INTOLERANCIA

 Por Hugo J. Byrne

 

 

Una antigua compañera de magisterio de mi esposa, quien había compartido con ella trabajo y amistad en la misma escuela primaria durante muchos años, terminó súbita y arbitrariamente esa amistad. ¿La razón? Desde que ambas se jubilaron mantenían ocasional correspondencia “online” y mi esposa le envió recientemente un E-mail con varias caricaturas publicadas en la Red. Todas muy humorísticas y por supuesto, entre ellas no podía faltar alguna de índole política.

 

Debido a la evidente tendencia hacia la izquierda de su amiga, mi esposa y ella sin haberlo discutido nunca, de tácito común acuerdo evitaban el tema político. Sin embargo, sólo esa vez mi esposa olvidó la costumbre al enviar el mismo mensaje a varias personas entre familiares y amistades. La brusca respuesta no se hizo esperar: “¿Desde cuándo me mandas propaganda de la derecha?” En vano mi esposa le explicó que no había por parte de ella ninguna intención ofensiva. Su amiga no le contestó y más nunca se comunicó con ella. Ese fue el final ridículo de una amistad de años. 

 

La intolerancia no conoce límites que no sean los de la inteligencia, que en el caso de la (ex) amiga de mi esposa eran inmediatos por todos lados. Aunque se trataba de una amistad surgida de la labor común en la escuela, recuerdo haber estado en presencia de esa señora y su esposo varias veces y de haber visitado su casa. Recuerdo que eran subscriptores del New York Times y que (contradicción), tenían propiedades inmuebles y dinero invertido con éxito en la bolsa de valores de New York. Lo más característico de ella era su contínua repetición de la frase “I know” (yo sé). Aunque eso no es más que un muy común mal hábito de conversación, en su caso particular era también una idea contraria a la realidad.

 

La intolerancia en las relaciones interpersonales no es remotamente tan dañina como la que la sociedad es capaz de establecer para sí misma. Mientras escribo esto un ciudadano holandés está siendo juzgado en su país bajo la acusación de haber hecho declaraciones públicas negativas de Alá y de la religión Islámica. De ser convicto de ese delito, el mencionado individuo puede ser condenado a una larga pena de prisión. Estas situaciones que consideramos inconcebibles por estos lares en los que hasta ahora había reinado soberano el “Bill of Rights”, son el resultado natural de la democracia sin limitaciones constitucionales.

 

Porque, amigo lector, Holanda es una democracia. Esas inhumanas leyes de mordaza fueron adoptadas por gobiernos electos por mayorías, previa discusión y aprobación en parlamentos legítimos. Quizás parlamentos imbuídos de una idiótica noción “políticamente correcta”, pero nó por ello menos legítimos. La idea de que solamente los dictadores pueden establecer regímenes totalitarios es la quinta esencia de la ignorancia. 

 

Al totalitarismo puede muy fácilmente llegarse mediante el sufragio universal. Eso fue lo que ocurrió en la Alemania de los años 30, donde el Partido Nazi alcanzara el poder mediante la obtención de más de una tercera parte del voto popular y el establecimiento de alianzas y coaliciones políticas con otros partidos.   Se trata de compromisos muy comunes en las democracias de Europa desde el siglo XIX hasta nuestros días. La fenecida Cuarta República de Francia (1945-1958) fue una interminable sucesión de gobiernos producto de ese tipo de alianzas interpartidistas y sólo la habilidad patriótica de algunos políticos y la suerte impidieron que el entonces muy poderoso Partido Comunista francés entrara de lleno en una de esas coaliciones, imponiendo en Francia formalmente la dictadura “del proletariado”.

 

Quien se imagine que reglamentos despóticos, amordazadores de la libre expresión como las llamadas “Leyes de Peligrosidad” o de “Desacato al Comandante en Jefe” en Castrolandia, nunca podrían establecerse en Estados Unidos, ignora la naturaleza del segmento más poderoso e influyente del Partido Demócrata contemporáneo. Muchos de los integrantes de ese grupo a que me refiero son por virtud de su formación ideológica y virtual dependencia a una carrera política convertida en modus vivendi, pro-totalitarios. Amigo lector; entre adoptar un régimen marxista para Estados Unidos, incluso mediante la violencia, o aceptar un límite de tiempo a sus términos electivos, esta gentuza no dudaría por un segundo.

 

Por ello es imprescindible el regreso al reino de la ley. Sólo mediante el respeto irrestricto al espíritu y letra de la constitución puede Estados Unidos regenerar su vida social. No existen garantías a la libertad mientras “Consejeros Especiales” del Poder Ejecutivo, ungidos por nombramiento presidencial y sin confirmación del Senado, posean a su disposición presupuestos billonarios del erario público y al mismo tiempo consideren que Mao Zedong fue un “filósofo” que acertaba al afirmar que “el poder político emana del cañón de una pistola”. El poder político nunca puede surgir de una amenaza cuando se vive en el seno de una sociedad libre y tolerante.

 

Recuérdelo bien, amigo lector. Recuérdelo cuando haga valer su derecho al voto en las elecciones venideras. Recuérdelo siempre.

 

    

 

 

 

 

 

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