FALSEANDO LA HISTORIA

Por Hugo J. Byrne

En breve sucesión y por medio de amigos y lectores, han llegado recientemente hasta mis manos dos informaciones torcidas sobre la historia de Cuba. Aunque no existe regla sin excepción, es evidente que en muchas ocasiones el tema de la “culpabilidad independentista” en nuestra presente tragedia es usada con deshonesta frecuencia.

Sin llegar a extremos interesados y ridículos, como el que presenta a Martí como el responsable intelectual del ataque al Cuartel Moncada, no cabe duda que la historia de Cuba es distorsionada periódicamente a manos de quienes nunca miraron con simpatía nuestra lucha por la independencia. Ese innoble sentimiento sigue manifestándose a través de los años, y se origina siempre en la misma raíz injusta y rencorosa: el integrismo español decimonónico.

Esta aberración la enfrenté por la primera vez siendo muy joven (tenía menos de 14 años de edad), cuando leí un artículo de una revista de Madrid llamada “Mundo Hispánico”, impresa el año anterior, 1947. El artículo estaba firmado con el seudónimo “Hispánicus” y el autor no era otro que Francisco Franco Bahamonde, entonces “Caudillo de España”. A quién pertenecía ese seudónimo lo aprendí muchos años después, leyendo a Torcuato Luca de Tena, respetado periodista, quien en esa época dirigía el prestigioso y conservador ABC de Madrid.

En el artículo de Franco se acusaba a los forjadores de nuestra nacionalidad de conspirar “junto a masones y traidores” para alcanzar “una pretensa y falsa independencia, como subordinados de los Estados Unidos”. En otras palabras, la misma presente narrativa comunista-socialista. Increíblemente, muchos exiliados de Cuba miran a Franco con simpatías por haberse opuesto con éxito a los comunistas durante la Guerra Civil de España. En el criterio de un servidor de los lectores esa posición es tan superficial como ignorante. ¿Levantó un dedo Franco contra nuestro verdugo, a pesar de que los españoles residentes de Cuba fueran el tercer grupo nacional más abusado por la Tiranía?

¿Defendió a su propio embajador Lojendio de los insultos y amenazas castristas cuando éste asumiera una actitud viril en defensa de la dignidad de su país? ¿Denunció acaso el “Caudillo” el Pacto Ribentropp-Molotov, cuando Hitler y Stalin pactaran el rapto de Polonia en agosto 23 de 1939? ¿Lo hizo cuando los mismos personajes desvergonzadamente se dividieran los despojos de esa sufrida y católica nación, provocando una guerra que redundara en 50 millones de muertos y que convirtiera a la Unión Soviética en una superpotencia mundial? ¿Era esa actitud necesaria a la seguridad de un régimen que había derrotado decisivamente a sus oponentes desde marzo del mismo año?

Una lectora amiga me envía un artículo escrito en París por un sujeto llamado Fernando Núñez, cuya nacionalidad ignoro, pero de quien estoy seguro que no es cubano ni visitó Cuba antes de 1959. Núñez, en un artículo sugestivamente titulado “Los cubanos no quieren libertad”, la emprende vigorosamente no sólo contra los “ideólogos del nacionalismo cubano, los de antes y los de ahora”, sino que de paso y de manera solapada, denuncia la libertad comercial que hiciera de Cuba la envidia del Continente y de muchas otras áreas del mundo, hasta que se implantara el infortunado socialismo en la década del 60.

El señor Núñez mira a la Cuba que existiera entre 1895 y 1959, la que obviamente desconoce, mediante un telescopio espacial de gran potencia, pero virándolo al revés. Esa es la única forma en que puede comparar a la Cuba anterior a 1959, con todos sus problemas (que los tenía) al resto de Hispanoamérica: “El largo fracaso de las naciones independizadas de España...”

Es evidente que Núñez, forzado a escoger entre Marx y Adam Smith se queda con el primero: “Agudos observadores de la realidad nacional, como el padre Félix Varela, escribieron ya en el siglo XIX, que en Cuba no existían más que intereses comerciales”. Quizás si Núñez aprendiera algo sobre conculcación de legítimos intereses comerciales a través de la historia, encontraría una pista adecuada a los motivos que forzaran la indepedencia de Cuba.

Sin mencionar al General Máximo Gómez y Báez por su nombre, pero aludiendo a un “extranjero a quien se entregaron las riendas del Ejército Libertador” y quien “con la muerte de Maceo se convirtiera en un actor político de primer orden”, Núñez parece ignorar que Maceo era el subordinado (Lugarteniente General) y Gómez el Jefe del Ejército Cubano (Generalísimo), rangos que fueron conferidos personalmente por el Delegado del Partido Revolucionario Cubano, José Martí. Sólo quien ignore la histórica fricción con Gómez a raíz de su primera reunión junto a Maceo en un hotel de New York, puede soslayar el inmenso respeto a la capacidad militar del dominicano sustentado por Martí.

Hace pocos días respondiendo al correo de un buen amigo y asiduo lector quien me informaba que una tercera persona decía que Máximo Gómez había recibido ayuda económica de Valeriano Weyler al llegar de Santo Domingo en los años 1860, escribí que había leído sobre el tema extensamente con la avidez que lo hiciera un armenio leyendo sobre la Turquía de 1914, o un judío sobre la Alemania de Hitler de 1944. Agregué que desconocía la biografía de Weyler por Julio Romano (1934) ofrecida como evidencia por la otra persona, con el dudoso título de "Weyler el Hombre de Hierro". Le dije que ese título apestaba a laudatorio desde La Habana hasta Cádiz.

Los dos historiadores militares peninsulares Gabriel Cardona y Juan Carlos Losada publicaron en 1997 "Nuestro Hombre en La Habana", una biografía de Weyler también laudatoria, pero discreta e imparcial. En ella nada aparece sobre una supuesta relación de amistad entre Weyler y Gómez. Menos aún que Gómez recibiera ayuda económica de Weyler. Por el contrario, concuerda en que Gómez, sintiéndose totalmente traicionado por el Gobierno Colonial de Santo Domingo, decidió romper lanzas con la insurrección cubana de 1868. El pie de grabado de una foto de insurrectos de esa obra contiene el siguiente párrafo: “a fines de 1895, virtualmente, los mambises habían ganado la guerra, pero nadie en España deseaba reconocer la derrota”.

No cabe duda que en la actualidad hay un intento de revisión histórica en Madrid, que pretende disminuir la figura del dominicano. Es un esfuerzo mezquino e injusto. Gómez fue uno de los más sufridos forjadores de nuestra nacionalidad. Sin su genio estratégico y su coraje a toda prueba no se habría logrado la independencia que Cuba disfrutara entre 1898 y 1959.

 

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