MEMORIAS DEL DESARROLLO

Por Hugo J. Byrne

Años atrás, un talentoso pero acomodaticio director de cine, pasado a mejor vida, dirigió una aburridísima película de propaganda castrista llamada “Memorias del subdesarrollo”. Parafraseo su título para este artículo.

Esa fue una de las películas que Tomás Gutiérrez Alea (alias “Titón”) dirigiera para la propaganda de Castro. Más conocida fue “La Última Cena”, en la que la esclavitud en el siglo XVIII se usa como tema central para establecer una relación positiva entre ese crimen histórico y la intervención imperialista castro-soviética en Angola.

El afortunadamente desaparecido Vladimir Ilich (Lenin), consideraba el cine como la más importante arma de propaganda marxista. Tal como ese tirano calvo promovió al cineasta Sergei Eisestein, el tirano barbudo de Cuba promovió a Titón Gutiérrez Alea. Miembro de una familia de individuos talentosos (una rama residía en Matanzas durante mi niñez y un tío del artista fue mi profesor de Cálculo Diferencial en la Universidad), Titón nunca fue un abanderado real ni confiable del castrismo. Solamente un acomodado. No niego su talento. Titón ha sido probablemente el mejor director cinematográfico que ha producido Cuba hasta la fecha. Sin embargo para un servidor, el arte comprometido a la política y especialmente por interés (sea por ganacia material o fama), es arte torcido. Hablando con más propiedad, arte prostituído.

Titón confirmó la aseveración anterior cuando al verse fatalmente asediado en su salud decidió como tantos otros encomendar los últimos esfuerzos por salvar su vida a las facilidades clínicas del “supervillano burgués e imperial”: Estados Unidos Fue en esta “tierra del enemigo” donde Titón exhaló su último suspiro.

Ruego a los lectores que me perdonen por el largo preámbulo. Lo que escribo aquí, poco tiene que ver con Titón o el cine. Es la experiencia única y personal de mi vida en esa Cuba “subdesarrollada” que según este director existió antes de 1959. Mi primera infancia no pudo ser más feliz, pues aunque pequeña, mi familia era muy acaudalada en afectos y unidad familiar.

Mi madre decía con frecuencia que éramos pobres y que hijos que viven de salarios paternos, tienen que hacerse temprano de medios propios o resignarse a degradar drásticamente su futura calidad de vida. Mi padre, por quien siempre he sentido una admiración infinita, era más optimista. Él demandaba esfuerzos más que resultados. Decía que no esperaba que yo fuera el primero de mi clase, sino que aprendiera adecuadamente. Mi madre y en especial mi tía Angélica (hermana menor de mi padre), demandaban tanto el aprendizaje adecuado como la calificación más alta. Uno de los recuerdos más ingratos de mi primera infancia fueron las sesiones de regaño por parte de dos inquisidoras: mi madre y mi tía, cuando, como sucedía a menudo, esas calificaciones no estaban suficientemente altas. Creo que todos los estudiantes sufren altibajos en sus grados escolares. Sin embargo, algo que nunca olvidaré fue un alumno de la escuela primaria a la que yo asistía, llorando a moco tendido porque había obtenido menos que 100% en un examen. Me rasqué la cabeza en confusión. Yo hubiera estado super feliz con su resultado (92%).

En 1953 me mudé para La Habana con mis padres, quienes habían alquilado un apartamento grande en la calle Escobar, rentando nuestra casa de Matanzas a un inquilino conocido. El apartamento de Escobar tenía 3 habitaciones y, tal como en la casa de Matanzas, tenía una para mí.

Confieso que estaba muy lejos de ser un modelo. Una vez, cuando apenas tenía 15 mi madre abrió mi escaparate, encontrando pegadas con “tape” por dentro de la puerta fotos provocativas de “vedettes” en bikini, arrancadas de “Bohemia” dos años antes. Realmente hice eso imitando a otros, pues nunca me sentí atraído por “mujeres de papel”. Se me habían olvidado que existían las dichosas fotos. Se me pusieron los pelos de punta (entonces tenía pelos) y enrojecí como un tomate. Nada me dijo, pero me miró con amargo, infinito reproche. Me sentí más pequeño que un gusarapo. Avergonzado, no encontraba donde meterme. Viendo mi desconcierto, mi padre hizo un esfuerzo para no reir.

Andando el tiempo entendí muy bien las enseñanzas de ambos. El sobresaliente no es siempre posible, pero una preparación adecuada no sólo puede alcanzarlo, sino que asegura la calificación satisfactoria. Una asignatura del bachillerato que detestaba con furia intensa era la Sicología. Entonces la llamaban Psicología. Me “poncharon” dos veces. Me convencí que necesitaba aprobarla para terminar el año y me la aprendí de memoria, “tapándome la nariz”, como quien se toma un purgante. Obtuve 95% en el examen y a la semana siguiente todo se me había olvidado.

Me gustaban entonces sólo dos materias; Historia y Literatura. Casi al final del bachillerato (el que terminé en La Habana después de perder un año en Matanzas por modorro y holgazán) y quizás por haber tenido el privilegio de tener como profesor durante un curso a Manuel Labra, empecé a disfrutar de las Matemáticas. Asistir en el Instituto de Matanzas a las clases de Labra, quien podía hacer un círculo perfecto en la pizarra con un solo trazo de la tiza (sin usar compás) y narrar la biografía de Gaus o de Newton, con la misma soltura que resolvía una ecuación compleja, era sin duda un privilegio.

Bien recuerdo su clase y poseo una foto de ella en la que (propiamente) estoy en la última fila (con un mechón de pelo sobre la frente, cosa difícil de creer a quienes me tratan hoy). Más allá que matemático y miembro ilustre de la educación secundaria en la Ciudad de Matanzas, Labra era un sólido intelectual.

La enseñanza secundaria pública en Cuba era gratis: la gran fortuna de vivir en un país en pleno “subdesarrollo”. Dicen que usamos sólo el 10% de nuestra capacidad mental. Estoy seguro que antes de ser atraído por las matemáticas yo usaba menos del 5%.

Me gradué de Bachiller en Ciencias en septiembre de 1953 y al año siguiente matriculé en la Escuela de Arquitectura de la Universidad de La Habana. Casi al empezar el segundo año de una carrera que en Cuba eran siete años, el desbarajuste revolucionario forzó el cierre de la Universidad.

Más que ninguna otra experiencia de ese tiempo, recuerdo las actividades que disfruté durante el “Día del arquitecto” (creo que en 1955 ó 56). En esa oportunidad tuve un atisbo de lo que ya era Cuba y de lo que pudo haber llegado a ser de no haberse auto destruido con el castrismo.

Todos los estudiantes de la Escuela de Arquitectura fuimos invitados a esta celebración, que incluía visitas a un sin número de nuevas industrias que ya empleaban una considerable cantidad de personas. No eran trabajos quiméricos, cómo los que “crearía” más tarde Ernesto Guevara (“Ché”) en el pomposamente llamado “Ministerio de Industrias”, sino labor productiva, que manufacturaba productos para los cuales ya existían mercados. Recuerdo a mi padre decir que Cuba había progresado extraordinariamente, “a pesar de los malos gobiernos”. ¿No es eso lo que ocurre siempre en todas partes?

Esa misma industria de la construcción, en la que me emplee al cierre de la Universidad, era la segunda de Cuba en aquel entonces, después del azúcar y sus derivados, proyectándose como la primera para un futuro casi inmediato. Castro y sus cohortes y aliados internacionales detuvieron en seco todo eso. Detuvieron el progreso de Cuba.

¿Para siempre? Nada es eterno y lo único que nunca cambia en la vida es el cambio. Durante esos años me desarrollé en el hombre imperfecto que soy. Sin embargo, mis mayores triunfos y tragedias, mucho más numerosas las últimas que los primeros, sucedieron después, empezaron con el exilio y permanecerán conmigo.

 

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