IRRESPONSABILIDAD COLECTIVA

Por Hugo J. Byrne

 

“Perseguir el ideal de pasar del estado bárbaro al civilizado, para después cuando ese ideal ha perdido su virtud, declinar y morir, es el ciclo vital de la sociedad”.                                                                                                                      Gustave le Bon 

Desde muy joven tuve el privilegio de tratar con mujeres de intelecto superior, tanto en el seno de mi familia como fuera de él.  También he conocido a más de una con mentalidad primitiva, al igual que muchísimos hombres.  

Lo que implica esto es que no puedo coincidir en todo cuanto sostuviera el sicólogo y sociólogo le Bon, quien en alguna parte de su obra comparó el cerebro de la mujer al del gorila.  Sin menoscabo de que tuviera en su mente un caso específico (quizás no tenía buenas relaciones con la suegra), es evidente que este francés era capaz de afirmaciones lunáticas y en este caso en particular no hay duda que la hizo. 

Sin embargo, encuentro su capacidad de análisis muy certera en otros casos y especialmente en la obra que lo hizo famoso, “Sicología de las multitudes”, como se titula la edición española de su libro.  La versión inglesa es conocida por  “The Crowd”.  En uno de sus más recientes libros la activista y prolífica escritora Ann Coulter hace referencia profusa a esa obra.  

Estas nociones vienen a mi mente leyendo los comentarios de voceros de la comunidad hispana (que el izquierdismo anglo bautizó como “latina”) en la prensa, tratando de racionalizar la para muchos sorprendente victoria electoral de Obama.  En realidad no se esfuerzan mucho.  Sus conclusiones son copias al carbón de lo que leen en la prensa de habla inglesa.  Los obamistas se limitan a repetir el sonsonete electoral del New York Times u otros medios de la misma tendencia.  

Los medios hispanos más moderados, republicanos o conservadores, reportan una mayor variedad de causas en la derrota de Romney.    En ambos bandos la opinión mayoritaria es que el resultado refleja cambios en la composición demográfica norteamericana.  Estimo que este análisis es fundamentalmente correcto, pero que las implicaciones de esa conclusión son mucho más graves de lo que se admite.   

Otros afirman que la victoria demócrata indica una mucho mejor organización electoral que la republicana y conservadora, en términos de llegar a los electores y mobilizarlos antes y durante el día de la votación.  Eso es un hecho cierto, pero en mi criterio marginal en la victoria de Obama. 

Desde hace tiempo todos los censos reflejan un crecimiento consistente en la población de las llamadas minorías a expensas de la mayoría blanca.  Esto incluye la población negra, aunque no en igual proporción a la de habla y cultura hispana.  

Analicemos ese creciente sector de la población de Norteamérica que tiene raíces fuera de nuestras fronteras.  Muchos expertos en el tema afirman que los votantes hispanos conforman una cantera electoral esencialmente conservadora en asuntos religiosos, que se opone al aborto, al matrimonio homosexual y que, en consecuecia, sustentan una ética proclive a ser catequizados por el Partido Republicano y la filosofía conservadora.   Respetuosamente discrepo

Sin necesidad de considerarme experto en el tema, afirmo que ese cuadro describe con exactitud meridiana las tendencias políticas de la población hispana en Norteamérica quizás hasta comienzos de la segunda mitad del siglo XX. Durante los años 60 y 70 ese sector experimentó un cambio radical cuando se incrementó exponencialmente el uso de estupefacientes en Norteamérica.  Estado de cosas que produjo la guerra entre los capos de la droga por el control de un mercado ilícito pero enormemente lucrativo.  Esa guerra continúa desde la ribera sur del Río Grande hasta la Patagonia, provocando inicialmente una pacífica invasión ilegal a Estados Unidos. Sólo la retirada económica de Norteamérica ha disminuído ese flujo migratorio.  

Esa descripción aplicada a la ética cubanoamericana era cierta sólo en la época antes de que Castro chantajeara a Clinton con una invasión de balseros a mediados de los 90, forzándolo a un acuerdo migratorio mediante el cual, en términos reales, es Castro quien tiene la última palabra sobre quien emigra y quien no.  Hace 17 años que ese viciado acuerdo está en funciones, junto a otros nocivos decretos, absurdos en apariencias, pero todos con propósitos políticos a largo plazo y conducentes a un mismo resultado.  El lector puede fácilmente calcular cuántos de esos nuevos “exiliados” son hoy ciudadanos con derecho al voto. 

Cuando la corrupción impera por mucho tiempo en los asuntos oficiales de cualquier sociedad, más tarde o más temprano, esa corrupción permea a toda la sociedad.  Nadie en la Cuba de antes de 1959 habría creído posible que una esposa, una madre, o una hermana, pudiera prostituirse a instancias de su esposo, hijo o hermano y eso se practica en la Cuba de hoy. Cuando durante el éxodo del Mariel Castro vació sus cárceles de delincuentes comunes, forzando a quienes transportaban a familiares a incluir esa chusma entre los pasajeros de su embarcación, sólo ensayaba lo que ha estado haciendo durante los últimos 17 años.

La sociedad americana, como cualquier otra, es también muy susceptible a corromperse.  Prueba de ello es el uso indiscriminado de la droga.  En el orden político, los votos siempre se compran con prebendas.  Ayer pude enterarme de que el número de personas recibiendo estampillas de comida pasa ya de 47 millones. Los desempleados en Estados Unidos, o empleados en actividades que son discutiblemente remunerativas para sobrevivir (“underemployment”), son unos 23 millones.  Lo sé, pues tengo dos familiares en esa última categoría.  La diferencia es de 24 millones.  ¿Necesidad humana o evidente corrupción? 

Para finalizar, no mucha gente parece interesada en cómo la corrupción política pueda afectar la seguridad nacional y la integridad y libertad de los ciudadanos.  No veo protestas populares ante la evidente incapacidad o negativa del Ejecutivo y su corifeos a explicar singularmente lo ocurrido en el consulado norteamericano en Benghazi el 11 de septiembre pasado.  Tampoco ha hecho ronchas el ataque a un “drone” norteamericano por aviones del régimen de Teherán sobre aguas internacionales y por qué Washington ocultó esa noticia hasta después de las elecciones. 

Se afirma que el asesinato de cuatro norteamericanos, incluyendo al Embajador de Estados Unidos en Libia no era del interés de la prensa y tampoco demandado en términos firmes por el candidato Romney.  Consecuentemente, nos dicen, no contribuyó al consenso electoral.  Tampoco estoy de acuerdo con eso.  La responsabilidad del voto está en el votante, no en el ambiente.  Estoy también de acuerdo en que todo votante tiene derecho a no usar su voto y quedarse en casa. No obstante, cuando el voto se reduce por más de 10 millones en 2012 comparado al 2008, se evidencia irresponsabilidad colectiva.  

El voto no es un derecho universal de todo el que viva aquí, sino un privilegio de los ciudadanos.  Esos ciudadanos mejor se enteran de donde residen sus intereses, pues nadie puede defenderlos mejor que ellos.  Si estamos más interesados en los detalles maliciosos del “affaire” del General David Petraeus con su biógrafa, que en las implicaciones de éste a nuestra seguridad colectiva, merecemos que nuestro predicamento nacional sea igual al sugestivo título de esa biografía: “Todo dentro”.

 

 

 

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