MALVINAS: GUERRA DE PRIMAVERA EN OTOÑO

Por Hugo J. Byrne

A mis amigos argentinos, muchos y todos buenos.

“Las responsabilidades de un oficial en un ejército son como las de un policía o un bombero. Mientras más eficientes sean sus tareas diarias, menos frecuentemente tendrá que tomar acción directa”.

General George S.Patton Jr. (“War as I knew it")

Cuando el destino es predecible también es severo para quien teniendo la oportunidad de proteger sus intereses, no la aprovecha. Un ejemplo clásico de ello es la brevísima reconquista temporal de las Islas Falklands o Malvinas, por el gobierno militar argentino el día 2 de abril de 1982.

En la no muy humilde opinión de un servidor existe un paralelo negativo entre la “Operación Rosario”, código de las fuerzas argentinas para la malograda reconquista de esas islitas del sur del Atlántico y el desastroso resultado del ataque en Bahía de Cochinos, casi exactamente 11 años antes. Si Washington y Buenos Aires hubieran planeado su propia y aplastante derrota, no habrían actuado de manera diferente.

Hice una sinopsis la semana pasada del resultado oprobioso para Washington y la libertad de Cuba del desembarco en Bahía de Cochinos. Ahora haré otro tanto con la humillante aventura del gobierno argentino que presidían el General Leopoldo Galtieri, el Almirante Jorge Anaya y el Brigadier de la Fuerza Aérea Basilio Lami Dozo en abril de 1982.

El primer fallo garrafal de la Junta fue asumir que no habría guerra con el Reino Unido. Eso explica muchas acciones posteriores. Para no pecar de injusto con Buenos Aires, reconozco que había más de un antecedente en el mundo de otras fuerzas nacionales ocupando militarmente una isla cercana o un territorio colindante, sin que esa acción precipitara conflicto armado alguno: India invadió a Goa, sin reacción portuguesa, Turquía invadió a Chipre, sin que Atenas moviera un dedo (y causando el derrumbe de la Junta Militar griega) y el Sahara Español fue tomado por Marruecos sin respuesta de Madrid ante el acto agresivo.

Incluso la historia británica desde el final de la Segunda Guerra Mundial es una de continua disolución de su imperio, política generalmente inspirada por el mismo Londres. La única excepción de esa regla fue la malograda invasión de Suez en 1956, que causara el retiro político de Anthony Eden y del Premier francés Guy Mollet. Esa fracasada aventura precipitó el colapso de la Cuarta República dos años después. La franca oposición de Eisenhower a sus aliados en 1956 debió constituir un “eye opener” para la Junta argentina en 1982.

Nunca es juicioso menospreciar al enemigo y el gobierno de la recién finada Margaret Thatcher era, para Argentina, un oponente formidable. Dadas las estrechas relaciones entre Reagan y Thatcher, debió ser diáfanamente claro para Buenos Aires que si Londres se decidía a ripostar la agresión, contaría con el necesario abastecimiento de combustible y el apoyo logístico y diplomático, no sólo de la OTAN, sino de Washington.

Sin embargo, nada práctico hizo Argentina por defender Malvinas hasta saber que el contraataque estaba navegando hacia el Atlántico Sur y, aún entonces, sólo a medias: los militares argentinos tenían menos de un mes para organizar una defensa que nunca creyeron necesitar. A esas alturas el resultado sería inevitablemente desastroso para Argentina.

En cualquier conflicto armado la ventaja inicial es siempre del agresor. Sin embargo, esto también supone que quien dé el primer golpe lo haga en la más favorable oportunidad posible. El 2 de abril la Escuadra Británica se encontraba en estado de alerta y navegando cerca del Estrecho de Gibraltar, durante maniobras con la OTAN. De haber contado Buenos Aires con una inteligencia medianamente decente, habría demorado la “Operación Rosario” hasta el final de esos ejercicios, cuando los barcos de guerra estuvieran de regreso en puertos británicos y la mayor parte de sus tripulaciones en tierra.

Como si todo eso fuera poco, abril es la estación otoñal en esa parte del mundo, estación sumamente fría y borrascosa, con noches de 15 horas y días de 9. La consabida turbulencia del Hemisferio Sur y sus legendarias tormentas favorecieron a los británicos, quienes a diferencia de los argentinos contaban con aviones y helicópteros capaces de vuelo nocturno y de operar en la más densa niebla. Además, por la primera vez en combate la “Royal Navy” contaba con los revolucionarios “Harriers”, capaces de vuelo vertical y estacionario. Estas ventajas fueron explotadas al máximo por las fuerzas británicas.

Por último, los conscriptos argentinos, algunos con apenas tres meses de entrenamiento básico, no constituían una fuerza de calidad suficiente para enfrentar unidades profesionales y de élite como los “Royal Marines”. Aún así, muchos soldados argentinos y oficiales de media categoría, dieron buena cuenta de sí mismos, peleando heroicamente y muriendo en combate desigual sin la menor posibilidad de victoria.

Los únicos aunque efímeros éxitos de Argentina fueron sobre objetivos navales. Para ello los pilotos argentinos utilizaron cohetes franceses “Exocet” de aire a superficie y aviones de combate “Super Etendard”, del mismo origen. El desembarco británico en el énclave de San Carlos encaró la oposición de Skyhawks argentinos de fabricación norteamericana, cuyas bombas hundieron la fragata “Antelope”, a un costo de irremplazables pérdidas para la Fuerza Aérea Argentina.

Sin embargo, el 4 de mayo fue hundido el destructor “Sheffield” de 4,100 toneladas de desplazamiento, el 13 la fragata “Ardent” de 3,250, además de su gemela “Antelope”, el 18. A esas pérdidas se uniría el transporte de tropas “Atlantic Conveyor” de casi 15,000 toneladas, hundido el 13 de mayo y la unidad de desembarco “Sir Galahad”, hundida el 5. Quien dijera que la batalla de Malvinas fue un paseo para la “Royal Navy” nos estaría tomando el pelo.

Sin embargo, la batalla en el mar estaba decidida desde el 2 de mayo con el hundimiento del viejo crucero “General Belgrano” que la Marina de Guerra Argentina usaba como buque-escuela. El “General Belgrano” fue víctima de un torpedo del submarino “Conqueror”. En el buque-escuela perecieron centenares de jóvenes cadetes. Esto horrorizó al público, cambiando de manera substancial el sentimiento popular argentino que en un principio parecía favorecer la reconquista violenta. A partir de ese momento una gran parte de las unidades de superficie de la Marina de Guerra Argentina, incluído el vital portaaviones “25 de Mayo”, fue relegada a las aguas territoriales, mientras que Buenos Aires denunciaba la violación de la "zona exclusionaria". El hundimiento del Belgrano había ocurrido ampliamente fuera del radio de dicha zona, establecida por los propios británicos con el subterfugio de proteger la navegación neutral.

Acusar al victorioso en cualquier conflicto de no ajustarse con exactitud transparente a las reglas es una actitud frívola, perdonable en políticos, pero nunca en soldados. De ser siempre justo el resultado de toda guerra, los derrotados de la Segunda Guerra Mundial habrían compartido con los Aliados el sitial de los jueces en Nuremberg. Las mujeres, niños y ancianos que perecieran en Hamburgo o Colonia, víctimas de bombardeos aéreos masivos sobre esas poblaciones civiles, eran tan inocentes como sus contrapartidas de Rotterdam o Coventry. A pesar de ello nadie esperaba ver a Churchill en el asiento de los acusados.

La más dramática evidencia de que quienes mandaban en Buenos Aires nunca contemplaron la posibilidad de una respuesta bélica de los británicos, es el profesionalismo con que ejecutaron la toma de Port Stanley. Esa acción contrasta radicalmente con la increíble, absurda ineficacia de la Junta para defender un territorio que reclamaban como patrimonio argentino.

 

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