EL JUSTO CASTIGO DE NUESTROS TIRANOS

Por Alfredo M. Cepero

Director de www.lanuevanacion.com

 

Los tiranos del pueblo cubano saben que el buque esta haciendo agua pero se aferran al poder como unos endemoniados. Han demostrado hasta la saciedad, y vaticino que lo demostrarán hasta el fin de sus días, que Satanás nunca ha tenido mejores discípulos en la Tierra. El problema reside en que el poder absoluto es una droga adictiva de tal intensidad que arrasa con toda posibilidad de razonamiento y hasta con el más mínimo vestigio de razón.

 

Por eso se han creído su propio cuento de que unas cuantas ventajas materiales bastarán para calmar los ánimos de quienes se rebelan porque se han cansado de sufrir hambre, miseria y terror durante más de medio siglo. Piensan que tirando a los cubanos unas pocas migajas del pan amargo de la opresión la tormenta se aplacará y seguirán en control absoluto de una nave carcomida cuyo naufragio ya se vislumbra en un horizonte cercano.

 

Después de haber aprobado recientemente la compra venta de viviendas por primera vez en 50 años, el régimen comunista autorizó la semana pasada la entrega de créditos bancarios a pequeños empresarios y a trabajadores independientes. Con ello se proponen estimular la productividad y dejar atrás la economía estancada por la corrupción y la inercia que caracteriza a todas las burocracias, sobre todo aquellas de estados totalitarios como el cubano. Y, como los miserables embusteros que han sido siempre, prometen a esos empresarios y trabajadores independientes un justo precio y una total libertad para vender sus productos. 

 

¿Qué libertad económica pueden prometer quienes han hecho una ciencia de la supresión de la libertad de pensamiento y castigado con la cárcel y hasta la muerte a quienes han osado expresar sus opiniones? ¿Qué garantía podrán tener de lograr un justo precio por sus productos los empresarios y trabajadores independientes que tengan como únicos compradores al estado explotador o a las empresas asociadas con ese estado? ¿Quiénes son los ilusos que se van a creer los cuentos de camino de estos viejos siniestros?

 

Ya todos estamos conscientes—incluyendo a quienes en Cuba viven sujetos a la más abyecta desinformación—de que ningún maquillaje económico será capaz de cubrir las arrugas diabólicas de unos chulos decrépitos que se proponen seguir cautivando y oprimiendo multitudes como lo hicieron durante su juventud. Esta supuesta eliminación de restricciones es el caso característico de muy poco muy tarde.

 

Los tiranos se equivocan porque ya no se trata de pan para llenar el estómago de un pueblo esclavo sino de libertad para permitir que un pueblo libre abra sus alas en busca de su dignidad como hijos de Dios. Bien lo dijo el Rabino de Judea: “No sólo de pan vive el hombre sino de cada palabra que sale de la boca de Dios”. Y, atreviéndome a parafrasear al Maestro de todos los maestros, yo digo que no sólo de pan vive el ciudadano sino de la libertad imprescindible para labrarse su propio futuro, defenderse de los abusos de sus gobernantes y ser dueño de su propio destino.

 

Estas medidas cosméticas pudieron haberles funcionado hace treinta años cuando el régimen disfrutaba de casi total apoyo internacional. Cuando los gendarmes que integran la cúpula gubernamental tenían energías para reprimir cualquier reacción imprevista de las que con frecuencia se producen en estos tipos de cambios. Cuando la ausencia de las carreteras de información y de las redes sociales les permitían mantener en la ignorancia y la esclavitud a millones de seres humanos.

 

Ahora, las condiciones han cambiado de manera radical. A tal punto, de que si fueran capaces de pensar sin las gafas de la arrogancia y de la avaricia se mirarían en el espejo de los sátrapas del mundo árabe. En este mundo de comunicaciones globales, constantes e instantáneas los tiranos confrontan un inmenso reto a sus mandatos y privilegios. Se acabaron las cortinas de silencio y, con ellas, la impunidad de los sátrapas.

 

Pero, vayamos mas lejos en este ejercicio sobre las condiciones que demandan los pueblos para lograr un estado de felicidad colectiva que alcance a la mayoría de sus ciudadanos. Supongamos que, aún contra toda probabilidad, la reducción de las restricciones produjera cierto incremento de la productividad y, de paso, la reducción de la miseria endémica del pueblo de Cuba. El régimen proclamaría que el éxito de sus gestiones en el campo económico ha redundado en beneficio de las masas marginadas. Dirían, cuentas saldadas, aquí no ha pasado nada y la dinastía se ha asegurado la eternidad en el poder. 

 

Se equivocarían de nuevo. ¿Quienes van a pagar las cuentas pendientes por los miles de muertos en las Montañas del Escambray, en los calabozos y en los paredones de fusilamiento? ¿Quiénes van a pagar las cuentas pendientes por los asesinatos de Pedro Luís Boitel, de Virgilio Campanería, de los cuatro tripulantes de Hermanos al Rescate, de los náufragos del Remolcador 13 de Marzo, de Orlando Zapata y de Laura Pollán, solo para mencionar unos cuantos?

 

Y siguiendo con las preguntas: ¿Quienes van a pagar las cuentas pendientes por los centenares de miles de presos políticos que dejaron en pestilentes mazmorras los mejores años de sus jóvenes vidas? ¿Quienes van a pagar las cuentas pendientes por los millones de vidas destrozadas por la esclavitud laboral, la prostitución de nuestra juventud, las guerras internacionalistas, el despojo masivo de propiedades bien habidas, el exilio forzoso y la separación familiar? En conclusión: ¿Quienes van a pagar las cuentas pendientes por la destrucción total de la nación cubana? ¿Se atrevería alguien a poner precio a esta alucinante y devastadora ignominia?

 

Respuestas. De ninguna manera podría permitirse un borrón y cuenta nueva porque sin justicia no habrá jamás nación. Las cuentas tienen que ser pagadas, en un primer nivel, por el binomio diabólico de Birán, sus generales, ministros, diputados, miembros del Consejo de Estado, cabecillas del Partido Comunista y esbirros de la Seguridad del Estado. Con el resto de la comparsa de resentidos, oportunistas y chivatos que han hecho posible la perdurabilidad del régimen podríamos lidiar mas adelante. Pero el precio para todos ellos, los de arriba y los de abajo, sería la aplicación de una justicia sin excepciones, aunque adecuada a la dimensión del delito y con las garantías jurídicas y procesales que jamás recibieron los opositores a la tiranía. 

 

Sin embargo, sin la menor inhibición digo que esta gentuza del primer nivel no merece siquiera que se gasten tiempo ni recursos en juicio sumario alguno. Porque todos se han hecho acreedores a una justicia truculenta e instantánea a manos de sus víctimas como las aplicadas en su momento a los asesinos Benito Mussolini, Nicolae Ceausescu y Muamar Gadafi. Y para completar, incinerarlos y esparcir sus cenizas en las profundidades de un mar mantenido en secreto para evitar cualquier culto futuro a sus despreciables memorias. A los críticos que cuestionen nuestra conducta—como han hecho recientemente los hipócritas que exigieron compasión para Gadafi sin haberse compadecido jamás de sus víctimas—les recordaremos su tolerancia hacia los déspotas y su indiferencia ante el martirio del pueblo de Cuba. 

 

Ese es el escenario apocalíptico creado por nuestros tiranos en que tendrá lugar el próximo acto de nuestra historia nacional. Su incapacidad para medir las dimensiones del desenlace cruento que se nos viene encima y su insistencia en aferrase al poder contra toda lógica y sin la más mínima compasión por su pueblo los hace merecedores al más ejemplarizante de los castigos.

 

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