SOBRE GATOS HIPÓCRITAS

Por Hugo J. Byrne

 

En la década del 70, cuando aún trabajaba para corporaciones como Bechtel Power y Fluor Daniel y consideraba que el gobierno federal no había deducido lo suficiente de mi salario mensual (o semanal, según la política corporativa de la empresa), simplemente firmaba un cheque pagadero al Departamento del Tesoro y lo enviaba a esa dependencia. El Tesoro de Estados Unidos siempre cobraba mis envíos. Nunca me devolvió ni uno de esos cheques.

 

Por supuesto, antes del 15 de abril del año siguiente balaceaba mis impuestos con el Tío Sam y todos felices. Tiempo después y dicen que por motivos deficitarios, el llamado Internal (¿o es Infernal?) Revenue Service, impuso un sistema de pagos periódicos durante el año a quienes trabajaban por cuenta propia.

 

En este país cada ciudadano tiene el derecho de contribuir a cualquier caridad que desee y deducir esa cantidad de sus impuestos federales, siempre y cuando ese regalo no pase de un límite porcentual a su ingreso durante el año de la contribución. Sin embargo, existe una entidad oficial totalmente exenta de esos límites.

 

Si los lectores apostaron por el Departamento del Tesoro, aciertan. Cualquier gato gordo (“fat cat”), como llaman aquí a los adinerados, puede hacer una donación extra a Washington en su retorno anual de impuestos, sin que nadie lo regañe. Esto es parte integral del código de impuestos federales.

 

No me avergonzaría ser gato gordo aunque semejante ambición sea para mí un objetivo absurdo e inalcanzable. Ahora bien, en tal caso hipotético nunca donaría a los federales un centavo más de lo que me imponen por ley. Esas han sido y permanecen mis convicciones a despecho de lo dicho por dos vicepresidentes, uno pasado y otro en funciones. Ambos afirman con energía digna de mejor causa que pagar más impuestos es un deber patriótico. 

 

¿Desde cuándo la patria se ha beneficiado del despilfarro crónico de bienes que son producto del trabajo honesto y diligente? Ambos vicepresidentes que menciono son multimillonarios. Aún así no los considero por un instante mis superiores intelectuales y aún menos el de los lectores.

 

El financiero multimillonario Warren Buffett se queja de que tanto él como sus colegas, gatos en el rango rango “heavy weight”, no pagan suficientes impuestos federales. No creo que el señor Buffett tenga el objetivo de simplemente aumentar lo que paga a Washington esa élite de felinos obesos. Al igual que un humilde servidor, Mr. Buffett sabe de sobra que incluso reteniendo las dos terceras partes de los ingresos de estos gatos sobrealimentados, no se reduciría significativamente la deuda nacional.

 

Admito que Mr. Buffett es quizás el inversionista con más éxito de Estados Unidos y también que es poseedor de una fortuna inmensa. Sé que se cuenta entre los hombres más ricos del mundo. Sin embargo eso no lo hace necesariamente el individuo más sagaz en existencia.  

 

¿Ha pensado Mr. Buffett en predicar con el ejemplo? ¿Por qué no encabeza un movimiento colectivo de cuantos gatos gordos lo siguen en esto? ¿Por qué no envían la mitad de sus cuantiosas fortunas como contribución generosa al Internal Revenue Service? El Tesoro Nacional aceptaría esas contribuciones con inmenso deleite y la ley vigente impide rechazarlas. 

 

Esa acción tendría el beneplácito inmediato de Al Gore, quien hasta en el físico parece como un felino rollizo. También el del actual Vicepresidente Joe Biden, el que se ha hecho famoso en todas partes por sus ronrroneos geniales. 

 

La realidad es que lo que pretenden obtener estos gatazos regalones con sus cantos de sirena es una subida de impuestos implacable para todo aquel que tenga ingresos por más de $200,000.00 al año. El objetivo es político y no caritativo. Confieso que cuando yo tenía diez años de edad esa cifra constituía una fortuna comparable a varios millones de los devaluados dólares de hoy.   Empero, han pasado 67 desde que yo tenía diez.

 

Al presente, $200,000.00 al año no impresiona a muchos. El estado cuenta con miles de funcionarios que ganan bastante más de eso. Esa cifra podría fácilmente ser el ingreso bruto de un negocio pequeño. Un negocio de esos que de acuerdo a cifras oficiales de Washington generan la mayor parte de la empleomanía privada. Un negocio de esos muchos que la declaración anual de impuestos define como individual.

 

Mr. Buffett es considerado un benefactor público. Un legítimo filántropo, quien ha donado en caridades la mayor parte de su fortuna. Sin embargo filantropía no es sinónimo de altruísmo y de eso se trata su presente agenda colectivista.

 

La definición de hipocresía que me brinda el diccionario de la Lengua Española que poseo es así: “Fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que realmente se tienen o experimentan” ¿Se aplica eso a las recónditas intenciones Mr. Buffet? Los lectores tienen la palabra.

 

 

 

 

 

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