EN LA MUERTE DEL ANTROPOMORFO LLANERO

Por Hugo J. Byrne

A mi amigo Luis Posada Carriles

A quienes me juzguen implacable con Chávez y piensen que debo usar un lenguaje más respetuoso y mesurado ante su muerte, les respondo que el finado mandamás de Venezuela en una oportunidad se llamó a sí mismo “macaco primero” y refiriéndose a su interlocutor, que era un servil jefe de estado de otro país hispanoamericano, lo designó como “macaco segundo”. Ya que un macaco es un monito menor y bastante bruto, llamándolo “antropomorfo” lo elevo en categoría simia. Antropomorfos son los monos más parecidos al Homo Sapiens (como el chimpancé o el gorila).

Podría dedicar este trabajo al análisis de las perspectivas políticas de Caracas y el Hemisferio, lo que prometí a una ilustre lectora, pero me desvío de mi costumbre, optando por un análisis más subjetivo. A diferencia de otros muchos yo solo deploro que Chávez haya muerto... por causas naturales. Hubiera preferido para este rufián la justicia de los hombres, con cáncer o sin él. Quien desee considerarme cruel, inhumano y antidemócrata, es bienvenido. Para mí la libertad individual es inmensamente más preciosa que la democracia. Por eso reproduzco a continución párrafos de un artículo escrito hace muchos años y no precisamente dedicado a Chávez.

“Cuando la galera Marquesa, unidad del ala izquierda de la flota cristiana navegó frente al Golfo de Lepanto en octubre de 1571, Miguel de Cervantes y Saavedra yacía enfermo bajo su cubierta. Enrolado en las fuerzas españolas que comandaba el Coronel Miguel de Moncada un año antes, tenía como superior inmediato al Capitán Diego de Urbina. Cervantes empezó como soldado raso, ascendiendo en rango por su inteligencia natural y coraje indomable.

Por boca de su inmortal personaje Don Quijote, Cervantes una vez sentenció: Quien pierde un capital pierde mucho. Quien pierde un amigo pierde más. Quien pierde el valor lo pierde todo.

La flota cristiana, integrada por una coalición de españoles, venecianos y genoveses, enfrentó al Islam conquistador de los turcos otomanos en las aguas mediterráneas del Golfo de Lepanto, durante la decisiva batalla del mismo nombre. Esa coalición era conocida como La Santa Liga y brillantemente comandada por Don Juan de Austria, hijo natural del Emperador Carlos V de Alemania, con una campesina plebeya.

A diferencia de su místico y gris medio hermano Felipe II, Don Juan combinaba genio militar y talento diplomático poco comunes. Este joven alemán criado en España, fue designado supremo caudillo cristiano por el Rey y ratificado en esa posición por el Papa. Esa decisión fue una de las más acertadas durante el difícil reinado de Felipe. Para culminar en victoria la misión de Lepanto requería el liderazgo de un marino con la sagacidad de Nelson en Trafalgar y el tacto diplomático del General Eisenhower en el 6 de junio de 1944. Afortunadamente Don Juan, con sólo 23 años de edad, estuvo a la altura de las circunstancias.

Cuando Cervantes supo de la proximidad de la flota turca, abandonó resueltamente su lecho de enfermo, pues para él morir al servicio de “Dios y el Rey” era preferible a languidecer en su camastro. Al mando de sólo doce hombres encabezó con éxito el abordaje de una galera turca. En la refriega fue herido en el pecho, la cara y la muñeca izquierda, quedando su mano izquierda inútil de por vida. Su heroica conducta mereció el reconocimiento de Don Juan, quien le otorgara cuatro coronas extra en su sueldo de soldado. Su heroísmo en Lepanto no le impidió escribir con su mano buena la novela más famosa de todos los tiempos y el más favorecido “best seller”, segundo sólo a la Biblia en número de ediciones impresas y traducción a más lenguas.

Miguel de Cervantes y Francisco de Quevedo son mis dos figuras predilectas en la Literatura Española y no creo que eso tome por sorpresa a nadie. Ambos fueron soldados y hombres de acción, sin detrimento de su producción literaria y nivel cultural. El soldado más agresivo de la Segunda Guerra Mundial, General George S. Patton Jr., a quien muchos plumíferos de la prensa “liberal” detestaban, hablaba cuatro idiomas, escribía inspirada poesía y era sin la menor duda el superior intelectual de la inmensa mayoría de sus detractores, eternos proponentes de la mediocridad y la cobardía.

Estamos en nuestro ámbito siempre atentos al acontecer político doméstico, lo que es muy bueno, pues aquí vivimos. Sin embargo, es absurdo creer que de ello depende el futuro nacional de Cuba. Ese renglón de nuestras actividades languidece a causa de una dosis extraordinaria de “dolce fare niente”, para gran satisfacción de los tiranos.

No se trata simplemente de una tendencia frívola a la pasividad. La autocomplacencia del exilio está basada en un extremo erróneo del muy legítimo interés individual. Exaltar los derechos individuales no implica el narcisismo de eternamente anteponer la integridad personal o familiar al legítimo reclamo de la familia grande.

No hago referencia a cobardía física o moral. Sólo evoco aceptar la realidad de nuestro exilio como parte inseparable de nuestra existencia. Enfatizo recordar que hemos sido despojados violentamente de nuestro suelo natal.

La libertad de Cuba nunca se logrará por los buenos oficios de nuestros amigos fuera de las costas cubanas. Castro y su pandilla no encararán la justicia jamás a causa del embargo económico, más ni menos que la Resolución Conjunta del Congreso de Washington en 1898 produjera la independencia.

A esa independencia contribuyeron notablemente el cabildeo, el activismo, la diplomacia y los ingentes esfuerzos de La Junta Revolucionaria en las manos de Martí. Pero este último viabilizó esa independencia sólo cuando convocara a la guerra, que fuera abonada con la sangre de más de 300,000 cubanos, culminando un siglo de violencia revolucionaria. Sin esa violencia nunca se habría izado la Estrella Solitaria en el Morro. Todavía ondearía allí el Rojo y Gualda.

Las arengas patrióticas inflamadas, las conferencias sobre temas cubanos, los eventos culturales o artísticos enfatizando las virtudes y logros de nuestra nacionalidad y exilio, son necesarios y bienvenidos en el seno de nuestra diáspora. Pero nunca serían substituto a plomos certeros, de punta blanda y cóncava, en las cabezas de los tiranos.

Para merecer nuestra libertad aún nos quedan incontables millas por recorrer y muy letales peligros por afrontar.”

Son esos mis verdaderos sentimientos ante la muerte del antropomorfo.

 

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