LA SOLEDAD DE LOS CAÍDOS.

Por Alfredo M. Cepero

Director de www.lanuevanacion.com

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Desde el derrocamiento del dictador Marcos Pérez Jiménez el 23 de enero de 1958 hasta la toma de posesión de Hugo Chávez Frías el 2 de febrero de 1999, Venezuela fue gobernada por una docena de presidentes, unos interinos y otros producto de elecciones directas. A pesar de sus altas y bajas, sus aciertos y errores, aquellos 41 años de democracia venezolana fueron ejemplo y estímulo para las demás naciones de América Latina. Las clases políticas y empresariales de Venezuela expresaban la certeza de que la solidez de sus instituciones constituía un valladar inexpugnable a las aspiraciones totalitarias de su izquierda nativa dirigida desde La Habana por la satrapía castrista.

Sin embargo, los 14 años de la seudo-democracia de Hugo Chávez y los 54 de la tiranía castro estalinista han demostrado a venezolanos y cubanos que la preservación de la libertad demanda una dosis considerable de vigilancia y de suspicacia por parte de la ciudadanía a la hora de seleccionar gobernantes. Ellos son nuestros servidores, no nuestros salvadores. Reciben un poder delegado por nosotros por un período limitado para que administren los asuntos nacionales. Y durante ese período tenemos que cuestionar sus actos y someterlos a constante escrutinio. Eso es lo que hacen los pueblos maduros que preservan sus instituciones democráticas porque no se dejan enamorar por falsos Mesías. Los cubanos no lo hicimos ni los venezolanos tampoco y estamos pagando un terrible precio por nuestra inmadurez. Lo sé por experiencia propia.

¿Qué me ha motivado a repetir estas reflexiones que me han asaltado en múltiples ocasiones durante mi medio siglo de exilio? Las desgarradoras declaraciones de María Corina Machado donde acusa de traidores a los gobernantes de otras naciones latinoamericanas. Es indudable que la valiente oposición venezolana liderada por gente de la talla y el patriotismo de Capriles y de Machado se ha hecho acreedora a la solidaridad y al apoyo de todos los demócratas latinoamericanos.

No son apoyados porque la mayoría de esos demócratas, ya sea por indiferencia o por falta de visión, consideran que el asunto no les incumbe. Se dicen a sí mismos que "el problema no es nuestro sino de los venezolanos". De ahí que Venezuela se haya convertido en la repetición de la película cubana en que los demás pueblos de América, incluyendo en su momento al venezolano, se creyeron inmunes al contagio de la plaga exportada desde La Habana. No escucharon entonces ni escuchan todavía la advertencia de Guillermo Martínez Márquez, tan temprano como 1962, de: "Se salva Cuba o se pierde América". El tiempo y las noticias de estos días le han dado la razón.

¿Qué podemos hacer quienes sufrimos hoy la terrible soledad de los caídos? Muy simple. Aprender de nuestros errores, olvidarnos de la falacia de la solidaridad internacional y luchar desde la trinchera de nuestros valores y tradiciones nacionales. La conclusión: si queremos recuperar nuestra libertad tenemos que poner de moda un verdadero y edificante nacionalismo. No el nacionalismo vituperado por las izquierdas totalitarias para promover su agenda imperialista desde África hasta la América Latina disfrazada de un falso internacionalismo.

Por otra parte, ya sabemos adonde fueron a parar los sueños americanistas de Martí y de Bolívar. El fracaso de la Liga de Las Naciones en 1919 y de las Naciones Unidas en 1945 que, aunque perduran hasta nuestras días, están plagada por los cánceres de la corrupción y de la hipocresía. Unas Naciones Unidas, en cuyo Consejo de Derechos Humanos están representados sus principales violadores. Y una Organización de Estados Americanos que, en los últimos 20 años, se ha convertido en instrumento de la izquierda latinoamericana. Pedirles ayuda es perder el tiempo.

¿A qué nacionalismo me refiero? Se impone en primer lugar diferenciar el nacionalismo adulterado por demagogos y tiranos que lo esgrimen para promover sus agendas personales del nacionalismo que representa las aspiraciones más puras de los pueblos. El primero, como presintiendo a miserables como los Chávez y los Castro, fue descrito por Jose Martí diciendo: "La patria es dicha, dolor y cielo para todos y no feudo ni capellanía de nadie".

En cuanto al nacionalismo genuino y edificante, si fuera un purista del idioma me limitaría a la primera de las tres definiciones que nos ofrece el diccionario de la Real Academia de la Lengua: "Apego de los naturales de una nación a ella y a cuanto le pertenece". Pero esa definición se me antoja demasiado fría a la hora de motivar a los hijos de una nación a arriesgar el bienestar y hasta la propia vida en la defensa de sus valores más sagrados.

Valores compartidos como las artes, la música, la literatura, el idioma y los acontecimientos históricos que consolidaron a la nación no sólo como un ente político-jurídico sino como un sólido referente emocional y sicológico que nos hermana a todos en la búsqueda de una felicidad colectiva. Y uniendo a todos estos elementos, el ingrediente imprescindible de la virtud como lo expresó el Padre Félix Varela, uno de los pioneros de la nacionalidad cubana, cuando dijo: "No hay patria sin virtud, ni virtud con impiedad".

Y es precisamente en esa estrecha relación entre nación y patria, entre nacionalismo y patriotismo, donde quienes luchamos por defender nuestras esencias nacionales debemos encontrar nuestra motivación para la lucha. En mi opinión, que admito no es precisamente objetiva por mi admiración al Apóstol, nadie lo dijo con mayor precisión ni belleza que José Martí: "Patria es comunión de intereses, unidad de tradiciones, fusión dulcísima y consoladora de amores y esperanzas".

En cuanto a la lucha que confrontamos en estos tiempos, tanto el Liborio como el Juan Bimba, los cubanos como los venezolanos, tenemos que estar conscientes de que nosotros somos el primero y el último recurso de la patria. Nosotros somos los guardianes de su libertad, el tribunal supremo de su justicia, los arquitectos de su democracia, los obreros de su prosperidad, la harina de su pan, el azúcar de su caña, el sinsonte de su alborada, la palma de su dignidad, la sal de su alegría y de sus mares, el azul de su cielo y el verde de su esperanza.

Y, en cuanto a lo que he llamado la soledad de los caídos, tenemos que decir bendita sea esta soledad que nos hará más conscientes de nuestras energías como pueblos. Bendita sea esta soledad que, al demandarnos mayores sacrificios, nos hará más maduros para administrar nuestras repúblicas democráticas de mañana. Y bendita sea esta soledad que nos permitirá, en el holocausto de la reconquista, encontrar el lugar digno y empinado de pueblos orgullosos de sus tradiciones y su historia que nos corresponde bajo el sol.

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