EL MILLONARIO PRESIDENTE OBAMA

por Hugo J. Byrne

 

“Quienes no disciernen la diferencia entre el dólar y

 y el látigo, tarde o temprano la aprenderán al sentirla

 sobre su piel.”

 Ayn Rand  (“The Anti Industrial Revolution”) 

          Quizás alguno de los lectores (entre los “jóvenes de años acumulados”) recuerde la campaña presidencial cubana de 1948.  Este cronista tenía trece años de edad en aquel entonces y recuerda vivamente la pasión ingenua con que se dedicó a hacer proselitismo a favor del candidato de su preferencia, así como la gran frustración sentida ante la derrota del mismo.  Aunque el tema de este trabajo no tiene nada que ver con ese evento histórico, el mismo es traído a colación porque durante esa competencia política el gobierno “bautizó” al partido más importante de la oposición como “el Sindicato de los Millonarios.”  

La implicación obvia era que ese partido representaba los intereses de las clases pudientes “que siempre antagonizan al interés popular para defender sus fueros.”  De acuerdo a esa absurda y simplista fórmula que hace eco a las teorías marxistas, la agenda del pueblo era mejor servida por el candidato oficial.  Una observación somera sobre la justicia de ese lema demostraba que, salvo excepciones, las clases vivas no sólo apoyaban entonces al partido gubernamental, sino que muchos de los políticos prominentes del gobierno eran personas de vastos recursos económicos.  Y, lo que es realmente peor, algunas de esas fortunas se habían forjado saqueando el erario público. 

No es mi propósito antagonizar desde esta columna a los muchos cubanos que antaño militaban en una vertiente política diferente a la mía y quienes en la actualidad y desde hace muchos años son mis amigos y aliados en la lucha por la libertad.  Eran oponentes entonces, nunca fueron enemigos.  Se trataba de una diferencia filosófica dirimida en un ambiente civilizado.   Las urnas eran la  alternativa que teníamos a la violencia, la tiranía o el caos.  Cuando la candidatura oficial prevaleció, el pueblo cubano aceptó civilmente el veredicto popular.  Recordemos que es ese sistema al que Fidel Castro llama “basura.” 

Observando la política doméstica de Norteamérica, se percibe como tradicionalmente el partido Demócrata también trata de caracterizar al Republicano como una entidad respaldada por ricos “y por consiguiente antagónica al interés del pueblo.”  Esa sempiterna acusación se basa en el hecho de que las contribuciones económicas de origen privado o corporativo recibidas por los candidatos republicanos son históricamente superiores a aquellas emanadas de las mismas fuentes y percibidas por los demócratas.   

Esa situación, quizás real antaño, hace muchos años cambió radicalmente.  La tradicional fuente de ingresos del partido Demócrata era en un tiempo la contribución de los sindicatos obreros.  Aunque esa tendencia continúa, debemos percibir que los jerarcas de las uniones laborales han devenido con el tiempo y por corrupción, en verdaderos “fat cats”.  Al presente los demócratas engordan sus arcas electorales mayormente a través del respaldo del poder económico, tal como lo hacen sus oponentes los republicanos.    

La moraleja de todo esto es que, a pesar de todo el ruido que han generado las campañas por una “reforma” en el financiamiento de las contiendas electorales que el ex candidato presidencial republicano y senador John McCain encabezara hace algunos años, no existen argumentos legales (ni éticos) que puedan o deban impedir o reducir las contribuciones políticas de los sectores más pudientes.  

No creo que nadie (excepto fanáticos o traidores) acepte como apropiadas las contribuciones provenientes de gobiernos extranjeros y antagónicos por su naturaleza a nuestros legítimos intereses y seguridad nacionales, pero tampoco existe ni debe existir razón constitucional que limite a ciudadanos ricos (o las entidades económicas que ellos dirigen), a contribuir con su óbolo a una legítima agenda política. 

Hace algunos años una muy avispada reportera de televisión presentó un estudio interesante sobre la respectiva capacidad económica de los miembros del congreso norteamericano.  El resultado de su investigación (que no ocupó mucho espacio noticioso), no fue sorpresivo para este servidor, aunque quizás lo fuera para algunos lectores.  Los senadores y representantes republicanos resultaron ser unos pobretones, no sólo cuando se les comparaba con sus colegas demócratas, sino también en términos absolutos.   

El entonces dirigente senatorial de la mayoría republicana Trent Lott, tenía más deudas que capital.  Otro tanto se averiguó sobre el pasado líder de la Cámara Dick Armey.  Irónicamente la excepción parecía ser el senador John McCain, cuya fortuna se calculaba entonces en casi diez millones de dólares. 

Entre los demócratas por el contrario, había y hay por lo menos un individuo que puede agregarse a la lista de “Fortune” o de “Forbes”, entre aquellos que cuentan con más de quinientos millones de dólares de capital.  No era Jay Rokefeller, ni siquiera ese dueño de Massachusetts que se llamaba Ted Kennedy, sino el otro senador  por ese estado,  John Kerry.  

Este senador Kerry, candidato presidencial derrotado en el 2004, “sparring partner” de Obama para el primer debate y adalid de muchas “causas liberales” entre las que se contó su felizmente fracasado intento de presentar a Félix Rodríguez Mendigutía como involucrado en tráfico de drogas durante el “affaire” “Irán-Contra”, no ganó sus millones en negocios propios como el muy vilipendiado Mitt Romney: Se casó con una heredera ricachona, quien a su vez había obtenido su fortuna através de los esfuerzos de su difunto esposo.  Los “pluto-demócratas” del congreso sí constituyen un verdadero “sindicato de millonarios.” 

La posesión de capital podría quizás considerarse un crimen durante la era bíblica y antes de la revolución industrial, cuando los bienes materiales poseían un valor estático que sólo se obtenía por la violencia.  Hoy en día, en una sociedad civilizada, el capital se crea con el trabajo inteligente y poseerlo no es deshonor, ni debe implicar un estatus diferente en los derechos civiles.  Por el contrario, una fortuna bien habida es un índice de dedicación a la sociedad en que vivimos. 

Obama, quien ha sido descrito como “clase media” por algunos ignorantes presentadores hispanos de televisión, es millonario varias veces.  Parte de su capital (considerado en más de $10 millones) puede parcialmente originarse en las ventas de sus únicos dos libros (naturalmente autobiografías).  Su residencia oficial está en un área residencial de Chicago y tiene un valor de mercado de casi 2 millones.  Fue adquirida a través de los buenos oficios de su amigo, un notorio bandido de bienes raíces llamado “Tony” Retzko, quien sirve prisión por estafa. 

Y para los maliciosos que nunca faltan, si la pobreza se define como la necesidad de trabajar para subsistir, un servidor siempre ha sido pobre.          

 

 

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