LA CORONACION DE SU MAJESTAD OBAMA

Por Alfredo M. Cepero

Director de www.lanuevanacion.com

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Dentro de escasamente 100 días tendrán lugar en los Estados Unidos las elecciones presidenciales de mayor transcendencia desde el 15 de diciembre de 1788. En esa fecha, el General George Washington fue electo primer presidente de una incipiente nación cuyo destino era incierto y cuyo sistema político oscilaba entre la monarquía, la dictadura y la democracia. Algunos de sus partidarios hablaron de la posibilidad de una monarquía encabezada por George Primero. Otros sugirieron un Poder Ejecutivo con facultades más amplias que las del legislativo y el judicial, lo que habría debilitado la democracia y creado una dictadura solapada tanto de facto como de juris. Y hasta los defensores de la democracia luchaban por encontrar un título rimbombante con el cual halagar al Primer Mandatario. Washington puso fin a las especulaciones y las adulaciones cuando determinó que se dirigieran a él como Señor Presidente.

El hombre de acero que mantuvo la rebeldía y la esperanza de soldados famélicos en medio del despiadado invierno de Valley Forge, el héroe que lideró las victorias de Trenton y de Yorktown, el ídolo que fue objeto de admiración rayana en la idolatría rechazó el cetro y la corona que le ofrecieron sus compatriotas agradecidos. Esa fue sin dudas la más hermosa de sus virtudes y la más grande de sus victorias. Mantener a raya ese diablo dictatorial que casi todos los hombres llevamos dentro. Y como para grabar en la mente de las generaciones futuras el principio sagrado de que la soberanía reside en el pueblo y no en el gobernante de turno se negó a aspirar a un tercer período presidencial.

Con sus altas y bajas, y con la única excepción de las reelecciones de Roosevelt durante la Segunda Guerra Mundial, el proyecto iniciado en Filadelfia por Washington y sus compañeros de ideales ha mantenido su eficiencia por 236 años y hecho de la democracia norteamericana un ejemplo seguido por las naciones más avanzadas del mundo. Un sistema que no solo ha limitado los períodos de gobierno de los primeros mandatarios sino ha puesto freno a los resabios dictatoriales de alguno que otro presidente, como lo aprendió Richard Nixon para su vergüenza y autodestrucción en el escándalo de Watergate.

Sin embargo, el panorama del 236 cumpleaños de esta nación que acabamos de celebrar el último 4 de julio estuvo marcado por presagios ominosos para la libertad ciudadana, la democracia política y la prosperidad económica del pueblo de los Estados Unidos. En noviembre de 2008 los norteamericanos eligieron a un presidente sin más méritos que la habilidad para el cuento, la facilidad para el engaño, la audacia para la aspiración desmedida, la crueldad para destruir adversarios y, lo más importante, el ingrediente de un color de piel que le dio la oportunidad a unos izquierdistas acaudalados que se abochornan de su abultada cuenta bancaria para limpiar su conciencia eligiendo al primer presidente negro. Un presidente negro que no se presentó como negro sino como un americano sin color que prometió traer prosperidad para todas las razas de esta nación. Como ha demostrado ser su modo de operación, Obama mintió en cuanto a prosperidad y en cuanto a las razas. Ha traído más miseria de la que encontró y la está utilizando para dividir a los americanos en pobres y ricos, blancos y negros. La única forma de lograr la victoria para un diletante y organizador comunitario a quién le queda grande el traje regalado de presidente.

A mayor abundamiento, bajo este presidente hay más de 13 millones de desempleados, 46 millones se han visto forzados a solicitar sellos de alimentos, el crecimiento económico está casi paralizado a poco más del uno por ciento y la deuda nacional alcanza la cifra astronómica de 16 millones de millones de dólares (16 trillones en ingles). Irónicamente, los más perjudicados han sido los mismos negros norteamericanos que, desafiando toda lógica y dando evidencia de su ciega incondicionalidad por razones raciales, le han respaldado con el 95 por ciento de sus votos.

Barack Obama tiene, sin embargo, la osadía--que para cualquier observador racional no es otra cosa que descaro--de pedir que los electores norteamericanos le den otros cuatro años para terminar su obra de destruir al país. Este trepador sin escrúpulos desde sus años de estudiante becado en el Occidental College, y en las universidades de Columbia y de Harvard se conduce con la arrogancia y el desprecio a la opinión de sus conciudadanos de quien se considera merecedor de todo tipo de privilegio.

En el colmo de la soberbia ha llegado a compararse con Abraham Lincoln y en sus sueños de grandeza es probable que se considere con más méritos que George Washington. Ahora bien, Barack Obama ha demostrado no ser un patriota del calibre y el sentido de servicio de George Washington sino un ególatra y un narcisista como Napoleón que puso sus intereses por encima de los de su patria y dio el tiro de gracia a los ideales de libertad, igualdad y fraternidad de la Revolución Francesa.

Por eso se niega a aplicar las leyes aprobadas por el Congreso y amenaza a los magistrados de la Corte Suprema que se atrevan a disentir de su agenda de izquierda. Daría cualquier cosa por tener los poderes omnímodos de los Castro, los Chávez o los Ahmadinejads. Quizás por eso le resta importancia al peligro que representa esta gente para la seguridad de los Estados Unidos. Su reelección el próximo 6 de noviembre equivaldría a la coronación del Emperador Obama y a un insulto a la memoria idolatrada del padre de la patria norteamericana.

Como si fuera poco, este emperador de la farsa y de la diatriba ha cabalgado en los potros del secreto, del engaño y de la mentira para trepar a la cima del poder de la primera potencia del mundo. Nadie sabe a ciencia cierta donde nació, de donde vino, quienes fueron sus mentores, quienes financiaron sus viajes y sus estudios en acreditados centros de estudio, cuáles fueron sus calificaciones universitarias y de donde vino el multimillonario financiamiento de su campaña presidencial en el 2008. Y lo más preocupante, es que la misma prensa cómplice y complaciente que protegió sus secretos y ayudo a elegirlo en el 2008 ha dado indicios de que se propone repetir su bochornoso encubrimiento en el 2012.

Corresponde, por lo tanto, al electorado norteamericano mantener un alto nivel de vigilancia y de militancia en la defensa de sus derechos soberanos participando en forma masiva en la jornada electoral del 6 de noviembre. Todos los votos cuentan como lo demostró la reñida contienda entre Bush y Gore en el estado de la Florida durante las elecciones del año 2000. Si Obama es reelecto en noviembre y queda liberado de rendir cuentas a la ciudadanía en elecciones futuras este país dejaría de ser el faro de la libertad y el motor del progreso económico en el mundo que ha sido por más de dos siglos. Los electores norteamericanos tenemos, por lo tanto, que asegurarnos de que, como Napoleón, Obama se encuentre con su Waterloo el próximo 6 de noviembre.

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COMENTARIOS


Muy buen comentario. Felicitaciones, como todos los articulos de ud. los leo enseguida...y en este articulo mas que de apoyarlo le diere Mi Voto no lo tendra Obama
Hace 2375 dias.

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