1939 EMPEZÓ EN 1918

Por Hugo J. Byrne

 

Al firmarse el armisticio de 1918 las Potencias Centrales habían perdido todas las vituallas básicas. A pesar de eso y aún teniendo en cuenta las injusticias posteriores del Tratado de Versalles, el hecho es que los territorios de Alemania, Austria y sus asociados menores, quedaron prácticamente intactos. La enorme destrucción de la guerra había ocurrido casi en su totalidad en terreno Aliado, especialmente en Francia, Rusia, Bélgica e Italia.

 

Si observamos las cifras de movilización de Francia, Gran Bretaña e Italia, quienes junto a Rusia, Japón, Bélgica, Rumanía, Serbia y Grecia constituyeran los originales Aliados de 1914, vemos que alcanzan un total de algo menos de 23,600,000 de hombres. Eso no incluye a los rusos, quienes movilizaron casi 12 millones de soldados, los que fueron neutralizados casi desde el principio de la contienda y más tarde decisivamente derrotados. Como consecuencia directa de esa debacle rusa el Zar fue derrocado en 1917, el mismo año en que más tarde los bolcheviques firmaran una paz con Berlín a espaldas de los Aliados. Además los bolcheviques desarrollaron buenas relaciones con el Imperio Alemán, que, por supuesto deseaba eliminar el frente oriental. Toda esa conjura quedó en evidencia con el envío de Lenin en el notorio “tren sellado” a Moscú.

 

Moscú, uno de los primeros beligerantes, resultó un elemento incapaz y temporal de esa guerra. Después de la aplastante derrota rusa, el principal estratega alemán, General Ludendorff, estuvo libre para mover todos los recursos humanos y materiales del Reichwer al frente occidental. Estados Unidos entró en la guerra en 1918, poco antes del final de la misma, aunque su intervención fue estimada por muchos como decisiva. Los norteamericanos movilizaron 4,365,000 hombres. Por su parte Alemania, Austria-Hungría, Turquía y Bulgaria movilizaron un total de casi 23 millones de soldados.

 

Mmucho más importante fueron las bajas. Las Potencias Centrales sufrieron casi 3,400,000 muertos y más de 12,000,000 entre desaparecidos y heridos en combate. Por su parte los Aliados sufrieron más de 5,000,000 de muertos y casi 17,000,000 entre heridos y desparecidos. Aún así las cifras más espeluznantes correspondieron a la población civil.

 

No existen estadísticas precisas y fidedignas de ese holocausto. Sin embargo, lo que sabemos sin la menor duda es que las víctimas también se contaron por decenas de millones y que por lo menos el 90% de que ellas ocurrieron en territorio Aliado. Alemania conservó toda su infraestructura, ninguna de sus ciudades sufrió el menor sitio o bombardeo de artillería y, a pesar de que tanto el Imperio Austro-Húngaro cómo el Otomano desaparecieran, ni Austria ni Turquía habían sufrido guerra en su propio territorio, a excepción de la fallida incursión británica en los Dardanelos.

 

Por contraste el noroeste de Francia, que incluye más de la tercera parte del territorio continental de ese país, se había convertido en un paisaje lunar. En muchos de esos kilómetros cuadrados de territorio no solamente había dejado de existir la vida humana, sino también toda forma de vida. La notoria guerra de trincheras del frente occidental tuvo lugar totalmente en los territorios francés, belga e italiano. En esa época no existían armas “inteligentes” y un obús disparado contra una fortificación enemiga podía hacer impacto en el mismo medio de alguna aldea cercana.

 

Los inocentes civiles, ancianos, mujeres y niños que perecieron en los caminos tratando de poner distancia entre ellos y la muerte que se les avalanzaba pueden fácilmente haber igualado o superado en número a los soldados caídos en combate en el Marne, Fort Vaux, Verdún o Tannemberg. Después de la derrota, Alemania sufrió penurias económicas, parcialmente consecuencia de las demandas absurdas estipuladas en Versalles. Pero fue la inflación incontrolable y la consiguiente devaluación vertiginosa de la moneda, el elemento principal causando el derrumbe de la República de Weimar. Ese derrumbe produjo la toma del poder (democrática y constitucionalmente) del totalitarismo nazi, encabezado por un visionario demente, sin escrúpulos y sediento de venganza.

 

Lo peor de todo esto es el nacimiento de una serie de mitos político-militares. El peor de ellos en la opinión de un servidor fue el pacfismo y su corolario, la estrategia defensiva. Estupidez llevada a la tercera potencia fue sin duda la línea Maginot, fortificación que sólo se extendía desde la frontera suiza hasta la belga y cuyos cañones sólo apuntaban hacia el este. Este monumento a la insania requería una dotación permanente de 300,000 soldados arbitrariamente sustraídos de una posible reserva estratégica. ¿Desconocía Gamelin que en 1914 Francia fue invadida por el norte? El diminutivo Gamelin, eso sí, era experto en vinos. 

 

En 1914, con los germanos a las puertas de París, se produjo el llamado “milagro” del Marne. Ese supuesto “milagro”, cuando Francia convirtiera en victoria lo que parecía una derrota final, inevitable e inminenete, no fue obra del destino, sino del General al mando de París, Joseph Gallieni, quien se ganara el bastón de mariscal enviando las tropas acantonadas en la capital francesa rápidamente al frente de batalla. Para máxima rapidez usó taxis confiscados con ese propósito.

 

Ese primer uso de tropas motorizadas en la historia, pasó inadvertido a casi todo el mundo. Solamente dos soldados entendieron realmente su importancia y cada uno de ellos escribió un libro sobre sus conclusiones. Uno era un oficial alto y flaco del Ejército Francés, llamado Charles De Gaulle. Tituló su libro “Sobre el ejército de porvenir”. Tenía una copia en castellano en Cuba que, como tantas otras cosas, cambió de dueño cuando partí al exilio. De todos modos nadie importante en Francia le hizo el menor caso al libro.

 

El otro fue un oficial prusiano llamado Heinz Guderian, cuyo libro titulado “Jung Panzer” llegó a manos de Hitler. Guderian, quizás el táctico mejor de la Segunda Guerra Mundial, se ganó el oído del “cabo bohemio” durante las victoriosas campañas iniciales. Sin embargo, el General Guderian tenía la fastidiosa costumbre de decir lo que pensaba a sus interlocutores, sin importar quienes fueran. 

 

En suma, Hitler se encontró con la “criada respondona”. Su último encontronazo con “el líder” terminó a gritos, cuando Guderian propuso que la única solución para Alemania era buscar inmediatamente la paz con los Aliados.   Hitler nunca le concedió otra audiencia.   

 

 

 

 

 

 

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