LA RECTA FINAL DE UNA CAMPAÑA SIN CUARTEL

Por Alfredo M. Cepero

Director de www.lanuevanacion.com

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En el momento en que redacto estas líneas finalizaron las sesiones de la convención del Partido Republicano en Tampa, Florida, y se encuentra en plena ebullición  la convención del Partido Demócrata en Charlotte, Carolina del Norte. Ambos acontecimientos marcan el inicio de la recta final de la que ha sido hasta ahora una campaña política donde no se han tomado presos ni se ha dado cuartel a los adversarios. Nunca antes en los 236 años de historia de esta nación habían tenido lugar unas elecciones marcadas con un mayor contraste entre las candidaturas de ambos partidos.

Para ponerlo en términos simples, los demócratas proponen un gobierno benefactor en grado sumo a cambio de exigirle a los ciudadanos una obediencia rayana en la abdicación de sus derechos constitucionales. Los republicanos, por otra parte, proponen un gobierno más pequeño que proteja a los más vulnerables y, al mismo tiempo, garantice las libertades y las oportunidades para que cada ciudadano alcance su potencial de acuerdo con sus propios esfuerzos y capacidades. Los demócratas no creen en la capacidad del individuo para triunfar por sí mismo y decidir su destino. Los republicanos confían en la capacidad de los ciudadanos para triunfar por sí mismos y ser dueños de sus destinos. Los demócratas quieren muchos vasallos. Los republicanos crean las condiciones para el éxito de muchos hombres libres. La opción no puede ser más clara.

Por el momento, dirijo mi atención y la de ustedes a la recién finalizada convención republicana de Tampa. En honor a la brevedad haré referencia únicamente a los temas y los oradores de más importancia y de mayor impacto en la misión de transmitir el mensaje central de la convención: estimular la base del partido y atraer a los independientes que se han desilusionado con la ineptitud y las diatribas de Barack Obama. Romney lo describió con suma claridad cuando dijo: "Me gustaría que el presidente Obama hubiera tenido éxito porque quiero que América lo tenga, pero sus promesas han dado paso a la decepción y la división".

La cabalgata comenzó con las palabras emotivas y la sonrisa cautivadora de Ann Romney, cuya misión consistió en ofrecer una visión íntima de un Mitt Romney reacio a hablar de su vida personal. Sobre todo, humanizar al monstruo descrito por la campaña demócrata como enemigo de las mujeres, causante de la muerte de una mujer enferma de cáncer, delincuente en el pago de impuestos, depredador de empresas y hasta abusador de perros. Por primera vez, millones de norteamericanos pudieron ver a un Mitt Romney sin el filtro parcializado y hasta venenoso de la campaña demócrata y de sus acólitos en la gran prensa de izquierda. El auditorio aplaudió con delirio cuando Ann dijo: "No os puedo decir lo que ocurrirá en los próximos cuatro años. Solo puedo estar aquí esta noche como esposa, madre, abuela y americana para expresar este solemne compromiso 'este hombre no fallara'. Este hombre no nos defraudará. Este hombre levantará a América".

El plato fuerte de la convención lo sirvió un Paul Ryan que, a la manera de un resucitado Ronald Reagan, defiende con energía sus principios y ha puesto de moda el conservadorismo en unos Estados Unidos asediados por una izquierda que demoniza la dignidad del hombre y niega la santidad de Dios. Por eso es temido y vilipendiado por una prensa de izquierda que se bate en retirada desesperada ante el inminente peligro de que en el 2012 se repita la pateadura que recibiera Obama en las elecciones parciales del 2010.

Fue genial, heroico y esperanzador cuando afirmó: "No rehuiremos los asuntos difíciles. Lideraremos. No gastaremos nuestros cuatro años echando la culpa a otros. Asumiremos responsabilidades. No intentaremos reemplazar nuestros principios fundacionales, los volveremos a aplicar". Ya era hora de que alguien llamara a las cosas por su nombre. Lo hizo este hombre de 42 años que es una de las nuevas voces del Partido Republicano y una de las estrellas que brillan con luz redentora en el firmamento político norteamericano.

La nota humorística de la convención fue proporcionada por una personalidad cuyos atractivos trascienden ideologías y partidos. Clint Eastwood es una verdadera reliquia del alma nacional norteamericana. Un hombre de pocas palabras y acciones drásticas tanto en el mundo fantasmagórico del cine como en el de la vida real. Desde los tiempos remotos de su alcaldía de Carmel, en contadas ocasiones ha apoyado a candidatos o participado en campañas políticas. Por eso su participación en la convención republicana y su apoyo entusiasta a Romney denota la importancia que concede a esta contienda del 2012.

Con pocas pero acertadas palabras sintetizó lo que debe ser la esencia y la naturaleza de cualquier democracia: "Nosotros somos los dueños de este país y los políticos son nuestros empleados", dijo como un abuelo benévolo que aconseja a sus nietos. Y a la manera de su alter ego Dirty Harry, le asestó un golpe demoledor al aspirante a emperador: "Cuando alguien no está haciendo su trabajo, es hora de despedirlo". Los participantes en la convención lanzaron al unísono un   alarido de aprobación. Al día siguiente la prensa de izquierda desató toda su furia contra el ídolo más admirado de Hollywood que tuvo la osadía de discrepar de la jauría izquierdista de la meca del cine que ha donado millones de dólares a la campaña de Obama.

La responsabilidad de presentar oficialmente a Romney correspondió al carismático senador floridano Marco Rubio, cuyo nombre figuró en una breve lista de posibles candidatos a la vicepresidencia. Al igual que Paul Ryan y los gobernadores estatales republicanos Chris Christie, Bob McDonald, Susana Martínez, Bobby Jindal, Nikki Haley y Scott Walker, Rubio forma parte de la élite de vanguardia del Partido Republicano en la próxima década. Este es su momento de convertir en oportunidad lo que algunos podrían ver como un revés. La historia y los números son categóricos en la confirmación de que el republicano que no gane en la Florida no llega a la Casa Blanca. Marco es la llave para darle esa victoria a Romney y esa victoria lograda con sus esfuerzos es la llave para una futura aspiración de Rubio a la presidencia.

El joven senador comenzó su discurso haciendo votos por la libertad de Cuba, la patria de unos padres que supieron inculcar en el hijo sentimientos de solidaridad con un pueblo olvidado por el resto del mundo. Con elocuencia y emoción cautivó al público con sus referencias a Dios, a la familia y a la realización del sueño americano para inmigrantes de todos los rincones del globo, pero manteniendo saludable distancia del tema de la inmigración mexicana, manejado con oportunismo y demagogia por la campaña de Obama. En concordancia con su estilo moderado en la alusión a sus adversarios dijo: "Nuestro problema con el presidente Obama no es que él sea una mala persona....Nuestro problema es que él es un mal presidente".   

Llegó finalmente el turno al cuarto bate que botó la pelota por los 400 pies del jardín central. Este Romney de 65 años de edad, con más de 30 años de éxitos como empresario y 8 años de intensos debates en su prologada aspiración a la presidencia, se mostró como un adversario formidable para Barack Obama. No hizo despliegue de una emoción que parece esconder o no tener. Pero habló con firmeza, con elocuencia, con dominio de los temas y, sobre todo, con la distinción que debe poseer quien aspire a liderar la nación más poderosa y próspera del planeta.

Y eso es más que suficiente para derrotar a un presidente que deshonra su alta magistratura apelando a la envidia y la división con propósitos meramente  reeleccionistas. A un diletante que nunca ha creado un empleo, devengado un sueldo en la empresa privada, firmado cheques en una nómina o administrado un presupuesto.  No en balde el rotundo y deplorable fracaso de su presidencia.

Entrando en el mensaje central de su campaña, Romney dijo: "Ahora es el momento de restaurar a los Estados Unidos como una tierra de promisión" Como era de esperar, puso especial énfasis en la revitalización de una economía estancada y en lo que llamó la necesidad de crear "un montón de empleos". Específicamente 12 millones de nuevos empleos en los cuatro años de su período presidencial. Hizo entonces un giro que pareció dirigido a los conservadores que le han acusado de tolerar insultos sin contestar a la virulenta campaña demócrata. En tono entre jocoso y sarcástico se refirió a Obama diciendo: "Sabes que algo anda mal con el trabajo que ha hecho como presidente cuando tu mejor sentimiento fue cuando votaste por él".

Pero el ataque más demoledor contra Obama dentro del discurso de Romney fue cuando dijo: "El presidente prometió detener el ascenso de los mares y sanar el planeta. Yo les prometo ayudarlos a ustedes y a sus familias". Marcado contraste entre un empresario pragmático y el ideólogo recalcitrante que ha llevado a esta nación al borde de un precipicio financiero y moral. Parodiando a Shakespeare,  "sobrevivir o no sobrevivir", es la pregunta que debemos formularnos todos el próximo 6 de noviembre.

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