NO ES RYAN SINO ROMNEY QUIEN TIENE QUE DERROTAR A OBAMA. 

Por Alfredo M. Cepero

Director de www.lanuevanacion.com

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El pasado fin de semana Mitt Romney reveló finalmente el secreto mejor guardado de su campaña por la presidencia de los Estados Unidos. La designación del congresista por el estado de Wisconsin, Paul Ryan, como su compañero de candidatura fue sin dudas un golpe maestro en una campaña que, con todo acierto, ha hecho de la recuperación económica y de la reducción del desempleo los temas centrales de sus promesas electorales.

Ryan es probablemente el hombre que más sabe de economía y de asuntos presupuestarios en el Congreso de los Estados Unidos. Es autor del único proyecto ley sobre presupuesto con sentido común y coraje político que ha sido aprobado en los últimos cuatro años por la Cámara de Representantes bajo control republicano. Un plan que no ha sido siquiera sometido a votación en un Senado bajo control demócrata que, por motivos totalmente políticos, ha obstaculizado un programa cuyo principal objetivo es salvar para las generaciones futuras el Medicare y el Seguro Social. Según estudios actuariales de organizaciones independientes, si no se controla el derroche y el fraude que sufre en la actualidad, el Medicare tendrá que declararse en quiebra para el año 2024.

En marcado y bochornoso contraste, Barack Obama es el único presidente de los Estados Unidos bajo cuyo mandato no se ha aprobado un presupuesto de gastos del Gobierno Federal. En el momento en que escribo estas líneas confrontamos el hecho inaudito de que la primera potencia del mundo ha operado por más de 1,300 días sin un presupuesto de gobierno.

La razón es que los proyectos de presupuesto enviados por Obama a un Senado controlado por los demócratas estuvieron tan plagados de demagogia y fueron tan radicalmente de izquierda que no obtuvieron un solo voto, siquiera de los senadores de su propio partido. Actuando siempre dentro de su característico oportunismo político, Obama se negó a frenar la carrera vertiginosa hacia el abismo económico al que llevan a los Estados Unidos los gastos descomunales en programas como el Medicare y el Seguro Social. La solución de Obama ha sido su fraudulento Obamacare que ha robado más de 700,000 millones de dólares al Medicare para financiar su programa de salud universal controlado por la burocracia de Washington.

Por otra parte, con la selección de un Paul Ryan--que ha optado por ofrecer soluciones dolorosas e impopulares a los problemas nacionales antes que garantizar su propio futuro político--Mitt Romney ha dado una prueba de honestidad y de coraje. En sus palabras de aceptación del honor que le fuera otorgado Paul Ryan dijo: "Nosotros podemos cambiar este derrotero hacia el desastre. Pero eso llevará liderazgo y el coraje de decir la verdad al pueblo norteamericano".

Con el lenguaje elocuente de sus acciones, muy superior al de las diatribas palabreras de Barack Obama, yo opino que el mensaje de Romney puede ser resumido diciendo: "Frente a las mentiras, las evasivas y las insidias de la corrupta maquinaria de Chicago, nosotros traemos la luz de la verdad para iluminar el camino de regreso a la grandeza americana". La opción no puede ser más clara y el pueblo norteamericano tendrá la oportunidad de decidir el próximo seis de noviembre si quiere vivir en la libertad que le otorgaron los constituyentes de Filadelfia o la dependencia abyecta en que languidecen los cubanos y los venezolanos bajo los Castro y los Chávez.

Ahora bien, para que Romney pueda hacer realidad sus promesas tiene que ganar primero la presidencia de los Estados Unidos en una contienda que se torna cada día más sucia y hasta repulsiva. Una contienda donde, según las últimas encuestas, Barack Obama mantiene una definida delantera, probablemente como resultado de los millones de dólares invertidos en atacar a Romney. Con su estrategia de "KILL ROMNEY", enunciada en el otoño de 2011, Obama y sus mafiosos han acusado a Romney de llevar a cabo una guerra contra las mujeres, de causar la muerte de una enferma de cáncer cuyo esposo perdió su seguro de salud, de no pagar impuestos durante diez años y de ser un multimillonario que es insensible a las penurias de sus conciudadanos.

Esas insidias y bajezas no se contestan, como ha hecho Romney hasta ahora, diciendo que el presidente tiene buenas intenciones, es un buen padre y una buena persona que no entiende de economía y le queda grande el traje. Como bien decía el siempre vehemente y valiente Agustín Tamargo: "Hay que llamar al pan, pan y al vino, vino". Tiene que decir que este Barack Obama es un fraude absoluto que se coló en la Casa Blanca escondiendo sus relaciones con gente como el terrorista Bill Ayers, quién escribió su apócrifa autobiografía, su mentor ideológico Jeremiah Wright, proponente de la racista teología negra de la liberación, el delincuente convicto Tony Resko, quién le regaló parte del terreno donde está ubicada su mansión de Chicago y con la corrupta maquinaria política de la dinastía fundada por Richard Daley que le robó la presidencia a Richard Nixon a cambio del soborno del viejo Joseph Kennedy.

A pesar de su elocuencia, sus conocimientos, su integridad y su prestigio Paul Ryan no puede liderar la carga para contestar golpe por golpe y bala por bala la ignominiosa campaña de Obama. Ryan puede contribuir con su talento pero Romney tiene que ponerse los pantalones y hacer despliegue de su testosterona. La proporción considerable de los norteamericanos que están insatisfechos con el actual estado de sus vidas quieren ver a un candidato que exprese sus planes y promesas con convicción, vehemencia y apasionamiento. Romney tiene que darse cuenta de que, en política, no basta tener el mejor argumento. Hay que saber venderlo. Y para venderlo, es más importante hacer despliegue de sentimientos que presentar elaborados planes de gobierno. Eso viene después de ganar en las urnas.

Para el infortunio de quienes queremos una nación de hombres libres y defensores de sus derechos, Romney ha sido hasta el momento un candidato flemático y honorable frente a un Obama sin escrúpulos y definitivamente carismático. Y si no quiere seguir el camino de McCain tiene que cambiar su estilo personal de hacer campaña porque, como saben hasta los más neófitos en asuntos políticos, los electores no votan por el aspirante a vice sino por el aspirante a presidente. En contra de las opiniones de sus detractores en la izquierda virulenta, estoy convencido de que si Sarah Palin, a pesar de sus limitados conocimientos sobre los Estados Unidos y el mundo, hubiera sido la candidata a presidente en el 2008 Barack Obama no estaría en la Casa Blanca. Y que conste que no estoy elogiando su erudición sino destacando su coraje para atacar a sus adversarios y defender sus convicciones.

Como diríamos en buen cubano, Romney tiene además que sacudir la mata de su equipo de campaña. En estos 83 días que nos separan de las elecciones tiene que despedir a esos asesores timoratos que se andan por las ramas a la hora de repudiar las calumnias de David Axelrod y sus secuaces. Tiene, sobre todo, que cambiar su táctica de responder a los ataques de sus adversarios y atacar primero escogiendo los temas y el momento.

Los temas primordiales sabemos ya que son la economía, el desempleo y el déficit fiscal. Lo demás son distracciones que solo benefician a un Obama que no quiere hablar de sus fracasos. El momento sería cada vez que el contrario se sale del libreto como cuando Obama dijo que los hombres de negocio no eran los actores de sus éxitos. Ah, y muy importante, le aconsejo que se lea alguna biografía y plan de campaña del General George C. Patton, para quien la mejor defensa era una ofensiva sin dar ni pedir cuartel. Esa es, en mi opinión, la única fórmula para evitar que se repita la película alucinante de 2008.  

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