BENGHAZI: UN WATERGATE SANGRIENTO.

Por Alfredo M. Cepero

Director de www.lanuevanacion.com

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El 17 de junio de 1972, cinco operativos de la campaña de reelección de Richard Nixon--buscando pruebas de una supuesta relación del candidato demócrata  George McGovern con el tirano Fidel Castro--allanaron las oficinas del Comité Nacional del Partido Demócrata en el complejo de oficinas de Watergate en la ciudad de Washington. Fueron descubiertos por los sistemas de seguridad del edificio, sometidos a juicios y condenados por un delito de menor cuantía que devino en una verdadera tormenta política para Nixon y su Partido Republicano. Dos años más tarde, el 8 de agosto de 1974, Nixon se convirtió en el primer presidente norteamericano que renuncia a su cargo en la historia política del país.

Solamente en los Estados Unidos, donde una prensa libre disfruta de inmunidad en el ejercicio lícito de sus funciones, un presidente elegido por una mayoría abrumadora en noviembre de 1972 es obligado a renunciar a su cargo dos años más tarde. Nixon no participó en la planificación del delito y se dice que se enteró después que se desató el escándalo. Sin embargo, en vez de decir la verdad y denunciar el delito, decidió proteger a sus seguidores y se dio a la tarea de distorsionar los hechos y encubrir el delito. Con ello se hizo reo de complicidad y se vio obligado a renunciar a su cargo para evitar un juicio ante el congreso en el que seguramente habría sido condenado.

El crédito por la denuncia pública de Watergate corresponde sin dudas al influyente rotativo capitalino The Washington Post y su dueña Katherine Graham, de quien se dice que sentía una profunda antipatía hacia el presidente Nixon. La Graham asignó a dos jóvenes reporteros investigativos, Bob Woodward y Carl Berstein, la tarea de mover cielo y tierra hasta encontrar pruebas comprometedoras contra Richard Nixon. Las encontraron y su brillante labor investigativa les valió un Premio Pulitzer. Pero, independientemente de sus sentimientos personales, Katherine Graham y su equipo cumplieron la sagrada misión de la prensa de vigilar a los gobernantes, denunciar sus transgresiones y proteger los derechos e intereses de sus gobernados.

Lamentablemente, esa no ha sido la conducta de la gran prensa norteamericana, entre la cual se encuentra The Washington Post, a la hora de vigilar y denunciar los delitos, mentiras y transgresiones de los gobernantes pertenecientes al Partido Demócrata. Cuando se trata de demócratas la prensa de izquierda es ciega y muda. Y prueba al canto. Cuando salieron a la luz los escándalos sexuales de Bill Clinton en 1996 con Mónica Lewinsky, Paula Jones y otra media docena de mujeres, el periodismo investigativo de The Washington Post, The New York Times y Los Angeles Times se fue de vacaciones. Ni siquiera denunciaron con energía el perjurio de Clinton ante un gran jurado que le acarreó la pérdida de su licencia de abogado en su estado nativo de Arkansas. La prensa que se ensañó con Nixon fue extremadamente benévola con Bill Clinton y, andando el tiempo, irresponsable con Obama.

Porque, precisamente donde esa prensa ha roto todos los diques de responsabilidad periodística y hasta de pudor profesional ha sido en su silencio ante las mentiras, las distorsiones y las negligencias de Barack Obama. En el 2008, ignoraron los turbios antecedentes de un candidato desconocido al que no sometieron a un meticuloso escrutinio. En este 2012 se han convertido en encubridores de sus errores y, para colmo de ignominia, en cómplices de su deleznable decisión de dejar morir a cuatro patriotas norteamericanos a manos de los terroristas que su gobierno se niega a llamar por su nombre. Todo ello, para pretender el éxito de su  fallida política de apaciguamiento a los musulmanes radicales y asegurar su reelección en las próximas elecciones.

El embajador Chris Stevens y sus compañeros Sean Smith, Glen Doherty y Tyrone Woods fueron abandonados a una horrenda y evitable muerte porque Barack Obama carece de la humildad de reconocer los errores de su política exterior y esta empecinado en mantener los privilegios de la presidencia. Para ello, Obama y su séquito de ministros, asesores y hasta generales se dieron a la impúdica tarea de ocultar los hechos.

Como Nixon, quizás no son culpables de su autoría pero son definitivamente culpables de complicidad por encubrimiento. Y peor aún, no del encubrimiento de un allanamiento incruento como Watergate sino de una masacre como Benghazi donde fue regada la sangre de cuatro patriotas americanos.  Como Enrique IV de Francia, quien dijo: "Paris bien vale una misa", Obama decidió que su reelección bien valía ocultar las razones de las muertes de cuatro héroes norteamericanos.

Lo que sabemos de las negligencias previas a la masacre y de las maniobras posteriores para ocultar la debacle lo sabemos gracias a la habilidad y la integridad periodísticas de los reporteros y comentaristas de Fox News Channel. Veamos una breve reseña  de los acontecimientos según la hemos recopilado en el  mencionado canal.

Debido a que en los doce meses previos al ataque de 9/11/12 en Benghazi se habían producido 230 incidentes terroristas en Libia, el Embajador Stevens pidió un aumento de su equipo de seguridad. El Departamento de Estado no solo le negó el aumento sino redujo su personal de seguridad. Según ha declarado bajo juramento ante el Congreso la funcionaria del Departamento de Estado, Charlene Lamb, el ataque al Consulado en Benghazi fue visto en tiempo real en Washington en todos sus detalles.

Los asediados pidieron ayuda en tres ocasiones a través de cables y correos electrónicos. Un avión no tripulado sobrevolaba el consulado en Benghazi y enviaba imágenes simultaneas al Departamento de Estado, al Departamento de Defensa y al Salón de Operaciones Espaciales (Situation Room) de la Casa Blanca. Eran las cinco de la tarde  en Washington y el Presidente Obama  se encontraba reunido en la Oficina Oval con el Secretario de Defensa, León Paneta, y el Vicepresidente Joe Biden. ¿Se fue esa noche Obama a la cama sabiendo que terroristas musulmanes estaban matando americanos y decidió salvar su campaña política antes que salvar la vida de cuatro seres humanos? Esa es la pregunta que debió haberle formulado Brian Williams, de la agencia de publicidad de Obama llamada NBC News, en la única entrevista concedida por el presidente después de la masacre.

Por otra parte, resulta inaudito pensar que los miembros del Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca no hayan informado de inmediato a estos tres señores sobre un incidente de tales proporciones e importancia para la seguridad nacional. Como sabemos, el ataque se prolongó durante siete horas y la ayuda no llegó jamás. Todo ello, a pesar de que los Estados Unidos cuentan con una base aérea en el sur de Italia, cuyos aviones C-130 y F-16 pudieron haber cubierto la distancia de 480 millas que los separaba de Benghazi en menos de una hora.

Cuando Fox News empezó a diseminar las noticias el gobierno de Obama cayó presa del terror y comenzó la campaña de encubrimiento y desinformación. El 12 de septiembre, en una declaración interpretada en múltiples formas por demócratas y republicanos, Obama dijo en el Jardin de las Rosas de la Casa Blanca que los Estados Unidos no se dejarían intimidar por actos terroristas.

Sin embargo, en el curso de las próximas dos semanas dijo en entrevistas, programas de televisión y ante las propias Naciones Unidas que la masacre había sido el resultado de manifestaciones espontáneas ocasionadas por un video crítico del profeta Mahoma.  Ni una sola palabra de terrorismo. ¿Mintió Obama en sus declaraciones del 12 de septiembre o en las múltiples declaraciones posteriores? No sabemos cuándo pero sus declaraciones contradictorias constituyen pruebas irrefutables de que, como ha hecho en el curso de toda su vida política, Obama mintió con el más absoluto descaro.

La misma historia burda de los videos fue repetida por la Secretaria de Estado Clinton y por la Embajadora ante las Naciones Unidas, Susan Rice, en el curso de cinco comparecencias televisadas en un solo día, el domingo 16 de septiembre. La misma respuesta dada por el Secretario de Prensa Jay Carney--réplica de aquel vocero bufonesco de Sadam Hussein apodado Baghdad Bob-- a algunas tímidas preguntas de los periodistas acreditados en la Casa Blanca.

Pero, como se demostró en el escándalo de Watergate, no importa lo mucho que mintamos, la verdad tarde o temprano predomina sobre la mentira. Porque ninguna cantidad de torpes encubrimientos podrá ocultar el hecho de que, aunque Bin Laden esté muerto, al Qaida sigue matando americanos y que estos últimos fueron víctimas de la megalomanía y la insensibilidad de un hombre obseso por ser reelecto. Como a Nixon, a Obama le llegará la hora de confrontar sus errores y pagar por su delito aunque la prensa empecinada en reelegirlo siga pretendiendo que aquí no ha pasado nada.

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Excelente y muy verdadero.
Hace 2388 dias.

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