EL HEROE CHINO Y LA DECADENCIA DE LOS ESTADOS UNIDOS

Por Alfredo M. Cepero

Director de www.lanuevanacion.com

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"Cuando un pueblo valora más sus privilegios que sus principios los pierde ambos", Dwight David Eisenhower.

Cheng Guangcheng es un abogado autodidacta y activista ciego que se ha enfrentado sin miedo a la política asesina de un solo hijo por familia impuesta por el régimen tiránico de China Comunista. En algún momento entre finales de abril y principios de mayo Cheng escapó del arresto domiciliario al cual lo habían sometido sus represores y decidió buscar asilo en la Embajada de los Estados Unidos. ¿Qué mejor lugar que la embajada del país cuyo símbolo es una estatua que con expresión maternal recibe a los visitantes en la Bahía de Nueva York y que se presenta ante el resto del mundo como defensor de la libertad y de los derechos humanos? La misma estatua que fue desplegada en junio de 1989 como bandera de batalla por los manifestantes temerarios que retaron a la sanguinaria tiranía en la emblemática Plaza de Tiananmen.

Por desgracia, Cheng no parece estar al tanto del conflicto entre principios e intereses que es parte integral de la política exterior de las grandes potencias. Y en el caso específico de unos Estados Unidos, que se baten en retirada bajo la política de apaciguamiento y endeudamiento de Barack Obama, los intereses predominan cada vez más sobre los principios.

Solo en los tres años y medio de la presidencia de Obama, los Estados Unidos han incurrido en un aumento de 6 millones de millones de dólares de la deuda nacional, más de los acumulado por todos los presidentes que le han precedido. Con una deuda total de casi 16 millones de millones de dólares, donde la deuda externa es de 4.3 millones de millones, los chinos son poseedores de bonos que representan el 21 por ciento de dicha deuda externa.

Para no agobiar al lector con cifras que escapan a la comprensión hasta de los más brillantes economistas los refiero únicamente a una: $52,000. Sí señor, si Washington decidiera pagar en su totalidad la deuda nacional en el día de mañana cada hombre , mujer y niño de este país tendría que aportar la cifra de 52,000 dólares cada uno, si cada uno. ¡Imagínense adonde pararíamos si sufrimos otros cuatro años de este presidente que gasta como el consabido marinero borracho! Con el perdón, desde luego, de los borrachos y los marineros.

Esta dependencia del financiamiento externo para financiar el despilfarro interno ha puesto a los Estados Unidos a merced de unos facinerosos que se proyectan como los adversarios más formidables del poderío norteamericano en el Siglo XXI. Gente que mantiene en un nivel bajo sus costos de producción con el trabajo esclavo de sus ciudadanos, que roba patentes y tecnologías de empresas norteamericanas, que negocia su moneda a una tasa de cambio artificialmente baja para competir con ventaja contra los productos norteamericanos y, con ello, inundan los mercados de este país con productos de ínfima calidad. Y como si fuera poco, incurren en gastos militares que despiertan inquietud entre sus vecinos y, andando el tiempo, podrían retar el poderío militar norteamericano en la cuenca de Asia-Pacífico. Tampoco puede Washington ignorar la política agresiva de China Comunista en América Latina como lo demuestra su inversión de 5,000 millones de dólares en la Venezuela de Hugo Chávez.

Ese fue el escenario en el cual Barack Obama despachó hacia Pekín a sus Secretarios de Relaciones Exteriores y del Tesoro, Hillary Clinton y Timothy Geithner. Los mensajeros de la primera potencia del mundo iban con el jarrito en la mano a pedirle a sus mecenas chinos que sigan comprando los bonos devaluados del tesoro norteamericano. Una relación de dependencia donde quienes pagan mandan y quienes reciben acatan. ¿Puede alguien imaginar a Hillary y Timothy antagonizando a sus benefactores comunistas con la minucia de reclamar derechos humanos para un chinito ciego que no puede aportar un céntimo al financiamiento de la deuda norteamericana?

Con su asilo en la Embajada Norteamericana, Cheng Guangcheng se convirtió en un motivo de cólera para China y un estorbo para la gestión negociadora de los Estados Unidos. El momento no podía ser peor para la confrontación entre intereses y principios y, como era de esperar, predominaron los intereses sobre los principios. Washington y Pekín se pusieron de acuerdo para salir del entuerto. Ambos gobiernos amenazaron, mintieron y forzaron a Cheng a abandonar el santuario de la embajada. Le dijeron que las autoridades chinas podrían mandar a su familia de regreso a provincias y hasta matar a golpes a su esposa y sus hijos.

Los diplomáticos norteamericanos declararon a la prensa que Cheng había abandonado la embajada por decisión propia porque quería permanecer en el país para continuar su labor en defensa de los derechos humanos.

Dijeron además que las autoridades Chinas les habían prometido que Cheng no sufriría daño alguno como consecuencia de su labor contestataria. Tuvieron el descaro de decirnos que habían creído la promesa de los mismos gendarmes que asesinaron a 800 ciudadanos desarmados en la Plaza de Tiannmen. Pero escasamente 12 horas más tarde Cheng pidió salir del país afirmando que su vida y la de su familia corrían peligro si permanecían en China. Y llegó incluso a decir a la cadena CNN que los funcionarios norteamericanos en Pekín le habían mentido.  

Acto seguido, mientras los chinos permanecían callados como el gato que se comió el ratón, comenzó a funcionar la maquinaria de desinformación de la administración Obama. El Departamento de Estado declaró que Cheng y sus familiares serían recibidos con beneplácito en los Estados Unidos siempre que China les otorgara permiso de salida. El embajador norteamericano en Pekín acompañó a Cheng al hospital donde, según el funcionario, se había reunido con sus familiares y estaba recibiendo atención por las heridas sufridas durante la fuga. Y el siempre locuaz y errático Vicepresidente Biden dijo que albergaba la esperanza de que el gobierno de China lo dejara salir del país.

Esta novela mal elaborada no engaña a nadie que haya seguido la trayectoria lamentable de esta administración a la hora de proteger los derechos humanos en el mundo y de defender la supremacía norteamericana frente a sus enemigos jurados. Desde el principio de su gobierno, hemos visto a Obama complacer a su entrañable amigo Vladimir Putin desmantelando el escudo de protección de misiles desplegado en Polonia y la República Checa, ignorar el clamor de libertad de los valientes manifestantes iraníes y de los heroicos combatientes sirios; asi como tolerar las interferencias chinas y rusas en los esfuerzos internacionales para obligar a Iran y Corea del Norte a abandonar sus programas nucleares.

El abandono de este valiente opositor chino es solamente el capítulo más reciente de esta deplorable política que no solo reduce la estatura de los Estados Unidos sino pone en peligro la libertad en otros países del mundo. Lamentablemente no será el último y los abanderados de la lucha por la libertad desde China hasta Cuba Comunista deben tomar nota de que se encuentran abandonados a su suerte.

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