LA TEA REDENTORA

Por Hugo J. Byrne

La orden para iniciar acciones de guerra por nuestra independencia se firmó en New York el 29 de enero de 1895. Los firmantes fueron José Martí, como Delegado del Partido Revolucionario Cubano, el General José María (“Mayía”) Rodríguez, en representación del General Máximo Gómez, supremo jefe militar insurrecto y el Comandante Enrique Collazo, representando a la Junta Revolucionaria de La Habana.

Esa orden fue dirigida a Juan Gualberto Gómez, en Cuba. Hombre de la confianza absoluta de Martí en La Junta Revolucionaria, Gómez era el enlace con los separatistas del occidente de Cuba. La orden fue recibida durante la segunda semana de febrero. Por razones tácticas se decidió que el alzamiento tendría lugar en la segunda quincena del mismo mes.

Los insurrectos de la zona oriental tenían sus preparativos al día y aceptaron alzarse en cualquier fecha que fijara La Habana. En la reunión de la Junta Revolucionaria se decidió que la insurrección empezaría exactamente en febrero 24, por ser el último domingo del mes y el primer día de carnavales. La fecha obviamente se prestaba para el disimulado trasiego de hombres y material bélico, sin despertar sospechas de las autoridades españolas.

En el occidente de Cuba la insurrección fracasó por completo a pesar de los esfuerzos de sus principales dirigentes. Eran ellos Juan Gualberto Gómez, un periodista e intelectual negro, director del periódico separatista “La Fraternidad” y el matancero Antonio López Coloma, quien sería uno de los primeros mártires del alzamiento. Gómez y López Coloma se trasladaron al poblado de Ibarra en la Provincia de Matanzas durante la noche del 23 de febrero.

El plan tentativo era reunir allí unos 500 efectivos para atacar a las fuerzas españolas de la provincia. Un notorio bandido de la época colonial, Manuel García, había prometido unir su partida a la causa, a pesar del previo y completo rechazo de Martí al ofrecimiento. García fue emboscado y muerto esa misma madrugada, en otro lugar de la provincia y en circunstancias que la historia nunca aclaró.

Hombre de letras y sin previa experiencia militar, Gómez fue prontamente enfrentado por tropas coloniales y hecho prisionero junto a López Coloma. Gómez fue condenado al destierro en España y López Coloma fusilado. En ese momento las autoridades coloniales, procurando divisiones entre la insurrección, se mostraban más tolerantes con los desafectos negros, algunos de ellos recién liberados. Al mismo tiempo, la colonia quería hacer un ejemplo de los rebeldes blancos, en quienes pretendían ver españoles traidores a la Madre Patria. Otros veteranos de la Guerra Grande como Julio Sanguily y Aguirre Valdés también fueron arrestados y en poco tiempo las esperanzas de insurrección en occidente se desvanecieron.

En la zona oriental, donde sí se contaba con muchos veteranos de la guerra anterior, todo marchó más positivamente. El Mayor General Guillermo Moncada, curtido veterano del 68, a pesar de sufrir de tuberculosis terminal, tomó la iniciativa alzándose en las elevaciones al norte de Santiago de Cuba. Lo mismo hizo el General Bartolomé Masó en su zona de Bayamo. En el área de Guantánamo, el Teniente Coronel Pedro Agustín Pérez (“Periquito”), también se alzó, poniendo toda su tropa a las órdenes de Moncada.

Los alzamientos en la zona oriental del país no sólo ocurrieron de manera múltiple y simultánea, sino que a diferencia del resto de Cuba tuvieron relativo éxito. En cuestión de semanas los efectivos de la insurrección alcanzaban una cifra superior a 2,000. Los primeros encuentros terminaron favorablemente a los alzados, o en empate.

Madrid ripostó con el nombramiento del General Arsenio Martínez Campos, como nuevo Capitán General de Cuba. Con el “pacificador” de 1878 la Península esperaba una pronta solución del conflicto, quizás a través de una nueva paz negociada. Por si las moscas, el gobierno colonial ordenó el envío inmediato de 9,000 soldados frescos a reforzar las tropas de la colonia estacionadas en Cuba. En breve Madrid agregaría otros 7,000 soldados.

Irónicamente, en el lugar que diera nombre al levantamiento de 1895 no hubo combate. El 24 de febrero en el poblado de Baire, donde no habían fuerzas españolas estacionadas, un oficial del del Ejército Libertador llamado Saturnino Lora anunció en público el inicio de la guerra, rodeado tan solo de miembros de su familia y unos cuantos amigos. Hasta aquí los acontecimientos esenciales del 24 de febrero.

En realidad el alzamiento de 1895 no era otra cosa que la continuación del conflicto que iniciara Céspedes en la Demajagua 27 años antes. Se ha dicho erróneamente que existe una diferencia fundamental de objetivos entre una contienda y la otra y que muchos de los insurrectos del 68 eran más o menos abiertos simpatizantes del anexionismo a Estados Unidos.

Desafío esa noción. Casi todos los caudillos insurgentes de 1868 habían en alguna ocasión invocado favorablemente la proximidad de Estados Unidos y la indiscutible sanidad de sus instituciones, cuando se les comparaba al contínuo desastre de la vida en Cuba bajo la férula colonial.

De aceptar eso a imaginarse a Calixto García, Máximo Gómez y Antonio Maceo, jefes militares en ambas guerras, dándolo todo por anexionar Cuba a la Unión Norteamericana, es nada menos que delirante. Esa patraña le sirvió al castrismo y sus aliados como excusa para denigrar a los próceres del 68 y en especial a Ignacio Agramonte y Loynaz, el excelso camagüeyano a quien nunca perdonarán los discípulos de Marx su antisocialismo militante. En eso fracasaron. Hace tiempo La Habana abandonó esa campaña absurda, tratando de modificar la historia a su conveniencia: la estatua ecuestre del Bayardo aún preside el centro del antíguo Puerto Príncipe, con su espada desafiente aún apuntando al cielo.

Dos diferencias sí hubo entre 1868 y 1895. La primera puedo describirla en dos palabras: José Martí. El genio extraordinario de Martí. Hay quienes piensan que Martí inventó a Cuba, aunque un estudioso del Apóstol de la talla intelectual de mi amigo el Dr. Eduardo Lolo afirma que Cuba habría nacido con o sin Martí.

Comparto su autorizada opinión. Sin embargo, no creo que la nación hubiera podido forjarse en 1895 sin la inmensa capacidad organizativa, el extraordinario poder de convocatoria, la tenacidad sin límites y la entrega total a la causa independentista del inmortal Habanero.

El otro elemento fundamental que hace a 1895 distinto de 1868 fue que la campaña insurrecta la dictó el talento militar extraordinario de Máximo Gómez y Báez. El dominicano era un guerrero de profesión, quien había afinado su arte castrense enfrentando invasiones de haitianos cuando era Comandante de las Reservas Territoriales de la Colonia Española en Santo Domingo.

Gómez impuso una estrategia de guerra económica que las fuerzas coloniales no anticiparon y fueron totalmente incapaces de detener. Sus tácticas en el terreno eran simples: evitar en todo lo posible el contacto directo con el enemigo. Avanzar hacia las plantaciones de caña y los ingenios, quemando a su paso las primeras, destrozando los equipos y ejecutando a todo aquel a quien se probara que había trabajado en la industria. Gómez no intentaba ocupar territorio, sino destruir la economía colonial.

Para lograrlo dio órdenes terminantes al comienzo de la ofensiva que conocemos en la historia de Cuba como la “Invasión de Occidente”. Su brazo derecho en esa campaña fue su fiel amigo el Lugarteniente General Antonio Maceo Grajales, duro veterano del 68, bien capaz de conquistar el mismísimo infierno si el General Gómez se lo hubiera ordenado. Maceo, quien llegara al grado de Mayor General a los 33 años de edad, ostentaba 22 cicatrices de heridas de bala y arma blanca, recuerdo ingrato de las campañas del 68.

Las órdenes de Gómez, impartidas a Maceo, al General Banderas y al resto de las fuerzas cubanas, rezaban así:

Artículo 1. Que todas las plantaciones sean totalmente destruídas, quemándose la caña y los edificios aledaños, así como todos los ferrocarriles que los comuniquen a los ingenios.

Artículo 2. Que todos los trabajadores que laboren en los ingenios azucareros (fuentes de riqueza que tenemos que negar al enemigo) sean considerados traidores a la patria.

Artículo 3. Que todo aquel de quien se pruebe estar involucrado en las actividades laborales descritas en el Artículo 2, sea ejecutado por traidor. Que todos los mandos del Ejército Libertador acaten estas órdenes, en nuestra determinación de desplegar triunfalmente la bandera de la República de Cuba, aunque esto tenga que ocurrir sobre un campo de ruinas y cenizas.

Suena duro y cruel. ¿Victoria económica? Eso no coincide con la leyenda romántica de las cargas al machete. No obstante, es la realidad histórica en la independencia de Cuba. Cuando el combate no podía evitarse, como en el encuentro del caserío de Mal Tiempo, el plan de batalla consistía en esconder la caballería ligera en la manigua, emboscando a las columnas de infantería y cargando sobre ellas al degüello cuando ya no podían formar el cuadro.

La descripción de ese combate histórico, durante una etapa de más juventud e inspiración, me provocó escribir el poema “Campo de Mal Tiempo”, el que agregué al final de un artículo sobre el mismo tema que fuera publicado por la revista “Herencia Cubana” en el 2005:

CAMPO DE MAL TIEMPO

Carga terrible que conquista con gloria

redentora, la cubana esperanza.

¡Portento de la historia,

legión que se avalanza!

Catarata de fuego, vorágine homicida,

homérica experiencia,

en que la tea es la justicia redimida

en la que vibra el clarín de independencia.

Hazaña de coraje extraordinario,

que desata un asalto incontenible;

alud incendiario

de furia irresistible.

Hierro que despedaza al “cuadro” y al soldado.

Bala de “Remington”, tajo de “Collins” que desgarran el viento;

¡Huracán desatado!

¡Cascos que arrasan el campo de Mal Tiempo!

La guerra de 1895 a 1898, no la ganó el machete, sino la tea. La insurrección cubana carecía de suficientes recursos humanos para derrotar a más de un cuarto de millón de tropas coloniales. Sin embargo, la independencia estaba garantizada al arribo de Maceo a Mantua, la población más occidental de Cuba.

Detrás de Maceo quedaba la Colonia Española hecha briznas. La industria azucarera se había convertido en “ruinas y cenizas” y sobre ella yacía España arruinada y derrotada. Al más grande negocio de la historia peninsular, Gómez y Maceo lo habían convertido en un enorme desastre en 92 días. Al oir el anuncio de la toma de Mantua, Gómez gritó; “¡Bendita sea la tea!”

Un mes después de caer Mantua “La Revue Militaire” de Bruselas, declaraba editorialmente que “En esta marcha triunfal de oriente a occidente, los cubanos trastornaron de una manera radical y completa el orden natural de la guerra moderna”. Cierto, pero La Revue ignoraba la dimensión verdadera de la victoria.

Porque el 22 de enero de 1896 cuando el Lugarteniente General entrara victorioso en la ciudad más occidental de Cuba, la orden de Gómez había sido cabalmente cumplida. Si bien es cierto que Martínez Campos aún presidiría en La Habana por cuatro días más, los campos de la Isla reflejaban una devastación humeante desde San Antonio hasta Maisí. La economía de la Metrópoli, entonces por completo dependiente de la caña que molían los trapiches cubanos, también yacía en ruinas. A partir de ese momento histórico Cuba ganó su independencia para un futuro previsible.

Martínez Campos envió su renuncia al Presidente de Las Cortes, admitiendo honestamente la derrota. A pesar del genocidio de más de 300,000 campesinos cubanos, su sucesor, Valeriano Weyler, también mordería el polvo, regresando a España derrotado: los insurrectos tenían la fórmula de la victoria.

¿Por cuánto tiempo habría podido sostener Madrid el drenaje de todos sus recursos humanos y económicos? Hablando en términos mercantiles, Cuba en 92 días se convirtió en una catastrófica, contínua pérdida para España en vísperas del siglo XX, después de haber sido una fantástica ganancia por casi dos siglos.

Contínua pérdida que la Península era físicamente incapaz de sostener más allá del fin del siglo XIX. En eso coinciden no sólo todos los historiadores serios, sino también los economistas de entonces y ahora. Esa innegable realidad histórica desacredita totalmente la necesidad de una intervención norteamericana para Cuba en 1898, si es que esa intervención se interpreta a la luz de los intereses permanentes de la nación cubana.

Las muy naturales relaciones económicas (y por consiguiente culturales y sociales) entre los Estados Unidos de Norteamérica y Cuba, existían muchísimo antes de iniciarse las guerras contra la Colonia. Existían con absoluta certeza desde antes del 24 de febrero de 1895 y respondían a la cercanía geográfica, a la comunión de intereses y a la libertad mercantil. Por ejemplo, un exitoso sastre oriundo de Irlanda, llamado Martin Byrne y residente de la Ciudad de Matanzas en tiempos coloniales, envió a su hijo Gregory (uno de sus numerosos retoños cubanos), a estudiar Ingeniería de Fundición en el extranjero. Esa profesión, que todavía no se enseñaba en Cuba, ya estaba en extraordinaria demanda por la industria azucarera de la segunda mitad del siglo XIX. Gregory no fue a estudiar a Madrid, ni a Barcelona ni a Salamanca, sino a New Orleans. No sé el año en que se graduó, pero sé que lo hizo: Gregory Byrne era mi bisabuelo.

Con una población de casi dos millones, Cuba ya producía una serie de renglones industriales y agropecuarios entre los que se destacaba el azúcar de caña, obtenida mediante un proceso industrial que era avanzado para su tiempo. Norteamérica era el mercado natural para esos productos a escasas 90 millas de nuestro territorio, sin necesidad de ser expoliados por extraños en Madrid o Cádiz, a miles de millas de distancia, con un profundo océano de por medio.

El obstáculo a esas relaciones de comercio, que siempre debieron haber sido solamente bilaterales, fue creado por los intereses de un intermediario forzoso y forzado, imperioso, abusador y arbitrario. Ese obstáculo, el gobierno de España, era en sí mismo la más poderosa justificación en la lucha de Cuba por alcanzar su independencia.

Si alguien desea verificar esa realidad puede hacerlo fácilmente aprendiendo de la insolente dependencia mercantil que imponía el gobierno español en su última colonia de América. Eso puede hacerse visitando la Red o la biblioteca pública más cercana.

Y ese es el significado real de lo que sucediera en Cuba empezando un día como hoy hace exactamente 118 años, el 24 de febrero de 1895.

 

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