RUBIO: CULPABLE POR AFINIDAD

Por Hugo J. Byrne

 

La culpabilidad por asociación es un frecuente y desprestigiado hábito en los políticos extremadamente deshonestos y en la prensa extremadamente amarilla. En los Estados Unidos de nuestra era está costando cada día más trabajo diferenciar entre los primeros y la segunda. Sin embargo, resulta absolutamente intolerable cuando esa culpabilidad se extiende a la familia y en especial a la familia por afinidad. Intolerable por deshonesta y estúpida.

 

Había resistido hasta ahora la tentación de escribir sobre el brillante nuevo Senador por Florida, Marco Rubio. Mantuve mi admiración en la nevera mientras cubría otros temas más inmediatos. Mi razón era sólo una: no tenía suficientes elementos de juicio para evaluarlo. Lo reconocía como un político de gran éxito con cuyas aspiraciones sociales y económicas me identifico plenamente. Sabía también que posee una extraordinaria elocuencia y un intelecto superior. De ambos dan fe su meteórica carrera electoral y su singular habilidad para el debate. 

 

No obstante, algunos elementos de juicio me detenían en manifestarle mi solidaridad y apoyo. Aunque parece perfilarse como una figura nacional, Rubio es un político de otro estado y por el momento corresponde a los votantes de Florida decidir sobre él. El otro era su repetida afirmación de que en la Cuba de antes de Castro, la propiedad inmueble era esencialmente heredada. 

 

En toda economía libre existe la herencia. Es parte intrínseca del capitalismo y la libertad mercantil. Se trata de algo imprescindible al concierto de una sociedad capaz de ejercer derechos inalienables. No obstante, no creo necesario reafirmar aquí que la inmensa capacidad empresarial de los cubanos fue la fuente principal del muy considerable desarrollo económico de Cuba en los años cuarenta y cincuenta, al comparársele con el del resto de las naciones de la América hispana de la época. Ese desarrollo incuestionablemente superior, fue detenido en seco por el socialismo totalitario que Castro y su gavilla nos impuesieran a sangre y terror desde la década de los 60, con la ayuda de la felizmente desaparecida Unión Soviética y sus compañeros de viaje en Washington. 

 

El llamado “milagro de Miami” es producto directo de esa sorprendente capacidad cubana para invertir y crear riqueza. ¿Soy acaso el único exiliado cubano suficientemente viejo para recordar qué era Miami a principios de los años 60? ¿Existe alguien que seriamente crea que el exilio cubano nada tuvo que ver con ese extraordinario cambio? Me mudé al sur de California a fines de 1963 y no regresé a Miami hasta 1981: soy testigo de excepción del dramático progreso del sur de Florida.

 

Ahora sin embargo, ha ocurrido algo que demanda mi presencia inmediata en la esquina de Rubio y que se llama “culpabilidad por relación familiar de afinidad”. Aunque subscriptor de “Direct TV” y muy capaz de ver toda la programación en español, hago cuanto es posible por evitarla. Por supuesto que nadie tiene derecho ni a imaginarse que desprecio mi propio idioma.   Escribo en castellano todas las semanas y algo que me molesta de esa programación a que me refiero es su contínua destrucción de la lengua que aprendí desde la cuna. Comparto el noble sentimiento que cantara un pariente poeta: “Hallo más dulce el habla castellana, que la quietud de la nativa aldea, más deleitosa que la miel hiblea, más flexible que espada toledana...” 

 

¿Desean los lectores un ejemplo de esa intolerable corrupción de nuestro idioma? Durante el fenecido programa llamado “María Elvira Live”, su presentadora utilizaba siempre el verbo correr para hacer referencia a quienes aspiraban a una posición electiva. Esto lo hacía una persona que alardeaba de no utilizar “Spanglish” en su programación diaria. El verbo correr tiene muchísimas definiciones, pero ninguna significa aspirar a un escaño, una concejalía, una gobernatura o la presidencia. Quien lo dude debe remitirse al diccionario español: se corre en la pista, no en la política. Cuando en nuestra chanza popular se creara la frase “¡A correr liberales del Perico!” El verbo se usaba correctamente y se refería al acto de poner pies en polvorosa, no de competir por una silla en la Cámara.

 

Volviendo a Marco, ¿es el Senador Jr. por Florida de alguna manera responsable de ilegalidades cometidas por un pariente de su esposa? En el momento en que tales infracciones sucedieron, Marco tenía apenas 16 años de edad y cursaba “high school”. ¿Era eso desconocido por ese bochorno del periodismo amarillo hispano que se prestara a difundir ese insulso fiambre para alimentar perversas implicaciones políticas? Australia fue utilizada primeramente por la metrópolis británica como colonia penal. ¿Quiere decir eso que los australianos de hoy comparten la culpabilidad de sus tatarabuelos? Por supuesto que la sugerencia de culpabilidad familiar por afinidad surgió de una estación de TV de habla hispana. ¿Solamente hispana, o además anticubana?

 

Porque va siendo hora que se reconozca seriamente que en este ambiente social, político y económico, se nos envidia a los exiliados cubanos y que esa envidia se demuestra de mil modos. Ese más vil de los sentimientos humanos se ha desbordado muchas veces en el curso de las últimas décadas y el notorio caso de Elián González viene a la mente. Ahora se trata de un joven político republicano y conservador, cuya velocidad ascendiendo la escala pública en Estados Unidos es meteórica y va dibujando un muy probable escenario de aspiración a la primera magistratura. 

 

Si a ello se agrega la progenie cubana de Marco Rubio y su orgullo por la misma, ¿quién puede sorprenderse de la evidente antagónica histeria de los alabarderos de la “izquierda latina” doméstica?

 

 

 

 

 

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