LOS INTELECTUALES

Por Hugo J. Byrne

 

“El hombre que pierde un capital, pierde mucho. Quien pierde un amigo, pierde más. Quien pierde el valor lo pierde todo” Miguel de Cervantes

¿Quiés es y cómo se reconoce a un intelectual? Responder adecuadamente esta pregunta siempre requiere análisis sesudo y tiempo. En términos generales atribuímos esa condición sólo a miembros del mundo académico y aceptamos sin profundizar mucho que la “intectualidad” debe correr a parejas con la suma de las capacidades didácticas alcanzadas por cada individuo.  

En la sociedad profesoral el rasero común para medir esas capacidades es el número de doctorados y maestrías obtenidas en una o varias disciplinas.   La capacidad de comunicar ese conocimiento a través de la elocuencia de la enseñanza directa, o en el uso adecuado del idioma, ya sea escribiendo libros y tratados, o a través de otras diversas maneras de comunicación es también un instrumento popular determinando el nivel intelectual de una persona.  

Eso puede aplicarse a todas las disciplinas, tanto a las ciencias como a las humanidades. Y es por esa razón que el apelativo de “intelectual” se usa casi exclusivamente para referirnos a miembros del mundo académico.  

Sin embargo, ni la cantidad de conocimientos ni el nivel de inteligencia (modernamente lo que llamamos IQ) son los únicos elementos determinantes de la capacidad intelectual de una persona.   Hay otro factor imprescindible, mucho más importante que los dos ya citados.   No existe intelecto sin carácter. 

No olvidemos que al comienzo de los juicios de Nuremberg, todos los acusados de crímenes contra la humanidad fueron sometidos a pruebas de inteligencia. Los resultados indicaron que por lo menos seis de ellos tenían niveles casi geniales.  

Herman Goering por ejemplo, tenía un IQ de 138. Esto no le impidió colaborar hasta el fin con un maniático creyente en astrología, quien nunca obtuvo un rango superior al de cabo en el ejército alemán, a pesar de haber ganado la “Cruz de Hierro” y cuyo único legado histórico es la devastación inhumana de la Segunda Guerra Mundial, con la pérdida de más de cincuenta millones de vidas.  

Por el contrario, antes de haber cumplido dos años de edad, una enfermedad terrible hizo que Helen Keller (1880-1968) perdiera total y simultáneamente su vista y capacidad auditiva. Durante ese período esencial al desarrollo mental del ser humano que ocurre entre las edades de dos y de cinco años, esa pobre niña permaneció por debajo del nivel de conocimiento al que puede llegar un animal doméstico.  

El aprendizaje básico de Keller realmente empezó poco antes de su séptimo cumpleaños, cuando entrara en contacto con Anne Sullivan, educadora de niños ciegos del “Perkins Institute for the Blind” de Boston.   Esa institución educativa fue aconsejada al padre de Keller por el Dr. Alexander Graham Bell, inventor del teléfono, como la que podría mejor educar a su hija, si es que ello era posible. 

Mucho podría decirse sobre la extraordinaria labor pedagógica que la señora Sullivan ejerciera en Keller. Su trabajo con la infeliz niña fue más que extraordinario.   Pero, ¿habría tenido éxito esta maestra insigne de no haber sido por el coraje sin límites de su pupila?   Helen Keller no sólo aprendió a hablar y escribir correctamente, sino que dedicó toda su vida al auxilio de ciegos y otras personas con impedimentos físicos.   Su contribución humana no se limitó a dar conferencias y recibir honores. Keller escribió decenas de libros que fueron traducidos a más de cincuenta idiomas. 

Recordamos en nuestra juventud a un pintor cubano, cuyas obras eran altamente cotizadas por la crítica.   Su trazo, sus contrastes de luz y sombras y el colorido de sus lienzos nunca hubieran delatado que los pinceles eran dirigidos con la fuerza y habilidad de sus mandíbulas.  

 La desaparecida revista semanal cubana Bohemia publicó una vez un reportaje sobre este pintor, quien había nacido sin brazos ni piernas.   El intelecto de este tronco humano, reflejado en su obra artística era consecuencia directa de un valor indomable. No podía transportarse a sí mismo, comer, mantenerse aseado o vestirse sin ayuda ajena, pero se ganaba la vida pintando. 

La voluntad indomable del más famoso poeta ruso contemporáneo hizo posible que su genial obra literaria (tanto en prosa como en verso), derrotara a las infinitas torturas físicas y sicológicas a que lo sometiera el más brutal aparato represivo de los tiempos modernos.   El verbo viril de Alexander Solzhenitsyn, no sólo sobrevivió al “Gulag” soviético, sino al destierro y al cáncer. 

En los días aciagos de mi salida de Cuba, una de las primeras personas conocidas que pude identificar en el exilio de Miami, era un pobre viejo analfabeto a quien recordábamos como guía de botes pesqueros en las aguas azules de la costa norte de Pinar del Río.   Aunque no me acordaba de su nombre, sí de su cara arrugada por el sol, la agudeza de sus expresiones y su manera de pensar, siempre razonable y prudente, pero decidida cuando ello era imprescindible. En mi criterio este pescador era un intelectual.  

Contestando a la pregunta de ritual de aquel entonces; “¿Cómo llegaste?”, nos respondió algo que jamás olvidaremos: “Tu sabes que mi bote no estaba nuevo ni realmente en buenas condiciones. Traje lo mínimo que necesitaba para la travesía al norte y me guié como siempre, por las estrellas.   Le doy gracias a Dios, porque sé de muchos que tenían más medios y mejores barcos que el mío y se perdieron. Lo importante no es lo que tienes, sino como lo usas.”            

 

 

 

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