SI ME RINDO ME MUERO

Por Alfredo M. Cepero

Director de www.lanuevanacion.com

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Este 2013 ha sido hasta ahora un año nefasto para quienes tenemos como prioridad la lucha por la dignidad y la felicidad de los hombres y mujeres del mundo. Aunque habitantes de otras regiones seguramente discreparán de mi evaluación, considero que la América Hispana es uno de los rincones de ese mundo donde la dignidad del ciudadano está siendo más ultrajada y la felicidad de sus habitantes parece una meta cada día más inalcanzable.

Una mirada somera al panorama continental es más que suficiente para ilustrar mi afirmación. Los mexicanos buscan refugio en los Estados Unidos porque no pueden ganarse el pan en un país rico en recursos naturales pero paupérrimo en dirigentes políticos. Los centroamericanos son víctimas de altos niveles de criminalidad que son secuela de décadas de gobernantes ineptos y corruptos. Los colombianos buscan en La Habana la ayuda de los guerrilleros anacrónicos que han financiado y entrenado a su guerrilla nativa cuyos orígenes se remontan a 1948 bajo los auspicios del Partido Comunista.

Los venezolanos son oprimidos y hambreados por apátridas arrodillados ante sus procónsules cubanos. Los brasileños son aguijoneados por la miseria en un país con suficientes recursos naturales y humanos para ser la segunda potencia de América. Los argentinos sufren la pérdida de sus libertades a manos de una mafia empecinada en imitar los procedimientos de Caracas y de La Habana. Y hasta los chilenos, gente culta y tradicionalmente moderada, amenazan con restaurar a la presidencia a la discípula y admiradora del dinosaurio cubano.

Los cubanos somos, sin embargo, quienes padecemos un presente más tétrico y confrontamos un futuro más ominoso en este continente de la desesperanza. Ningún pueblo en América ha sufrido una tiranía de más de medio siglo, ha visto morir a un número tan alto de sus hijos en una prolongada guerra civil, ha roto records en presos por motivos políticos, ha experimentado la fuga del 15 por ciento de su población y ha sido víctima de la rapacidad de unos gobernantes que han puesto a competir con Haití por el último lugar a la que fuera la tercera economía de la América Hispana. Esta es nuestra historia hasta el día de hoy.

En cuanto al futuro, tenemos muy pocos motivos para el optimismo. Los tiranos se niegan a morir y han dado pruebas de su decisión de aferrarse al poder por todos los medios a su disposición, incluyendo desde luego el exterminio físico de sus adversarios. Quienes nos opusimos a los tiranos con las mismas armas con las que ellos se robaron el poder hemos llenado de cruces los cementerios del mundo o estamos tan deteriorados por los años que carecemos de energías para empresas de tal naturaleza. Las dos generaciones nacidas bajo el castrismo han sido tan envenenadas por el adoctrinamiento que carecen de brújula que les señale el camino de la libertad. La llamada oposición no violenta ha entrado ya en una segunda generación que sigue recibiendo palos sin hacer mella alguna al puño férreo de los tiranos. ¿Qué hace el mundo ante la tragedia de América? Lo mismo de siempre: velar por sus intereses y echar por la borda cualquier principio que le resulte molesto.

¿Qué hace la mayoría de los dolientes y las víctimas de estas ignominias? Unos abandonan la lucha por frustración o cansancio. Otros se dejan invadir por el cinismo y aceptan la victoria de sus enemigos. Y otros llegan al oprobio de asociarse con los enemigos de antaño para participar en el banquete donde se reparten las migajas del cadáver de la patria.

Aquellos que me lean por primera vez se preguntarán el motivo por el cual he descrito un panorama tan horrendo. Se dirán, ¿por qué no se calló y nos ahorró el sufrimiento de confrontar esta deplorable realidad? Sin embargo, quienes me lean con cierta frecuencia sabrán que no escribo por impulso y que siempre lo hago con un objetivo específico. En este caso, compartir con ustedes los motivos por los cuales yo no me rindo y los estimulo a que ustedes tampoco se rindan.

Soy un firme creyente de que quienes hemos recibido el regalo de la vida y se nos ha dotado de habilidades para disfrutarla contraemos la responsabilidad de enriquecer la vida de nuestros semejantes. Que no somos una isla remota en la inmensidad del océano sino parte de un archipiélago integrado por los seres que nos rodean. Que, en función del libre albedrío que nos ha otorgado Dios, somos los arquitectos de nuestros fracasos y de nuestros éxitos. Que a nadie podemos culpar por los primeros y solo a Dios debemos dar gracias por los segundos. Y que solo en el servicio al prójimo y en la defensa de nuestros principios encontraremos la sanidad mental, la felicidad personal y el respeto a nosotros mismos que nos permitirán confrontar los duros retos de nuestra existencia en la Tierra.

De lo apuntado anteriormente se desprende que nuestras acciones o inacciones no pueden ser determinadas por nuestros éxitos o fracasos o por acontecimientos fuera de nuestro control. Que no puede haber tiempo límite en nuestra lucha por la libertad del hombre y contra los tiranos que se la niegan. Que al diablo se le combate en todo momento y en todo lugar, independientemente del tiempo que nos lleve derrotarlo. Y que aceptar la derrota es abdicar de nuestras responsabilidades colectivas, renunciar a nuestros principios morales y cometer suicidio mental. Una muerte más horrenda que la muerte física porque te permite ser testigo de tu propia cobardía. Esa es una victoria que no estoy dispuesto a darle los dos diablos de Biran.

En un contexto más amplio estoy totalmente convencido de que el socialismo de todos los signos es una ideología en bancarrota y de que nuestro pueblos oprimidos de la América Hispana se acercan a un nuevo amanecer de libertad. De que el efecto dominó se hará sentir desde Buenos Aires a La Habana pasando indefectiblemente por Caracas para poner fin a tanta corrupción, tanta opresión y tanta maldad. Estoy seguro de que todos los que luchamos por la libertad en América quisiéramos ser testigos de esa ebullición de alegría. Por mi parte, aunque no tengo la seguridad de verla, no renuncio a contribuir a ella. Porque, como reza el título de este artículo, si me rindo me muero.

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