LAS CEREMONIAS DE GRADUACIÓN

Por Hugo J. Byrne

 

Presencié decenas de ceremonias de graduación en mi país de origen, donde casi siempre ocurrían bajo techo y en un auditorium, teatro, etc., no necesariamente propiedad del plantel que celebraba el acto. En Estados Unidos asistí a las graduaciones de mis dos hijas mayores tanto de “High School” como “Jr. High” y salvo sutiles detalles, en ninguno de esos casos del pasado recuerdo haber visto una diferencia dramática con lo que yo recordaba sobre los mismos eventos en Cuba.

Sin embargo después, cuando se graduaron mis hijos más jóvenes de secundaria y especialmente al finalizar todos ellos sus respectivos estudios universitarios, observé una diferencia impresionante. Esas ceremonias en Cuba estaban caracterizadas por la solemnidad, la pulcritud y la elegancia

Esas características no se mostraban en un orden específico de importancia, sino simultáneamente. La ceremonia se ensayaba con precisión coreográfica y, con frecuencia, más de una vez. Esos actos se hacían rigurosos por muchas válidas razones de orden didáctico, todas simbólicamente relacionadas con la ascensión por competencia al mérito académico. Mediante ellas se alimenta el amor propio, el legítimo orgullo del graduando, en el que se exterioriza la autodisciplina que por regla general precede al éxito del antiguo estudiante en su empresa futura. Esa conquista de una cima intelectual debe ser la más formal de todas las ceremonias.  

A excepción de mi hermano mayor y yo, todos los miembros de mi familia original trabajaban, o durante algún tiempo de sus vidas habían trabajado en la instrucción pública de Cuba. Por eso puedo afirmar sin la menor reserva que la mencionadas solemnidad, pulcritud y elegancia eran en Cuba atributos comunes a las investiduras de grado, tanto en la más cara y prestigiosa academia privada, cómo en la más humilde de las escuelas públicas urbanas. 

Los “commencement exercises” en la Norteamérica de hoy son siempre actos multitudinarios, por lo que desde hace mucho tiempo se celebran a la intemperie. Empero, eso no es la diferencia fundamental con las graduaciones de la Cuba precastrista. Estoy seguro que muchos de los lectores han vivido similares experiencias a las mías. Lo más increíble es la apariencia personal de muchos graduados. Esta podía definirse usando leguage castizo como increíblemente zarrapastrosa. Pero eso no ocurre por casualidad, ese uniforme subalterno tiene una motivación social, una específica razón de ser. 

Olvidémonos por un instante de la diferencia entre la investidura a una profesión, acto eminentemente único y otro “informal”. Camisas sucias con faldones fuera de la cintura, pantalones viejos y raídos, zapatos de tennis rotos ¿son acaso símbolo legítimo de alguna causa? La respuesta es definitivamente afirmativa. ¿Hace falta enfatizar desaseo personal para demostrar humanidad, humildad, confraternidad hacia los “desposeídos”, una particular filiación política o filosófica? ¿Se nos antoja necesario dejar de afeitarse y bañarse durante días sólo para asumir una pretensa identidad?  

La higiene personal es tanto una necesidad individual como colectiva. Sabemos que la suciedad es fuente de bacteria y que la limpieza es necesaria a la salud. Pero esa realidad entre otras muchas nunca trascendió en la agenda de la “generación florida” de los 60. Recuerdo a un notorio izquierdista que estaba en el mismo departamento civil-estructural que un servidor en Bechtel Power Corporation, consorcio internacional de ingeniería y construcción para el que trabajé por 16 años.  

Este sujeto siempre vestía la misma raída indumentaria y decían que fumaba marihuana. Eso no puedo afirmarlo, pero sí que simplemente olía a rayo. El individuo era notorio oponente a la misma industria energética en la que hipócritamente trabajaba. En una oportunidad puso un letrerito de “No nukes” en su escritorio. Muchos de los otros empleados estaban en disposición a emplumarlo y la gerencia tuvo que intervenir en su protección. La política de Bechtel era mantener el “statu quo”, protegiéndose contra posibles demandas legales. 

Se rumoraba que a veces el sujeto dormía en los jardines del edificio en un “sleeping bag”. En una oportunidad salió del ascensor, desgraciadamente en el mismo momento en que yo entraba. Cuando llegué al primer piso con el pañuelo en la nariz, había un grupo de unos diez empleados esperando para subir. Al entrar en el ascensor me miraron todos con desagrado, pensando probablemente que el del mal olor era yo.  

Pero todo eso empezó bastante antes. No es un secreto que Karl Marx no era muy aficionado al agua. Cuando la industria en la que yo trabajaba en Cuba fue confiscada por el Régimen castrista en octubre de 1960, fui asignado al “Ministerio de Industrias”, dependencia pública entonces dirigida por Ernesto Guevara, más conocido como “Che”. Para mi desagradable experiencia, por dos veces estuve lo suficientemente cerca del felizmente ultimado genocida como para no poder evita su rancio tufo. Como sabemos todos cuantos hemos leído sus propias declaraciones públicas, el “chancho” Guevara alardeaba públicamente de “su pestecita”. 

Ese es uno de los héroes de muchos claustros del mundo académico de hoy en Estados Unidos de Norteamérica. Especialmente en las disciplinas de humanidades. Muchos de los seguidores de ese adocenado, quien desbaratara todo cuanto estuviera a su cretino alcance, son hoy los mentores de muchos de quienes marchan por estos días al compás de las notas de “Pompa y Circunstancia” de Edward Elgar.

 

 

COMENTARIOS


Comentario
*El Administrador de la Nueva Nacion se reseva el derecho de no aprobar comentarios inapropiados.
 
Missing Image