LA IGUALDAD FORZOSA

Por Hugo J. Byrne

Existe un sistema en todas partes del mundo, donde todo individuo tiene un “modus vivendi” garantizado. Se le provee habitación y cama resguardadas de los elementos. Tiene facilidades sanitarias semiprivadas y por lo menos dos comidas diariamente. Se le ofrece gratis vestimenta y calzado, los que quizás no concuerden con la última moda, pero que cubren adecuadamente el cuerpo y protegen del frío.

De acuerdo a comportamientos y aptitudes, ese sistema brinda a veces la oportunidad de aprender un oficio remunerado. Los enfermos, tienen acceso a tratamiento médico y hospitalización. Se les brinda gratis ejercicio, gimnasia y recreación. Tienen acceso permanente a auxilios espirituales y al morir se les entierra con un funeral, quizás muy sencillo, pero enteramente gratis y, en algunos lugares, de acuerdo a los ritos de su fe.

Tal como el amable lector sospecha, ese lugar es por supuesto, la prisión. La prisión define el ideal egalitario socialista. No estoy tratando de tomarle el pelo a nadie. La cárcel es una alegoría perfectamente válida a las aspiraciones utópicas de la llamada sociedad sin clases, que tanto evocan los “liberales”. Como sabemos estos “egalitarios” ejercen gran influencia contemporáneamente en la prensa, los predios académicos y la presente administración de Estados Unidos. Hacen cuanto pueden por convencernos de que la vida regimentada por el estado es superior al libre arbitrio.

No todos aspiran a convencernos. Muchos intentan imponernos la “igualdad” desde arriba. Recuerdo a un peludo castrista, quien desbarrara a favor del “Ché” y la Tiranía cubana durante el simposio que UCLA celebrara en octubre de 1997, conmemorando el treinta aniversario del ajusticiamiento del mugroso delincuente internacional Ernesto Guevara. En esa ocasión, ese individuo cuyo nombre no recuerdo (y no creo que valga la pena), afirmó que en favor de la revolución egalitaria, era necesario estar dispuesto a morir y a matar.

Sin embargo, ese “compañero” argentino o uruguayo (perdón, que tampoco me acuerdo), al igual que muchos de sus colegas de ese día, no logró salir de la tribuna sin una apropiada respuesta. Cuando tuve la oportunidad de ocupar un breve turno para preguntas del público, le dije que era muy fácil “matar” a la gente en un discurso, pero no tanto hacerlo de verdad y que yo tendría que morir a sus manos antes de que él lograra su agenda. Antes de que pudiera decirle que era necesario mucho más de lo que veía en la tribuna para quitarme la vida, fuí interrumpido por el presidente del panel, quien silenció el micrófono.

El presidente dijo entonces que yo no había formulado una pregunta, sino hecho “una declaración retórica.” Un norteamericano del público vino a mi encuentro a estrecharme la mano : “Vine aquí por simple curiosidad, pero valió la pena sólo por escuchar lo que Vd. dijo. No sé mucho de estos temas, pero me impresionó la pasión con que Vd. defiende su causa.”

Ese triste acontecimiento, de UCLA, en parte financiado involuntariamente por los contribuyentes de California, fue denunciado por los cubanos libres residentes del estado, al entonces Gobernador Pete Wilson. Más de 5,000 cartas de protesta fueron recibidas por Sacramento. Ninguna fue contestada. No merecieron esas cartas ni tan siquiera un acuse recibo: el esfuerzo recibió el olímpico desprecio del Gobernador.

A pesar de que el exprofesor universitario y notable ensayista cubano Roberto Luque Escalona hizo acto de presencia, su participación en el panel fue bloqueada por la “políticamente correcta” clique marxista que controlaba y aún controla la cátedra de humanidades en UCLA. Todos los miembros del panel eran pro castristas, algunos de ellos carentes de credenciales académicas, salvo dos supuestamente “neutrales”. Uno de ellos después dirigió el Ministerio de Relaciones Exteriores de México: Jorge Castañeda.

El otro, quizás genuínamente neutral, era un joven chileno emparentado con Jorge Edwards, quien fuera Embajador de su país en La Habana durante el gobierno de Salvador Allende. Sabemos que éste diplomático tuvo que regresar precipitadamente a Santiago a causa de sus notorias diferencias con Castro. Entonces escribió su conocido libro “Persona Non Grata”. En él Edwards denunciaba las humillaciones a Chile a que lo sometiera el notorio “Comandante Barbarroja” (Manuel Piñeiro Losada), entonces jefe de la guardia personal de Fifo. Piñeiro, perro de presa de Castro y muerto en circunstancias sospechosas, era matancero y lo conocí en persona, pero creo que se merece un artículo separado.

Por su parte el Embajador Castañeda, quien entonces era sólo periodista, fue castrista acérrimo, pero eventualmente tuvo diferencias con Castro, ¿quién nó? Castañeda se convirtió de repente en héroe para algunos desterrados de Cuba, entre los que no saben donde tienen el ombligo. Recién entonces Castañeda había escrito una biografía laudatoria de Guevara, llamada “Compañero”. En UCLA, cómo en el cuento del “Emperador desnudo”, Castañeda se dio el mezquino gusto de llegar tarde, hablar inmediatamente e irse temprano.

Su contribución al simposio se limitó a hacer propaganda de su libro. Sólo, hilvanó una frase memorable, muy reveladora de su naturaleza narcisista: ...a los cubanos desterrados no les gustará mi libro y a los partidarios de Castro tampoco y ése es precisamente el lugar donde me siento cómodo”. Mencioné a Castañeda en un artículo hace unos diez años, apropiadamente titulado “El Club de los Bitongos Mexicanos”.

Tanto las amenazas, como los insultos, sólo deben tomarse en serio cuando se hacen cara a cara y en disposición de arrostrar las consecuencias de los mismos. Los improperios y las amenazas cuando se lanzan bajo protección (más de una vez estuve completamente rodeado en esa ocasión por la policía de UCLA), a distancia, o por escrito, son simplemente despreciables.

Hubo otro incidente bochornoso y ridículo del que fuí testigo involuntario, ocurrido en la Universidad de La Habana, creo que durante el curso de 1954 a 1955, o el siguiente. Al salir de una clase, un profesor, cuyo nombre me reservo, súbitamente y sin que mediara razón alguna, insultó en público al entonces presidente de la Federación Estudiantil Universitaria José Antonio Echeverría Bianchi. Se trataba de un profesor quien aparentemente respaldaba subrepticiamente la candidatura de Osmani Cienfuegos para presidir la Escuela de Arquitectura, en oposición a Echeverría.

Echeverría, caído trágicamente durante los sucesos violentos del 13 de marzo de 1957, era Presidente de la Escuela de Arquitectura y, aunque no pertenecíamos al mismo curso, mi amigo. Cuando el injuriado reaccionó con indignación ante la injusta afrenta, el profesor de marras respondió diciendo que él no podia confrontar físicamente al ofendido, pues Echeverría era un hombre joven y él... “un anciano”. El insultante apelaba a una evidente desigualdad, de la que no dudó en tomar ventajas.

Quien quiera que así proceda, demuestra una absoluta ausencia de carácter y mucha cobardía. Si el profesor a quien aludo se sentía anciano para afrontar las consecuencias de su agresión verbal, debió haberse sentido anciano antes de injuriar. Estoy seguro que no envejeció durante los segundos que mediaron entre sus insultos y la justificada reacción de Echeverría.

¿Moraleja? Existe relación entre cobardía e igualdad forzosa.

 

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