EL AMOR A CUBA

Por Esteban Fernández

 

Los otros días les hablé del odio contra los opresores de la tierra cubana, hoy voy a dedicarme a expresar el amor que le profeso a esa TIERRA SAGRADA. Transferir el rencor por los jenízaros a nuestro país es un error gigantesco, un crimen de lesa humanidad.

 

¿Qué culpa tienen los tomeguines del pinar, ni el arroyo en la montaña, de los crímenes cometidos por la tiranía? Desde la inicial y agradable  sorpresa de Cristóbal Colón hasta el último forastero que visita la Isla- sin apenas notar la destrucción física y moral causada por el castrismo- todos coinciden en que se trata de uno de los parajes más bellos del universo.

 

Los esbirros castristas han acabado con la libertad, la prosperidad y con la quinta y con los mangos,  pero­ no han podido cambiarle el  precioso color azul al cielo cubano. Aunque, desdichadamente, no hay dudas que también han logrado, por estúpidos y malvados, deteriorar la belleza natural de ciertos lugares de la Isla. Por ejemplo, a nuestro río Mayabeque le pusieron una represa y ya mi pueblo -que tenía el mejor sistema de regadío de la nación-  no es la sombra de lo que una vez fuera.  Y por su extremada negligencia, el gobierno ha provocado un tremendo desastre ecológico en los mares.

 

Todos los días nos dicen que la Cuba que nosotros recordamos con cariño no existe, pero allí está Soroa, el Salto del Hanabanilla, y la tierra colorada alrededor de mi pueblo. ¿Alguien ha logrado borrar la emoción que  me producía bajar la loma de Candela y contemplar  de lejos al Valle de Güines?

 

Las bellas mariposas, el canto de un canario,  una bandera cubana en un mástil, un arco iris, un manantial,  un aguacero, un rabo de nube, una lagartija, una ceiba centenaria, un palmar, un cañaveral, un punto guajiro, unos niños inocentes jugando a la quimbumbia, unos tinajones camagüeyanos; todo eso son motivos mas que suficientes para sentir ternura por nuestro terruño. No pisaré a Cuba mientras sea esclava, pero no es por falta de cariño por mi tierra, sino porque mis principios y mi  anticastrismo me lo impiden.

 

Porque no pasa un solo día sin que añore la campiña cubana,  las playas, los sinsontes, una jutía que quede viva, su clima privilegiado, un cerro, un camino vecinal, y hasta el bagacillo que caía en mi camisa blanca traído por el viento desde el ingenio más cercano en época de zafra.

 

Cuba no es Fidel ni Raúl Castro, estos H.P. son aves- buitres- de paso y desaparecerán algún día. Cuba es eterna. Cuba es Viñales, los arcos de Canasí, Guanabo, un oxidado machete abandonado en el medio del monte, una guayabera raída  que perteneció a un Mambí, un improvisado guateque,  un amanecer luminoso, el cantar de un gallo ­parado en un arado, y unas palomas revoloteando en el sol radiante.

 

Cuba no es Tropicana ni hoteles españoles para turistas, ni jineteras menores de edad.  Cuba es la tierra de nuestros antepasados, la isla de los mártires, desde Hatuey hasta Zapata Tamayo.

 

Escucho decir: “Yo odio aquel lugar donde tanto sufrí” Pero la culpa no es de Cuba sino de sus hijos malos. ¿Qué culpa tienen las cristalinas aguas de Varadero de las barrabasadas y abusos de los esbirros castristas? Adorar a Cuba es un deber y un placer­.  Ayudar a sus verdugos con un solo dólar, es  un crimen incalculable.

 

A mi país lo llevo en el corazón, hasta recordar a los mosquitos en la playa Caimito me enternece. Siempre debemos mantenernos orgullosos de las bellezas naturales de nuestra nación aunque  hoy en día sólo se utilizan para extraerles dólares a los extranjeros y a los cubanos que visitan la madriguera del enemigo.

 

Cuba es mi religión, a Cuba la tengo en un altar, en un pedestal, Cuba es la Iglesia que yo-mentalmente- visito todos los días. Para mí, un bohío con piso de tierra es mas lindo que el Empire State Building.

 

El olor a tierra mojada después del aguacero, el pico Turquino, una gallina con 20 pollitos a su alrededor; eso  es la Patria. ¿Son responsables el azulejo, la golondrina y  el colibrí de la maldad de los degenerados comunistas?

 

La destrucción física se arregla en seis meses, la belleza natural es la misma y es eterna, desde mucho antes que Rodrigo de Triana gritara “¡Tierra!” Y representa un deber de todos nosotros adorar a la patria que nos vio nacer.

 

 

 

 

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