialmente continuada por Bush I, como parte de la represión contra el tráfico de estupefacientes, siendo su éxito más importante el derrocamiento y captura del dictador de Panamá cuando se evidenció que La Habana compartía de lleno ese negocio en un esfuerzo por aliviar su desastre económico.

Bill Clinton, más interesado en política doméstica, se limitó a enviar mensajes sutiles a La Habana para un posible acomodamiento. La invasión de balseros en 1994 y el derribo de los dos aviones de “Hermanos al Rescate” sobre aguas internacionales obstaculizaron ese objetivo. Bush II enfrentó durante sus dos períodos demasiados desafíos internacionales para preocuparse mucho por la tragedia cubana más allá del interés electoral de Florida y New Jersey.

Las elecciones del 2008 pusieron en la Casa Blanca al presidente más izquierdista en la historia norteamericana, el que fuera reelecto cuatro años más tarde. Obama, contando con mayorías abrumadoras en ambos cuerpos legislativos durante sus dos primeros años, se dedicó a expandir el control del gobierno federal a extremos ruinosos y dudosamente constitucionales.

El componente de política exterior en la presente administración ha sido desde el principio uno de acercamiento y diálogo con todo enemigo que no abrazara abiertamente el terrorismo después de la investidura presidencial del 2008. La excepción a esa regla fue la muerte de Bin Laden y la pulverización de algunos jefes del terrorismo islámico con el uso de los llamados “drones”, ambas medidas altamente populares. Los cabecillas del terrorismo musulmán, naturalmente, fueron substituídos con rapidez.

El nuevo presidente de palabra y obra estableció una separación histórica de política exterior, entre su administración y cuantas le precedieron. Eso incluyó la denuncia de la pasada “arrogancia” norteamericana: su reverencia abyecta ante el Rey de Arabia Saudita, cuando el trasero presidencial casi se eleva por sobre su cabeza, que perdura como la máxima humillación de Washington en su historia.

Durante la campaña del 2008 Obama prometió dialogar sin condiciones previas con enemigos violentos de América como Castro, Ahmedinejad y Chávez. A esos efectos, en su discurso de aceptación como Secretaria de Estado, la ex senadora Clinton no dejó el menor lugar a dudas: “Regresamos a la diplomacia blanda”. Benhgazi lo demostraría

Sin embargo, los avances de Obama y Clinton hacia La Habana, ignorando la historia castrista de medio siglo contra toda apertura a la libertad o hacia Estados Unidos, han encontrado una vez más el rechazo del régimen. Convencer a Ahmedinejad o a su flamante sucesor a renunciar a sus ambiciones nucleares tampoco ha tenido éxito. Los herederos de Chávez continúan adquiriendo material bélico billonario para poder hacer realidad sus amenazas. ¿Esperaban peras del olmo?

La pocas naciones de Iberoamérica que (hasta hoy) no son satrapías, como Brasil o Chile, hace tiempo decidieron que su interés permanente no reside en alianzas con el inconfiable Washington, en especial cuando quien decide el destino de nuestro país es la izquierda política. Por eso han abierto sus brazos a los petrodólares de Venezuela, que el castrismo coloniza.

La señora Clinton manifestó hace algún tiempo su desilusión ante el rechazo castrista. Hillary afirmó en esa ocasión su “convencimiento de que Raúl Castro no desea liberalizar su régimen ni remover obstáculos para poner fin al embargo económico de Estados Unidos”. La antigua Primera Dama y Senadora por New York parecía haber descubierto la Vía Láctea y su sucesor John Kerry, es sólo el anodino, clásico “caretaker”.

¿Cuántas veces necesita Estados Unidos golpearse la frente con la misma pared?

 

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