DEL VALOR Y LA COBARDÍA

Por Hugo J. Byrne

 

Hay un formidable cuento corto de Alexander Pushkin llamado “El Pistoletazo”, que trata de cómo las actitudes humanas siempre varían de acuerdo a las circunstancias. La narración gira en torno a un joven oficial del Ejército Zarista, acantonado en una región remota. Estando algo perturbado por el alcohol, ese oficial ofendió gratuítamente a otro de mayor rango y edad. Sucedió que el injuriado no sólo era el mejor tirador de pistola del regimiento, sino que había sobrevivido incontables “lances de honor” y como resultado, utilizando una expresión muy cubana, “poseía un cementerio particular”. 

Aunque todos los oficiales que habían presenciado la injuria esperaban un justo e inmediato desafío, éste inexplicablemente nunca se materializó. Al paso de días, semanas y meses sin reacción alguna por parte del ofendido, los testigos del incidente no sólo perdieron interés por el mismo, sino que también disminuyó en ellos parte de la legendaria admiración que sentían por el temible duelista. Al pasar de los años, el joven oficial fue ascendido en rango militar, casándose con una agraciada joven de la alta sociedad moscovita. Ese matrimonio no sólo le proporcionó amante esposa y devotos hijos, sino le ofreció la oportunidad de ingresar al mundo finaciero, en el que se desenvolviera con indudable éxito. 

Entonces una tarde mientras descansaba en su hermosa “dacha” (palabra rusa que se traduce como mansión campestre), alguien llamó a la puerta. Si el lector intuye que era el viejo y ofendido oficial zarista, acierta. También estaría correcto si imagina que venía para recobrar su honor, injustamente secuestrado años atrás.  

El duelo tuvo lugar en un claro del extenso bosque que circundaba la propiedad. No hubo necesidad de árbitro ni testigos pues ambos conocían de sobra el “código de honor” que supuestamente rige todo “encuentro marcial entre caballeros”. A la simultánea cuenta de tres y separados por veinte pasos, sólo el dueño de la residencia levantó su brazo armado, dispararando sin tino. El errático proyectil se incrustó en el tronco de un árbol. Sólo entonces el otro duelista alzó lentamente su pistola apuntándola con férreo pulso en la dirección de su oponente. Pasaron varios angustiosos segundos. Después el ofendido bajó su brazo.  

El viejo se despidió: “Pude matarte cuando nada tenías que perder y habrías encarado la muerte sin temor. Para mí eso no hubiera vengado tu injuria. Ahora es muy distinto, pues te he visto sudar y temblar de miedo ante la muerte. Ya tengo lo que vine a buscar. Regresa a tu familia y negocios: te regalo la vida”. 

Quien haya tenido una existencia sin tener que afrontar peligros, tragedias ni dificultades quizás no entienda la moraleja de ese cuento. Un servidor de los lectores hoy en día siempre reconoce el terreno que pisa con el mejor de los cuidados. Si hay algún peligro o la simple probablidad de enfrentarlo en el camino y es factible seguir otra ruta, esa seguiré sin el menor detrimento a mi amor propio. 

Tiempo hubo durante el que nada me era sagrado ni importante. En ocasiones lejanas no he estado satisfecho de mi vida y aseguro a los lectores que el deseo de continuar disfrutando de la propia existencia es la más poderosa defensa contra el peligro. La bravura o la cobardía nunca están en proporción directa a la fortaleza o debilidad de quien las manifieste, pero sí al carácter de cada individuo y sobre todo, a las circunstancias que lo rodeen.  

Ayer me reuní con dos viejos amigos (después de cincuenta años de destierro aún me repugna la palabra “compañeros”) quienes con el paso de los años y el desarrollo de la confianza mútua han devenido en hermanos. No menciono sus nombres, no sólo porque no tengo derecho a escribir sobre ellos, sino porque identificarlos no agregaría nada útil a esta narración. Es suficiente anotar que la amistad data de cuando dos de nosotros concluímos el servicio en el ejército de esta nación simultánea y honorablemente en 1963, coincidiendo los tres en California. 

Por esa época el exilio cubano se vio forzado a repartirse por los cuatro puntos cardinales. Las oportunidades de empleo en el sur de la Florida no eran abundantes y quienes teníamos responsabilidades familiares optamos por otros lares. Las áreas metropolitanas de Los Angeles y New Jersey fueron los centros de población más favorecidos en el influjo de los cubanos libres. Un cambio de localización por regla general nunca afecta la idiosincracia de personas adultas ni cambia su formación ética. Quienes manifestaron oposición al totalitarismo tanto en Cuba como en la Florida, continuamos haciéndolo aquí y donde quiera que levantáramos nuestra tienda. 

Eso se reflejó en actos públicos y otras formas civiles de defender una causa justa. Por supuesto que quien anuncia su apoyo a la dignidad de los hombres tiene que aprestarse a repeler la violencia de los lacayos de la tiranía, quienes nunca han sido pocos por estas latitudes. A veces era necesario defenderse con los puños. Éramos un grupo heterogéneo pero joven, físicacamente fuerte y muchos entre nosotros tenían entrenamiento militar reciente. Puedo afirmar que pocas veces salimos mal parados, aunque sólo fuera porque la suerte nos sonrió. 

Condiciones de esa índole se prestaban a ser explotadas por individuos en busca de publicidad. Uno de tales sujetos aspiraba abiertamente a convertirse en caudillo de ese grupo, para lo que usaba proselitismo o intimidación, cuando el primero fracasaba. Con fama de “hombre de acción”, cometió el error de creer que podía intimidar a uno de mis antiguos correligionarios. Con ese objetivo propaló el infundio de que él forzaría a mi amigo junto a otros del grupo, a que abandonaran el Estado de California, por las buenas o las malas. 

Enterado de la amenaza, mi amigo lo visitó en su residencia. No sé cual fue la hora exacta, pero la visita fue muy temprano en la mañana. Mi amigo fue recibido por la esposa del personaje de mi historia, quien lo conocía y sin sospechar el motivo de la extemporánea visita, le dijo que su esposo aún dormía en su habitación. Mi amigo corrió a hasta el dormitorio y sacudió al otro, llamándolo por su nombre hasta despertarlo. 

En voz alta para que no hubiera lugar para ambigüedades, mi amigo le preguntó si era cierto que él intentaba expulsarlo de California. El otro protestó su total inocencia. No sé cuántas veces se formuló la misma pregunta y cuántas otras el interrogado lo negara todo, ni cuánto tiempo durara la inquisición. Pero he sabido todo esto por un testigo, miembro destacado del activismo cubano local, quien llegara a la casa durante el interrogatorio como enviado por la providencia. Entonces la confrontación que empezara tan dramáticamente, degeneró en comedia: “¡Dile que yo siempre he hablado bien de él!” “No puedo. La verdad es lo contrario. ¡Siempre has dicho horrores de él!”. 

El intrigante, quien hubiera reaccionado de forma muy dstinta de haber sucedido el careo en público, dadas las circunstancias no lo pudo hacer. Por ironías de la vida fue él quien años después mudara su residencia fuera del estado. El arrojo y la prudencia van siempre tomados de la mano. Pero se manifiestan o nó de acuerdo al medio ambiente. 

 

 

 

 

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