LA MORAL COMO ANTÍDOTO A LA TIRANÍA.

Por Alfredo M. Cepero

Director de www.lanuevanacion.com

Sígame en: http://twitter.com/@AlfredoCepero

En todas las sociedades humanas ha habido gente para quienes los principios son un imperativo de convivencia armoniosa y otra para quienes los principios son un obstáculo para su objetivo de anteponer la satisfacción de sus viles apetencias personales al bienestar general de su comunidad. Donde han predominado las primeras, ha florecido la libertad y se han respetado los derechos de los ciudadanos. Donde han predominado las segundas, se ha entronizado la tiranía y se ha esclavizado a los ciudadanos. En el caso de Cuba, quienes vinimos al mundo hace largo tiempo hemos sido testigos del impacto sobre nuestra sociedad de cambios radicales en nuestra conducta moral en distintas etapas de nuestra vida republicana.

Es importante, por lo tanto, dejar bien claro que Cuba no fue una sociedad perfecta en ninguna de las etapas de su vida nacional. Como bien demostró mi dilecto amigo, Néstor Carbonell Cortina, en su libro "Luces y Sombras", tuvimos aciertos e incurrimos en errores. Desde nuestro descubrimiento en 1492 hasta nuestro hundimiento en 1959 sufrimos una porción considerable de sinvergüenzas y de corruptos. Los Capitanes Generales no venían a gobernar sino a engordar sus arcas personales. En medio de nuestras guerras de independencia se produjeron confrontaciones por la asignación y control de recursos financieros. Desde el inicio de la república los protagonismos, los antagonismos y las avaricias desataron revoluciones y dieron lugar a intervenciones extranjeras.

Pero aquellas quiebras de nuestra moral ciudadana fueron la excepción y no la regla. La prueba la tenemos en lo avanzado de nuestro ordenamiento jurídico, la fluidez de nuestros procesos políticos y el desarrollo de nuestra economía con relación a otras naciones no solo del continente sino del mundo cuando llegaron los vándalos en 1959. Me ahorro las citas estadísticas porque no son el tema de este trabajo y porque son conocidas por cualquier persona medianamente informada.

Y es precisamente en 1959 cuando se rompieron todos los diques de contención a la inmoralidad y la corrupción. La gentuza castrista y sus mentores marxistas habían comprobado por experiencia que el arma más poderosa de un ciudadano no es su rifle sino sus principios morales. Por eso, primero fusilaron a millares y después mataron a Laura, a Paya, a Zapata, a Villar y a tantos otros. Había, por lo tanto, que despojar a los cubanos de Dios y de toda relación de referencia a una moral cristiana. Y así lo hicieron.

De ahí el ataque contra las religiones establecidas y contra la familia. Sustituirlos con una religión materialista y el mito de un dios omnipotente, omnipresente y licencioso que no ponía limitaciones a sus más bajas pasiones. Fue así como surgió una sociedad donde muchos padres recurren a la ignominia de prostituir a sus hijas para poner pan en la mesa. Donde el aborto está a la orden del día. Donde el cubano, tradicionalmente bullicioso y fanfarrón, susurra en voz imperceptible o recurre a la mímica para referirse a los tiranos que, al mismo tiempo, teme y detesta. Donde los profesionales de la medicina son obligados a un régimen de esclavitud para obtener divisas que mantengan en el poder a la tiranía. Donde el robo no es un delito sino una fórmula aceptable de supervivencia. Y donde la mentira no es una vergüenza sino un detestable modo de vida al que recurren esclavos que no se atreven a sacudirse el yugo.

Los tiranos, mientras tanto, formulan planes para prolongar su infierno por otros cincuenta años, delegar el poder a miembros de su descendencia y lograr impunidad a sus crímenes sobreviviendo a quienes no les daríamos cuartel si el régimen cayera antes de que nosotros muriéramos. Confieso que esa perspectiva es el tema recurrente entre mis peores pesadillas. Saben además que, en cualquier confrontación entre débiles y poderosos, el tiempo está de parte de los poderosos.

Por eso, el líder carismático devenido anciano anacrónico y balbuciente entrega la administración de la finca al hermano anodino y mediocre pero que usa con habilidad las armas de la represión, de la intriga, del chisme y de la desinformación. Parte de ese libreto es el nombramiento de marionetas como Diaz Canel, Rodriguez Parrilla y otros muchos a lo largo y ancho de la isla para adormecer a una tímida oposición interna y proyectar una imagen de legalidad ante un mundo ansioso de tener un pretexto para no confrontar a los tiranos.

Cincuenta y cuatro años y tres generaciones más tarde tenemos una sociedad donde predomina la relatividad moral que ha hecho posible la permanencia de la tiranía y hará muy difícil la restauración de una Cuba con sólidos principios morales. Para comprobarlo no tenemos que ir muy lejos. Ante nuestros ojos y oídos está la prueba incontrovertible de la conducta y las expresiones de quienes han tenido la desgracia de nacer, crecer y formarse dentro de aquella antesala del infierno en la Tierra. Algunos por designio, otros por el síndrome de respeto y terror a sus carceleros y otros por total desconocimiento de un mundo hasta ahora desconocido para ellos le están haciendo el juego a la tiranía. Forman parte de una oposición complaciente, apacible y domesticada que le proporciona tiempo y legalidad al régimen.

En términos generales, los emigrantes y visitantes de los últimos 30 años--no les doy categoría de exiliados a quienes regresan al país donde dicen haber sido perseguidos--con quienes he tenido contacto ninguno habla de haber salido en busca de libertad. Se muestran más interesados en comer, vestir y "resolver", palabra favorita de los nacidos y formados en la Cuba castrista.

Aunque en forma más sutil y menos detectable, estas características se presentan incluso en muchos que, en el curso de recientes giras internacionales, se han identificado a sí mismos como disidentes u opositores al régimen. Es cierto que estos hablan de libertad pero siguen un libreto que parece estar en concordancia con la imagen de tolerancia que desea proyectar el régimen. Se refieren a sus verdugos por sus nombres de pila (Fidel, Raúl y compañía), no califican al régimen de dictatorial y mucho menos proponen su final inmediato. Se limitan a hablar de un cambio que podría venir mañana o en el próximo medio siglo.

Eso sí, todos hacen un elogio, que a veces se me antoja exagerado y demagógico, de un exilio que califican como la reserva del alma y de la nacionalidad cubanas. Vienen a enamorarnos sin tener en cuenta que somos expertos en desengaños. Solicitan recursos financieros y piden paciencia hasta que un día los represores se cansen de mandar, robar, atropellar y asesinar. Ninguno ha presentado un plan ni una ruta de viaje porque no los tienen.

Yo tampoco los tengo pero no estoy pidiendo a nadie que financie mis fabulas o que me llene la panza. Si quieren nuestro apoyo tienen que empezar a hablar más claro y a actuar con mayor coherencia a los principios que dicen defender. Que sigan los ejemplos de Laura Pollán, de Gloria Amaya, de Reina Luisa Tamayo, de Elsa Morejón, de Berta Soler y de Rosa María Paya. ¡Las mujeres, siempre las mujeres, en la vanguardia de nuestra lucha por la dignidad de la patria!

Ahora bien, cuando hago el elogio de nuestros principios morales con anterioridad a 1959 no estoy proponiendo un regreso al pasado porque, como sabemos, el reloj de la historia es un vehículo que no tiene marcha atrás. Mi mayor deseo es que, al día siguiente de desaparecida la tiranía, los cubanos tengamos la sabiduría de enterrarla junto a los capítulos anteriores de nuestra historia--el batistato al igual que el fidelato-- que puedan obstaculizar nuestra reconstrucción nacional.

Lo que si propongo, es el castigo ejemplarizante de los principales responsables de nuestra horrible y prolongada pesadilla. Porque los pueblos que otorgan impunidad a sus tiranos y olvidan agravios construyen su futuro sobre cimientos muy débiles e invitan futuras tiranías.

Y en lo que insisto con la mayor energía, según indica el título de este artículo, es en un regreso a los principios de libertad, de democracia y de derechos ciudadanos que fueron base e inspiración de nuestras luchas libertarias y de nuestras constituciones de 1901 y 1940. Porque, si bien es cierto que el pasado no regresa, es aún más cierto que los principios no mueren. Lo demuestra la vigencia milenaria del Sermón de la Montaña y de los Diez Mandamientos contenidos en las Tablas de Moisés. A ellos tenemos que regresar si queremos un día recuperar la patria.

La Nueva Nación es una publicación independiente cuyas metas son la defensa de la libertad, la preservación de la democracia y la promoción de la libre empresa. Visítenos en : http://www.lanuevanacion.com

SI NO DESEA SEGUIR RECIBIENDO LA NUEVA NACION, PINCHAR ABAJO

FAVOR DE BORRARME DE SU LISTA DE DIRECCIONES

 

COMENTARIOS


Comentario
*El Administrador de la Nueva Nacion se reseva el derecho de no aprobar comentarios inapropiados.
 
Missing Image