LA MADRE

Por Alfredo M. Cepero

Director de www.lanuevanacion.com

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A mi mujer, mis hijas y mis nueras, mujeres que enaltecen la sagrada misión de ser madres.

La mayoría de las naciones del mundo han dedicado un día del mes de mayo a rendir merecido homenaje a esas cautivas del amor incondicional que son las madres. Y ninguna época del año es más apropiada que aquella en que la madre naturaleza se manifiesta en una explosión de vida donde los árboles se visten de hojas más verdes, las flores emiten un perfume más intenso y las frutas nos deleitan con un sabor más fresco. En ese día de añoranza y recuerdo, todos los hombres y mujeres bien nacidos, independientemente de raza, religión y sexo, hacemos un alto en el devenir de nuestros quehaceres diarios para rendir tributo a aquella que parió con dolor para traernos al mundo; así como disfrutó nuestros éxitos y sufrió nuestros fracasos hasta el último día de su vida.

Ese es precisamente mi objetivo al escribir estas líneas con la seguridad de que la gran mayoría de quienes las lean compartirán mis sentimientos. Todos recordamos con una ternura especial a aquella mujer de cuya mano recibimos los primeros alimentos y dimos nuestros primeros pasos, nos enseñó a calzarnos los primeros zapatos, de quién aprendimos las primeras oraciones y nos dio clases de convivencia civilizada y, sobre todo, infundió en nosotros la certeza de que, en nuestra condición de hijos de Dios, no somos ni más ni menos que los demás seres humanos con quienes compartimos esta etapa de nuestro viaje hacia la eternidad.

En mi caso específico esa mujer se llamó Rosa Amelia Sotolongo y, aunque hace años se me adelantó en el camino hacia el mundo inmaculado del espíritu, la recuerdo todos los días como si todavía la tuviera conmigo. Y las enseñanzas que me impartiera siguen siendo la brújula de mi camino en la vida.

Por otra parte, para las innumerables Rosa Amelias del mundo sus hijos no tenemos defectos. En su aritmética de amor y entrega no existe operación de resta. Su visión idealizada de nosotros les impide detectar y, mucho menos, aceptar nuestras limitaciones. Para ellas, todos somos honestos, nobles, compasivos y generosos. A tal punto, que si fuera posible diseñar un mundo ajustado al ideal de las madres con respecto a sus hijos no sufriríamos guerras, hambrunas, genocidios, ni tiranos.

Aunque no en términos tan absolutos, pero de manera bastante generalizada, los hijos también tenemos la tendencia a idealizar a nuestras madres. Sin una explicación racional--porque, después de todo, la pasión y la razón no andan jamás de la mano--consideramos a nuestra madre superior en virtudes a las demás mujeres con quienes compartimos nuestras vidas. Poetas y compositores lo han expresado con exquisita ternura en sus poemas y canciones.

Nuestro José Martí, el hijo separado de su madre desde casi niño por su misión de libertar a su patria, en un poema titulado "Madre del Alma", le dijo a Doña Leonor: "Porque es muy grato, sobre la frente/ sentir el roce de un beso ardiente/que de otra boca nunca es igual". El venezolano Andrés Eloy Blanco, exiliado en Madrid para escapar de las garras de Juan Vicente Gómez, en su poema "Las Uvas del Tiempo", se lamentaba una noche de fin de año diciendo: "En esta ciudad loca todos están de fiesta/como que todos tienen su madre cerca". Más adelante, en el mismo poema: "Para ti son hermosos todos mis poemas/cuando dices mis versos, no sé si los dices o los rezas".

Y nuestro inolvidable Osvaldo Farrés, en su antológica canción "Madrecita" le dijo a la autora de sus días: "Madrecita del alma querida/en mi pecho yo llevo una flor/no te importe el color que ella tenga/porque, al fin, tu eres madre una flor". Acto seguido le dice: "Aunque amores yo tenga en la vida/que me llenen de felicidad/como el tuyo jamás madre mía/el amor que no muere jamás".

Pero este trabajo no estaría completo sin una mención especial de las madres que sufren calvario en la Tierra a causa de la separación, del cautiverio o de las penurias de sus hijos. Nos referimos a la madre del menesteroso y del enfermo, del exiliado y del preso. Mujeres heroicas que sufren en carne propia el dolor de sus hijos. Que a la manera de María, que vio un día morir a su hijo en el Golgota de la ancestral Palestina, viven un golgota de nuestro tiempo todos los días. Esos golgotas están en las cárceles cubanas, en las calles venezolanas, en las selvas colombianas, en las favelas brasileñas y en las villas miserias de todo un continente que una vez fue llamado de la esperanza y que una plaga de políticos corruptos y demagogos han convertido en un antro de desesperación.

Tampoco podemos olvidar a los niños que han crecido sin la protección y la guía de una madre amorosa y solicita. Ya sea por orfandad o abandono, son como semillas sembradas en tierra árida que nunca llegan a germinar a plenitud. Si alguien desea encontrarse algún día con la imagen del desamparo total solo tiene que mirar el rostro de un niño que ha perdido a su madre en una edad temprana.

Quienes hemos disfrutado de la dicha de crecer junto a ellas tenemos una inmensa deuda de gratitud con el Todopoderoso y la obligación de dar testimonio de su obra de entrega y de amor actuando en concordancia con sus enseñanzas.

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