ARROGANCIA EJECUTIVA

Por Hugo J. Byrne

Al diplomático arregla-bateas honorario y antiguo gobernador de New Mexico, Bill Richardson, no le gusta Ted Cruz y afirma que el Senador por Texas no es un hispano legítimo. Pregunta retórica: ¿Quién es un “hispano legítimo” para Richardson?

Respuesta: cualquiera de habla hispana quien no sea descendiente de exiliados cubanos y no represente los principios éticos de los mismos. En declaraciones posteriores Richardson intentó un torpe “about face”. Fracasó. Sin que esas fueran sus intenciones se identificó a sí mismo como arbitrario y discriminador. Bill: saltar hacia atrás sobre una cuerda floja es una pirueta muy difícil.

Richardson afirmó después que sus declaraciones fueron malinterpretadas o publicadas fuera de contexto. Cada vez que alguien comete un desliz verbal, cosa muy común entre políticos, por regla general lo empeora cuando intenta aclarar sus palabras. Esa regla se aplica a demócratas, republicanos, conservadores e izquierdistas por igual: todos pifian.

Tengo entre mis documentos una foto de antes de las elecciones parlamentarias del 2010 en la que uno de los candidatos a la presidencia del 2012 aparece flanqueado por dos simpatizantes y uno de ellos es un servidor de los lectores. La foto se tomó en una residencia particular en Simi Valley y mi presencia en ella fue por estricta invitación. Soy absolutamente incapaz de poder contribuir a promociónes políticas, pues aunque tenga los mejores deseos mi limitada solvencia lo impide.

Ese candidato ocupó la posición de “front runner” de su partido durante una semana o algo así, pero después se desinfló con rapidez y sin remedio. ¿La razón de su fracaso? Hablar tonterías en público. Es un hombre brillante y quizás el más capacitado entre todos los candidatos. Quizás por eso creyó tener la nominación en el bolsillo. Todos somos susceptibles a errores verbales, pero en política eso puede ser prescripción para la derrota.

Algunas veces se impone una rectificación, admitiendo honestamente el error, pero ¿cómo hacerlo cuando ello implica reconocer haber ocultado la verdad? En una comedia de Hollywood de los años setenta, la esposa encuentra a su consorte en una alcoba con otra dama.

El increíble diálogo entre ellos se desarrolla más o menos así: Esposa: “¿Quién es esa mujer?” Respuesta: “¿Qué mujer?” El intercambio continúa de la misma forma surrealística hasta que el matrimonio abandona el apartamento, terminando la escena. Durante todo ese tiempo el esposo tomado infraganti nunca reconoce la presencia física de la otra mujer, que se encuentra a plena vista y a pocos pasos de distancia de él y su esposa.

Eso es aceptable en una comedia, pero nó cuando están en juego los intereses de una nación y las vidas de sus ciudadanos. Sostener una falsedad cuando esta se hace evidente a todo el mundo requiere una arrogancia incomparable y cara de hormigón armado.

Aceptemos que la política tiene muchísimo de simulación y falsedad. Eso nos lo enseñó un soldado-burócrata-político de Florencia llamado Niccolo Machiavelli, quien mucho sabía de estas cosas. Cosas del gobierno y la política, que tienen que interesar a todo jefe de un estado moderno. Machiavelli nunca ocultó que su ambición era unificar el norte de italia bajo la ley de un solo monarca.

Machiavelli definió la demagogia como arma política. Es sabio tener en cuenta sus enseñanzas. Pero cuidado, mucho cuidado, que la gente no es tonta. No vivimos en el siglo XVI y aún menos en “il quattrocento”.

El Presidente Obama no admite sus errores y afirma que nunca actúa con duplicidad. Lo sostiene con arrogancia olímpica y lo corroboran sus insufribles incondicionales. Durante semanas la Casa Blanca y su Secretaría de Estado sostenían que el ataque al consulado norteamericano en Benghazi se originaba en una protesta contra un video antimusulmán, el mismo que sirviera de excusa a la turba que atacara la Embajada de Estados Unidos en El Cairo.

Todas las evidencias a mi alcance y al de todos, apuntan hoy hacia un ocultamiento por parte de alguien en el poder ejecutivo. Tanto el Presidente como su Secretaria de Estado se refirieron al infame mito del video hasta cuando ofrecían condolencias a la madre de una de las víctimas, en presencia del sarcófago de su hijo cubierto por la bandera norteamericana. El Embajador asistente de Estados Unidos en Libia en conversación telefónica con la Señora Clinton le informó a esta última del ataque terrorista mientras estaba ocurriendo. Tres días después la Embajadora ante la O.N.U., Susan Rice, recitó la fábula de la protesta en múltiples estaciones nacionales de televisión.

En su conversación con Mrs. Clinton, Mr. Hicks nunca hizo referencia a una protesta pública. El Vice-embajador no es un político republicano, sino un diplomático de carrera con 22 años de servicio distinguido a los Estados Unidos bajo cuatro administraciones diferentes. Su apego a la verdad fue castigado por la señora Clinton con una rebaja de su categoría en el Cuerpo Diplomático. Todo eso trascendió en las declaraciones de Hicks ante la comisión congresional que investigaba el escándalo.

Más recientemente se hizo pública una disculpa formal del Internal Revenue Service a varias organizaciones políticas conservadoras por haber ese organismo seleccionado a las mismas para investigar la legalidad de sus clasificaciones fiscales. ¿Cuál es la reacción a esa noticia por por parte del Ejecutivo? La primera es la consabida protesta de ignorancia y condena. Después viene una “solemne promesa de castigo en caso de encontrarse violaciones a la constitución”.

En el año 2012 el director de esa dependencia federal reclamó absoluta y pulcra imparcialidad ante las denuncias que alegaban entonces esos mismos grupos. La pesquisa interna de ahora señala que el abuso de poder se remonta al año 2011. ¿A qué peregrino “caso” se refiere Obama? Señor Presidente: ya existe la confesión del delito. Lo único que resta por saber es cuántos y quienes son los involucrados.

Hace tres semanas, durante un discurso de graduación, Obama denunció a los agoreros que adviertían al público la increíble posibilidad de una tiranía futura en Washington. “Hagan oídos sordos”, nos dijo el presidente, “sólo quieren denigrar el sistema”.

¿De veras?

 

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