LAS REALIDADES Y LA MITOLOGÍA

Por Hugo J. Byrne

 

Para muchos cubanos del destierro nuestra nacionalidad es sinónimo de élite.  Tampoco faltan algunos quienes prefieren esconderla, como quien huye de la peste.  Va siendo hora ya de que empecemos a apreciar nuestro verdadero lugar en el universo.  Este lugar no es necesariamente la cima, aunque ciertamente tampoco pertenecemos al abismo.  Sin ser capaces de perfección, siempre hemos tenido y tendremos (como el resto de la humanidad) la habilidad de procurarla.  Como entidad social tenemos infinidad de talentos y virtudes que se hicieran manifiestos muy especialmente en la última parte del siglo XIX y durante los primeros veinte a treinta años del exilio que ocasionara el castrismo.  También tenemos vicios y debilidades y a menudo las revelamos abiertamente. 

Durante las primeras fases de la guerra de Corea, las tropas norteamericanas se apretujaban en el reducidísimo perímetro de Busán y las apuestas se ceñían, nó a si serían empujadas al océano como los británicos en Dunquerque, sino cuándo.  En esos días de grandes dudas nacionales recordamos leer un artículo producto de la pluma “liberal” de un conocido cronista político de Estados Unidos titulado “Los Norteamericanos no son los mejores”.   El ensayo describía de forma repetitiva como las armas norteamericanas fueran históricamente de calidad inferior a las de los adversarios, los generales norteamericanos menos capacitados que sus oponentes y la producción industrial de esta nación solamente superior en números.  De acuerdo a ese artículo los norteamericanos prevalecían sólo cuando la ventaja les respaldaba abrumadoramente. 

La “autocrítica” exagerada, como podemos comprobar, no es privativa de los cubanos, sino que representa un defecto universal.  ¿Acaso los norteamericanos tenían ventaja numérica cuando vapulearon a los japoneses en Coral Sea o en Midway?  Aún siendo derrotados en Wake Island, los infantes de marina que la defendían demostraron ser infinitamente superiores militarmente, hombre por hombre, a los soldados japoneses que finalmente los abrumaron.  Cuando el desembarco en Inchón virara brusca y virtualmente la tortilla en la península coreana atrapando a la hordas de Kim Il Sung en un clásico movimiento de pinzas, el autor del artículo de marras no admitió que a veces (y como todo el mundo, sólo a veces) los norteamericanos son los mejores

A menudo la llamada autocrítica esconde un sentimiento mucho más perverso. 

Analicemos a Michael Moore, el bien alimentado y propagandeado productor de “Hombres blancos estúpidos”, “Boleando por Columbine” y “Farenheit 9/11”.  El autor de estos supuestos “documentales” no es solamente enemigo de Bush, de las armas de fuego y  de la filosofía consevadora.  Moore odia a Estados Unidos.  Algunas de sus declaraciones allende los mares, en las que se reconoce partidario de una sangrienta victoria del terrorismo sobre su país, no dejan lugar a dudas en este extremo.  A Moore no le agradan las instituciones norteamericanas ni su sistema económico, al extremo de regocijarse con cada norteamericano muerto en acción. 

Sin embargo, el obeso y en apariencias desaseado productor de propaganda subversiva, no es el único ni el primero.  El finado Andy Rooney de CBS hace mucho tiempo que soplaba idéntica trompeta desde su nicho supuestamente satírico de “60 Minutos”.  En una ocasión Rooney caracterizó a George S. Patton Jr. como un “general muy malo”. Como quiera que el General Patton tiene el record de victorias (Tercer ejército) en términos de muertos, heridos y prisioneros tomados al enemigo, ciudades liberadas y terreno conquistado en mínimo tiempo, de todos los escenarios de la Segunda Guerra Mundial (incluídos tanto los aliados como el “eje”), cabe preguntar, ¿qué criterio usó el mezquino “humorista” para clasificar a Patton?  Ciertamente nó uno objetivo. 

De acuerdo a los historiadores españoles Gabriel Cardona y Juan C. Losada, biógrafos de Weyler, más de ochenta mil nativos cubanos formaban filas entre los “voluntarios” y otras unidades paramilitares de la colonia española dedicadas a luchar contra la independencia de Cuba en 1895.  Nuestra propia verificación histórica arroja una cifra  menor, pero nó mucho menor.  Por contraste, un estimado muy liberal de las fuerzas de la insurrección cubana de ese entonces fija el total de alzados en el campo en menos de veinte mil, durante el período de tres meses llamado “la invasión”.  En esta época las fuerzas de la independencia cubana habían alcanzado su cénit numérico. Basándose en esas (muy desalentadoras) cifras, Cardona y Losada afirman (razonablemente) que el conflicto cubano “presentaba características indiscutibles de guerra civil”.  ¿Quién puede sorprenderse de esa “gentecita” protestona de hoy, de los Gutiérrez Menoyo, los Aruca, los Durán, los Lesnick, o de las “serias” organizaciones del “main stream” del “exilio” cubano?  

Las buenas noticias son que la historia no la hacen las “masas”, como tan demagógicamente cacarean Castro, sus esclavos y algunas de sus víctimas.  La historia la forjan individuos voluntariosos y capaces, cuando se deciden a cambiar el signo de los tiempos.  Individuos tales como Jefferson, Agramonte o Martí.  En carrera larga estos últimos siempre prevalecen, estableciendo la diferencia fundamental entre la realidad y los mitos. 

 

 

 

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