¿QUÉ NOS ENSEÑA LA CRUZADA DE LA FAMILIA PAYÁ?

Por Alfredo M. Cepero

Director de www.lanuevanacion.com

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Durante esta prolongada lucha contra la tiranía Castro-estalinista millares de familias cubanas han sufrido la persecución, el encarcelamiento y la muerte de seres queridos. La familia que fundaran Oswaldo Payá y Ofelia Acevedo ha estado en primera fila de la oposición a la iniquidad y la barbarie. Pagaron un alto precio en su cruzada por la libertad de la patria. Y, si tomamos en cuenta los sólidos principios religiosos que siempre han inspirado la lucha de esta familia, en ellos cabe a la perfección el uso de la palabra cruzada. Pero, a diferencia de los cruzados que se enfrentaron a los musulmanes en el campo de batalla para recuperar los lugares sagrados de Jerusalén, la cruzada de los Payá ha sido siempre un canto de amor, de esperanza y de confraternidad.

Sin embargo, los apátridas y apóstatas de los Castro no entienden ese lenguaje. Una gente sin principios ni fe no son susceptibles al razonamiento ni a la compasión. Para ellos, el diálogo no es una fórmula para solucionar conflictos sino una muestra de debilidad. Desataron sobre los Payá la misma violencia y el mismo ensañamiento con que han tratado a sus opositores desde que se robaron el poder en 1959. Las armas y estrategias de Oswaldo Payá eran muy distintas de las de Plinio Prieto pero ambos fueron tratados de igual manera por el régimen. Fueron aplastados sin misericordia. Rosa María lo describió con frase lapidaria: "Terminaron matando a mi padre". Después, esta muchacha que ha mostrado un temple de acero, subió la parada cuando, en el curso de su viaje al exterior, exigió una investigación independiente sobre la muerte de su padre.

Y el reto contenido en esa conducta no pasó por desapercibido a los tiranos y a su jauría de represores. Decidieron dar un ejemplo con los Payá para mantener en silencio al resto de la verdadera y cada vez mas exigua oposición. A través de sus sicarios y chivatos mal remunerados el régimen le hizo llegar a la familia el ominoso y devastador mensaje de que, si no se callaban, los seguirían matando. En un reciente artículo titulado "Los monstruos matarán hasta el final", dije: "La única verdad que han dicho los miserables es que únicamente abandonaran el poder de la misma forma en que se lo robaron, a fuerza de plomo y sangre."

Conscientes del inminente peligro, los Payá decidieron cambiar su residencia al exterior. La decisión no fue sorpresa alguna para quienes seguimos de cerca la lucha desigual entre una oposición pacífica y una tiranía armada hasta los dientes que, cada vez que se ve amenazada, no tienen inhibición ni reparo en utilizar los métodos de la Siria de Assad.

Ahora bien, los voceros del Movimiento Cristiano de Liberación han dejado bien claro que la familia no ha pedido asilo político. Desde el punto de vista legal se acogen, como lo han hecho otros millares de cubanos, a los beneficios de la Ley de Ajuste Cubano; pero mantienen la opción de viajar o regresar a la Isla para continuar la misma lucha por la libertad y la democracia en que ofrendó su vida el patriarca de la familia. Esta no es una gente que claudica. Por el contrario, abren un nuevo frente desde el cual seguirán combatiendo.

Por otra parte, esta decisión de salir de Cuba de una familia que, durante más de veinte años, se ha enfrentado a la persecución y el hostigamiento de la tiranía trae consigo una enseñanza que no podemos ignorar quienes continuamos comprometidos con la libertad de la patria. El único cambio que nos conduciría a la democracia es el derrocamiento de los tiranos por medios violentos.

Pero, como han demostrado ellos mismos con sus declaraciones y su conducta, se consideran dueños absolutos y a perpetuidad de los destinos de Cuba. Hace más de treinta años la oposición renunció a la violencia y adoptó medios pacíficos para lograr una transición sin sangre. Pero, al cambio de estrategia por la oposición, la tiranía ha contestado con más terror y más violencia.

Los cansados de la lucha y los apologistas de la tiranía no solo ignoran ese terror impuesto por el régimen si no la emprenden contra cualquiera que predique la lucha armada contra los tiranos. Tratan de paralizarnos argumentando que la violencia es inmoral y que la lucha armada de las primeras dos décadas resultó en un absoluto fracaso. Sin embargo, este último episodio protagonizado por la familia Payá demuestra que la lucha por medios pacíficos tampoco ha sido capaz de conducirnos a la libertad.

De ahí, que la experiencia de estos 54 años y la realidad actual no puedan ser ignorados por quienes no nos resignamos a vivir sin patria. La única conclusión racional es que la lucha hay que continuarla en todos los frentes. Ni la lucha violenta ni la lucha pacífica son excluyentes la una de la otra. Por el contrario, se complementan. El peligro lo confrontan y el miedo lo experimentan todos aquellos que forman filas entre los libertadores de la patria, independientemente de la estrategia violenta o pacífica con la cual se opongan al régimen. En ese sentido, todos son importantes y dignos de admiración porque Cuba necesita de todos sus hijos.

Malditos aquellos que denigren a quienes luchan por medios pacíficos y al diablo aquellos que califiquen de terroristas a quienes proponemos darle a los vándalos que oprimen a Cuba una buena dosis de su propia medicina de terror y violencia. Los cubanos hemos sido ignorados y hasta traicionados en nuestra pesadilla de medio siglo por un mundo incapaz de la compasión y la solidaridad. Con nadie tenemos deudas ni a nadie le debemos explicaciones.

Todas los opciones que nos conduzcan a la libertad deben estar sobre la mesa, desde el diálogo hasta la violencia. Una vez alcanzada esa meta ya habrá tiempo para resabios y escrúpulos que hoy obstaculizan esta lucha contra enemigos diabólicos y sin escrúpulos. Monstruos que llegan al colmo de la crueldad amenazando a una mujer que dejaron viuda con matarle a los hijos. Y un consejo para aquellos a quienes les tiemblan las piernas para matar o aunque sea para aplaudir a quienes den muerte a los tiranos: tengan la decencia de no estorbar y el sentido común de callarse la boca.

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