LA ELECCIÓN PRESIDENCIAL, ¿CONCURSO DE SIMPATÍA?

Por Hugo J. Byrne

 

Al opinar siempre soy severo porque no hay tiempo que perder en tonterías.  Sé que no tengo posesión absoluta de la verdad, pero hago mi “homework” con la mayor aplicación y diligencia posibles. 

Días atrás hice algo que no hago casi nunca. Contemplé, tanto como mi escasa paciencia me lo permitiera, un espectáculo televisado de entrevistas y comentarios en español de uno de los varios comediantes con que cuenta ese tipo de programación en Miami.  Se trata de un personaje que disfruta de bastante popularidad entre la teleaudiencia mediante el seguro expediente de criticar la tiranía castrista en esa área y las bufonadas del antropomorfo llanero de Caracas.  

La experiencia me inclina a desconfiar la sinceridad de los que abrazan con mucha vehemencia una causa que sólo conocen superficialmente, pero que es popular en su ambiente. No tengo evidencias de insinceridad, sin embargo el sujeto en cuestión hace pública su oposición a Castro y su preferencia por Obama sobre Romney, a quien dice le otorgara su voto en el 2008 y a quien promete volver a apoyar el próximo 6 de noviembre. ¿Existe alguna inconsistencia en eso? Ya he visitado ese tema.  Pero como lo que abunda no daña, lo reitero y me explico. 

En su “análisis” el comediante se ciñe estrictamente a “su versión” de las muy diferentes personalidades de los candidatos. En el proceso afirma inexactitudes a granel, como que el presidente no es millonario, que es un inigualable orador y mejor polemista y que su historial académico es insuperable.  ¿Ha tenido este señor acceso a los sellados “transcripts” de Obama? No. Sólo repite algo que ha leído por algún lado. 

Al final concluye que los dos serían buenos presidentes de ser electos. Que nada afectaría el curso futuro de los acontecimientos en este país con Obama o Romney de presidente.  En otras palabras, la aplicación de cualquiera entre dos agendas filosóficas antagónicas carece de importancia. Adam Smith y Marx son intercambiables. Si no es Juana su hermana y todos felices.  

Los contínuos déficits presupuestarios aparentemente carecen de importancia. Una deuda nacional impagable de 16 billones de dólares es papel mojado que no amerita mención.  Tampoco las dos reducciones del nivel crediticio de Estados Unidos lo alarman al extremo de hacer referencia a ellas. 

Las deterioradas relaciones exteriores de Estados Unidos y su renuncia voluntaria a una posición de lideratura mundial tampoco lo impresionan.  Desde el desarrollo incesante e inminente de armas nucleares por parte de los fanáticos “Mulas” de Teherán, con la amenaza a nuestra seguridad que ello entraña, la contínua dependencia de Estados Unidos del combustible importado y Washington usando arbitrario e inconstitucional abuso del decreto ejecutivo, su preferencia a la ganancia política antes que la seguridad nacional, nada representa un problema a nuestra sociedad presente o futura para este cómico de la legua.  ¿Qué? 

Podría fácilmente desechar esa opinión como inconsecuente frivolidad en boca de un payaso profesional.   Sin embargo, la actitud de quienes contemplan el mundo político a través de un análisis prejuiciado y mediocre, es más común de lo que se acredita y es a menudo actitud mayoritaria. 

Quienes “forman un criterio” escuchando diatribas de payasos hacen legión.  Cuando los nazis llegaran al poder en 1933 no eran mayoría absoluta entre el electorado de la desparecida República de Weimar, pero sí eran la mayor porción de ese electorado.  ¿Era concebible que el mismo país que nos diera a Goethe y a Bismarck aceptara como jefe de estado a un inculto fanático cuyo médico personal era un charlatán “vendedor de snake oil” que cotidianamente le inyectaba veneno?  Hitler consultaba varios astrólogos y sus creencias religiosas eran una amalgama de rudimentario paganismo. ¿Quién en su sano juicio hubiera soñado que ese tarugo esquizofrénico arrasaría con Europa en un lapso de sólo 10 años? 

Hitler era menos que un mediocre intelectual y la evidencia de ello es contundente.  Depositario de la Cruz de Hierro, una condecoración que como la Legión de Honor Militar francesa o la Medalla de Honor norteamericana es en la mayoría de los casos recibida póstumamente, Hitler nunca ascendió a un rango mayor que el de cabo, que ya tenía al ser condecorado. Eso a pesar de ser herido en combate y gaseado al punto de la ceguera temporal.  Audie Murphy, por ejemplo, no sólo fue ascendido de soldado raso a sargento, sino que solamente ciertas lesiones recibidas en combate le impidieran por razones estatutarias el acceso a West Point. 

No dudo que más de uno me acuse de comparar a Obama con Hitler.  Me declaro culpable; “guilty as charge”. Existen muchos paralelos. También hay, por supuesto, amplias diferencias. El tipo de oratoria que practicaba Hitler, exageradamente emocional, semejaba a la de Castro y a la de Obama en todo, menos en el uso de “teleprompters”.  Esos chismes, que Obama utiliza hoy para evitar que la gente no sepa que él no está seguro de cuántos estados tiene la Unión o del idioma que se habla en Austria, todavía no existían. 

Para finalizar, cada quien tiene el derecho a exponer su opinión y esa es la base en que se asienta nuestra república.  La constitución no establece ese derecho que recibimos junto a la vida, tan sólo lo codifica en la primera enmienda.   

Usando el mismo derecho que el payaso de la televisión en español de Miami, afirmo aquí que la elección del presidente no es un concurso de belleza o de simpatía, sino una decisión sumamente seria e importante.  Aquellos que no lo comprendan deben estar conscientes de que quedarse en casa el 6 de noviembre es también un derecho soberano.

 

 

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