ROMNEY PEGÓ CON LA PASIÓN DE UN ROCKY MARCIANO

Por Alfredo M. Cepero

Director de www.lanuevanacion.com

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Confieso que en los días previos al primer debate presidencial me asaltaron las dudas sobre la capacidad y la agresividad de Mitt Romney para enfrentarse con éxito a la dialéctica demagógica de Barack Obama. Analizando el debate en términos pugilísticos, en aquel momento escribí: "Romney no puede subir al cuadrilátero con guantes de seda y hacer una pelea elegante con la esperanza de una victoria por decisión...... Como Rocky Marciano, quien nunca perdió una pelea y que gano por knock out 43 de sus 49 encuentros, Romney tiene que pegar duro desde el primer round".

El 3 de octubre se disiparon todas mis dudas. Un Romney sonriente y seguro de sí mismo se dirigió directamente a los 67 millones de televidentes que presenciaron el debate sin el filtro de la prensa parcializada y solícita que promueve sin pudor alguno la candidatura de Barack Obama. Desde el primer momento, Romney ripostó golpe por golpe. Mostró control absoluto de las cifras y de los temas. Fue agresivo sin ser ofensivo. Fue respetuoso hacia Barack Obama pero nunca dejó de mirarle directamente a los ojos.

Este no era el Romney mesurado de sus previas declaraciones de campaña. Fue un Romney vehemente, valiente y carismático. Precisamente las cualidades del líder que estaban demandando los miembros de su partido y que buscaban los electores independientes antes de decidir por quién votar el próximo 6 de noviembre. Lo encontraron el 3 de octubre. Fue un Romney que le demostró al pueblo norteamericano que estaba capacitado para resolver sus problemas económicos y que ardía en deseos de sacar a los Estados Unidos de la pesadilla de Barack Obama. 

La base del partido republicano se estremeció de entusiasmo y una proporción considerable de los independientes empezó a mirar a Romney como la mejor alternativa para sacar a la nación de su pantano económico, su miseria moral y su decadencia internacional. Según las encuestas que siguieron al debate el 56 por ciento de quienes lo vieron o escucharon dijeron haber mejorado su impresión de Mitt Romney. Solamente el 13 por ciento dijo lo mismo sobre Barack Obama. Los cientos de millones de dólares gastados por la campaña de Obama para desprestigiar a Romney en los seis meses anteriores fueron pulverizados en un debate donde, a pesar de la percepción en contrario de los propios televidentes, Obama habló (42 minutos) más tiempo que Romney (37 minutos). Pero cuando se escuchan tonterías el tiempo parece interminable.

A manera de ilustración, algunos de los golpes más contundentes propinados por  Mitt Romney a Barack Obama:

1- "Con su programa de energía verde usted no escoge entre ganadores y perdedores. Usted escoge solamente perdedores"

2- "Usted dice que las corporaciones norteamericanas reciben beneficios fiscales cuando exportan trabajos al exterior. Yo llevo 25 años en la empresa privada y no tengo la más mínima idea de lo que usted está hablando". El empresario exitoso le dio una clase de economía elemental al organizador comunitario.

3- "La deuda nacional no es solo un problema financiero sino un problema moral. No podemos trasladar esa carga a nuestros hijos y nietos".

4- "Señor presidente, usted tiene derecho a su mansión y su avión privado, pero no tiene derecho a fabricar sus propias cifras".

5- "Usted pasó dos años en control absoluto del gobierno (el Congreso y la Casa Blanca) y aprobó un Obamacare sin un solo voto republicano. Yo trabajé (en Massachusetts) con una legislatura 87 por ciento demócrata y mi programa de salud fue rechazado solamente por dos legisladores".

6- "Tanto los republicanos como los demócratas aman a los Estados Unidos. Todo lo que necesitan es un liderazgo que los estimule a trabajar juntos".

Estos y otros puntos contribuyeron a propinar a Obama una pateadura similar a las de las elecciones parciales del 2010. Hasta fanáticos ideológicos de la izquierda virulenta como Bill Maher, que donó un millón de dólares a la campaña de Obama, se quejaron de que su candidato era incapaz de expresar opiniones o de refutar argumentos sin la ayuda de las muletas de un telepromter. Pero Obama no puede culpar a nadie por su derrota. Su actuación estuvo por debajo de la eficiencia de un equipo de campaña que hasta el momento había logrado desviar la atención de los fracasos de Obama hacia supuestos defectos en la conducta y el carácter de Mitt Romney.

Su deplorable desempeño demostró que era un gigante con pies de barro que no era capaz de erguirse por sus propios méritos y su propia capacidad. Demostró que es un falso Mesías idolatrado por una prensa de izquierda y financiado por una aristocracia acaudalada que encuentra en él un escudo para protegerse de las acusaciones de racismo que utiliza como arma de desesperación la mafia de Chicago.

Por otra parte, es justo reconocer que Obama se vio obligado a defender lo indefendible: cuatro años de promesas incumplidas, de retórica divisionista y de fracasos como gobernante. Pero su mayor error fue subestimar a Romney y creerse que podía compensar su holgazanería y su falta de preparación con su aura mesiánica y su dialéctica populista. Además, estos cuatro años durante los cuales ha impuesto su agenda socialista sobre la voluntad de una nación que se declara en todas las encuestas como predominantemente conservadora han sido más que suficientes para desmitificar al idolatrado Mesías de las elecciones del 2008. 

El resultado fue un Obama cuyo lenguaje corporal fue más elocuente que sus zigzagueantes argumentos verbales. Por ejemplo:

1- Mientras exponía sus argumentos, dirigía su mirada al moderador o a la cámara y en muy pocas ocasiones miró de frente a Mitt Romney.

2- Mientras Romney le daba lecciones de economía y rebatía algunos de los ataques que ha recibido de la campaña demócrata, Obama miraba hacia abajo como el niño consentido que no está acostumbrado a que le señalen errores.

3- Repitió una y otra vez los lemas gastados de la campaña sobre que todos los ciudadanos deben disfrutar de los mismos beneficios y cada uno debe pagar impuestos según su caudal económico.

4- Cuando se encontró sin respuestas a los argumentos de Romney pidió auxilio al moderador Jim Lehrer proponiendo cambiar el tema.

5- Lució débil, aburrido y hasta irascible por tener que justificar ante simples mortales sus limitaciones como gobernante.

6- Quizás para compensar su pobre desempeño fue extremadamente amable hacia Mitt Romney, el mismo que su campaña ha descrito como un engendro diabólico.

Ahora bien, se equivocan aquellos que piensen que, con su victoria en este primer debate, Romney ha asegurado su triunfo el 6 de noviembre. Es cierto que su éxito  por knock out ha reducido las ventajas de que disfrutaba Obama en  estados tan cruciales como Virginia, Florida y Ohio, sin los cuales Romney tendría ínfimas probabilidades de ganar la Casa Blanca. Sin embargo, serán los dos debates restantes los que determinarán el desenlace de esta contienda donde se decidirán el rumbo y el destino de los Estados Unidos por muchos años en el futuro.

Obama es un guerrero formidable que ha utilizado todo tipo de artimañas en su vida política. Para Obama todo se vale con tal de ganar. Ha demostrado que no tiene inhibiciones ni escrúpulos a la hora de destruir a un adversario. Ante la imposibilidad de defender su deplorable récord, la emprenderá contra la trayectoria y los errores de Romney, ya sean éstos ciertos o inventados por la campaña demócrata.  Ahí tiene a su alcance el infausto 47 por ciento que, en el curso de una reunión privada con contribuyentes a su campaña,  Romney dijo que votarían por Obama para mantener sus prebendas gubernamentales.

Sin embargo, estoy seguro de que Romney y su equipo no necesitan de mi asesoramiento y estarán preparados para contestar a esta y otras acusaciones similares que surgirán en el próximo debate. Pero más importante aún es la decisión del propio Romney de continuar atacando con la misma intensidad. Concluyendo con los símiles pugilísticos, resucitar de nuevo a Rocky Marciano para derrotar a un Obama que es altamente probable que se convierta en un Mike Tyson dispuesto a morder orejas y a dar golpes bajos con tal de mantener su lujosa mansión y su avión privado pagados con el dinero de los contribuyentes norteamericanos.

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