LA ROSA QUE NI SE ASUSTA NI SE CALLA

Por Alfredo M. Cepero

Director de www.lanuevanacion.com

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Cuba ha sido la cuna de muchas mujeres valientes a lo largo de su historia. Madres abnegadas, esposas fieles e hijas indomables que han acompañado a sus seres más queridos en el calvario hacia su inmolación ante el altar de nuestra libertad. La primera que siempre me viene a la mente es Mariana Grajales, aquella matrona gigantesca en cuyo vientre se gestó Antonio Maceo, el centauro que escribió las páginas más heroicas de nuestras guerras de independencia.

Pero Mariana no ha estado sola en su epopeya. La acompaña la humilde y estoica Leonor Pérez, quién dio a luz a la estrella más luminosa de nuestro firmamento patriótico. El Martí del presidio político en las canteras de San Lázaro era un joven iluminado por los principios que le enseño su madre con ese ejemplo de todos los días que se da a los niños y que después se convierte en conducta para toda la vida de los adultos que serán en el futuro.

Andando el tiempo, se multiplicaron las acompañantes de Mariana. Una leona de dignidad y coraje, hija como Mariana de la siempre bravía tierra oriental, nos regaló su cachorro indómito para que nos diera a todos lecciones de patriotismo y de hombría con su inmolación en la lucha contra la tiranía. Sin una Reina Luisa Tamayo no hubiéramos tenido el privilegio de conocer, aunque fuera en la distancia, y el ejemplo a seguir que nos dejó Orlando Zapata Tamayo.

Pero, como no solo en Oriente nacen valientes, los matanceros tuvimos nuestra madre aguerrida y paladín de nuestra libertad en una dama extraordinaria que se llamó Gloria Amaya González. En Pedro Betancourt, un pueblito bucólico de los muchos que adornan nuestra geografía pero abandonado a su miseria por la tiranía, Gloria trajo al mundo a unos hijos y nietos valientes a quienes educó en la gran asignatura de la dignidad ciudadana. Esas son las mujeres que edifican las familias sobre las cuales hemos de construir los sólidos cimientos de la nueva nación cubana.

Además, en esta lista, aunque abreviada en función de la síntesis, tiene que ocupar un lugar destacado Laura Pollán Toledo. Una madre y maestra que quizás nunca antes había pensado en el activismo cívico, pero que, indignada ante la ignominia de la tiranía, se echó sobre sus hombros la pesada y peligrosa carga de disputarle las calles a la jauría castrista. Y el peligro se hizo evidente cuando los esbirros le quitaron a ella su preciosa vida y a nosotros nos privaron de una líder que pudo haber hecho luz en la noche de nuestro presente y el incierto camino de nuestro futuro.

Pero no todo se ha perdido porque Laura ya tiene relevos en esta marcha hacia nuestra libertad. Ahí están continuando la batalla Berta Soler, Sara Marta Fonseca, Iris Tamara Pérez Aguilera y, por aquello de que "de casta le viene al galgo", la elocuente, mesurada y valiente Rosa María Paya. Una joven que creció a la sombra de un padre militante que defendió con tenacidad sus principios y que, ante la barbarie del crimen perpetrado por los vándalos, se niega a callar ni a dejarse amedrentar.

Por el contrario, ha tomado la bandera y advertido a los tiranos que no se callará mientras no haya castigo para los asesinos, justicia para su padre y libertad para su patria. ¡Qué hermosos y edificante ejemplo para los jóvenes de nuestra patria! Porque Rosa María y los jóvenes de su generación tendrán que terminar la tarea que nosotros los menos jóvenes solo podremos comenzar.

Y, para tener una idea sobre el calibre de esta joven, basta analizar sus declaraciones y su conducta con motivo del asesinato de su padre. En medio del entierro de Oswaldo Paya, Rosa María sorprendió al mundo con su reto y su dedo acusador a los asesinos diciendo: "Terminaron matando a mi padre". Unos días más tarde, denunció ante los medios internacionales las amenazas de muerte proferidas por los esbirros del régimen contra los miembros sobrevivientes de la familia Paya.

Ahora se ha ido a España para continuar su cruzada en el esclarecimiento del horrendo crimen. Allí se entrevistó con Angel Carromero quién, junto al sueco Aron Modig, es uno de los dos únicos testigos de excepción con la capacidad y el interés de dar una versión objetiva de los hechos. Durante una conferencia de prensa en Madrid el pasado 16 de febrero, Rosa María dijo y repitió de una vez más: "No hubo ningún accidente. El carro fue intencionalmente golpeado por detrás por otro auto".

Asimismo, en el curso de sus pesquisas Rosa María ha podido constatar que ninguno de los dos sobrevivientes recuerda que el auto se volcara por sí mismo como resultado de la negligencia de Carromero, según lo imputado por los voceros del gobierno comunista. Que el auto en que viajaba su padre había sido embestido por un Lada de color rojo que jamás ha sido mencionado en los informes oficiales del gobierno cubano. Que los dos extranjeros fueron conducidos a centros de emergencia por otro auto de color negro mientras su padre fue abandonado durante horas sobre el pavimento. Que Harold Cepero fue declarado muerto en un hospital sin siquiera ser llevado al salón de cirugía.

Pero quizás lo más revelador fueron las palabras que se dice dirigió Angel Carromero a los tripulantes del Lada rojo que se le acercaron inmediatamente después del atentado. Se dice que Carromero les preguntó: "¿Quienes son ustedes y por qué nos han hecho esto?" Ya en el hospital, Carromero repitió su versión de haber sido embestido en la parte trasera por un Lada de color rojo. Versión corroborada ese mismo día por declaraciones del capitán Fulgencio Medina ante un grupo de funcionarios del régimen. Sin dudas las cosas habían ocurrido demasiado rápido y Medina no había sido informado todavía de la versión oficial para ocultar el asesinato. Finalmente, los amigos de Paya que al día siguiente tuvieron acceso al cadáver dijeron a la familia que el cadáver tenía incrustada una jeringuilla en la ingle.

El asesinato de Paya es en este momento uno de los muchos misterios detrás de los cuales el régimen ha encubierto su opresión y martirio del pueblo cubano. Ellos tildarán de mentiroso a Carromero y sabe Dios de que cosa a Rosa María. Pero esta mujer ha hablado claro, directo y sin miedo. Ha llamado al pan, pan y al vino, vino y no muestra estar preocupada por cultivar la clemencia de los tiranos para que la dejen regresar a nuestra patria.

Asume el riesgo del destierro en su misión de combatir a quienes la dejaron huérfana, tal como han dejado huérfanos a millares de niños cubanos. Ella no habla en hipérboles ni trata de apaciguar al régimen pintando con colores grises. La gente de principios como ella sabe que existen el bien y el mal, el blanco y el negro y llama a las cosas por su nombre. Esos son los líderes que necesitamos.

Por otra parte, cualquiera diría que el asesinato de un hombre que dedicó su vida a la libertad de su pueblo y que fue honrado con varios premios internacionales, entre ellos el Premio Sajarov del Parlamento Europeo, habría sido objeto de un mayor interés por parte de los gobiernos del mundo. Que el gesto valiente y las denuncias de su hija sobre ese asesinato habrían recibido una amplia cobertura por parte de la prensa internacional.

Pero desgraciadamente no ha sido así y no puedo decir que me sorprenda. Sigo esa prensa lo bastante de cerca y la he seguido por suficiente tiempo para saber que está más interesada en la verborrea de una izquierda comprometida o tolerante con la tiranía comunista de Cuba que en la denuncia de sus iniquidades. Rosa María y las otras mujeres que, como ella, luchan hoy por nuestra libertad tienen que acostumbrarse a la soledad de quienes derraman luz sobre la maldad humana. Tengo, sin embargo, la casi convicción de que ella y sus hermanas de lucha están preparadas para ese reto gigantesco. Cuando se despeje la noche, ellas serán las flores frescas y perfumadas del jardín que será un día nuestra patria cubana cuando convirtamos en un vergel la tierra calcinada por la desidia de los tiranos.

5 de marzo de 2013.

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