SOBRE LA JUSTICIA EN NORTEAMÉRICA

Por Hugo J. Byrne

 

Han pasado muchos años desde que sucedieron los múltiples actos de violencia en Los Ángeles que ocurrieran después del primer juicio a los agentes del orden involucrados en la golpiza a Rodney King. Ese incidente que nunca hubiera ocurrido de haber King obedecido la ley, eventualmente costaría la vida a más de 50 personas. Policías locales y la Patrulla de Caminos perseguieron a King a velocidades superiores a 100 millas por hora. Esos homicidios junto a pérdidas materiales de $800 millones fueron respuesta a la absolución por un jurado en Simi Valley de los agentes que participaran en la golpiza. Posteriormente a ese incidente, al segundo proceso a los gendarmes (en flagrante violación de la quinta enmienda) y a la compensación millonaria que recibiera, King tuvo de nuevo problemas serios con la justicia.

 

Uno de los incidentes violentos del motín involucraba a un camionero de la raza blanca cuyo nombre no recuerdo, quien tuvo la poca suerte de transitar por la zona afectada y la pobre decisión de detener su vehículo frente a una luz roja, cuando casi todos los motoristas usando prudencia las ignoraban. Para colmo, llevaba la puerta de su cabina sin seguro.

 

Y para suma de desdichas, en esa misma esquina en ese instante se encontraba un rufián con una ficha penal de medio kilómetro, cuyo nombre tampoco recuerdo, pero quien respondía al muy distuinguido apodo de “Football”. “Football” estaba ese día en la mejor disposición de descalabrar al primer blanco que se pusiera a su alcance. En consecuencia abrió violentamente la puerta del camión, arrastrando al camionero fuera de su vehículo.

 

Acto seguido le propinó al indefenso y aturdido motorista un soberano ladrillazo en la cabeza. Después, como demostración de sus intenciones alevosas, bailó una grotesca cabriola alrededor de la postrada y sangrante víctima .

 

Este último sobrevivió el ladrillazo, haciendo acto de presencia en el juicio que por asalto y mutilación criminal se le seguía a su atacante. Pero ¡sorpresa! no estaba allí para acusarlo, sino para otorgarle su perdón. También asistió la progenitora del agredido, quien, en solidaridad con su hijo se sentara al lado de la madre de “Football”. No tengo la menor duda de que esa actitud contribuyó a que el cargo de mutilación criminal fuera eliminado. Para ser convicto de ese cargo, de acuerdo a los “expertos” de la TV, hay que probar premeditación y en consecuencia, habría que haber sabido si Football intentaba reventar la cabeza de su víctima con el ladrillo o sólo deseaba hacerle un chichón ¿Un chichón con un ladrillo?. No sé que pasaría en el resto del proceso. Perdí interés. Fue entonces que también empecé a perder mi antaño casi religiosa fe en el sistema de jurados. 

 

Nada de lo que ha pasado después de eso ha contribuído en un ápice a que lo recupere. A mediados de la década siguiente, vino el caso de doble asesinato del que fuera procesado y absuelto O.J. Simpson. Cuando el veredicto fuera anunciado, inicialmente traté de racionalizarlo: misión imposible.

 

Más tarde supe que el entonces Fiscal de la Ciudad, Phil Garcetti, había arbitrariamente cambiado el lugar del juicio, de la zona residencial exclusiva donde ocurriera el crimen (donde también vivía Simpson), a otra en Los Ángeles. ¿Razón? ¿Quizás obtener jurados que “más apropiadamente” representaran sus iguales (“peers”)?

 

De haber sido así, la decisión fue no sólo arbitraria, sino implícitamente racista. También racista y absurda fue la promesa de Garcetti a una delegación de dignatarios negros a no pedir pena de muerte para Simpson en el caso de que fuera convicto. Yo siempre había creído hasta ese día que todos los ciudadanos de este país eran iguales ante la ley. Hoy en día si usted es políticamente correcto, o es una de las llamadas “celebridades”, puede ser “un poco más igual” que todo el resto. Los jurados en el proceso a Simpson representaban minorías étnicas, a excepción de una mujer de la raza blanca. Simpson, como King, se vio de nuevo en problemas con la ley. A diferencia del otro delincuente, Simpson (afortunadamente) aún reside en la cárcel.  

 

¿Eran los pensionados de la seguridad social, o los empleados del Correo, o las amas de casa del Centro Sur de Los Ángeles, “iguales” a Simpson solamente por ser negros? ¿Acaso vivía Simpson entre ellos? ¿Eran negros la mayoría de los amigos de este famosísimo ex-estrella del deporte, actor de cine y exitoso inversionista millonario? ¿Dónde vivía Simpson? ¿En South Central? El finado defensor Johnny Cochran exhortó a los jurados a “enviar un mensaje”. Eso lo hizo a ciencia y paciencia del juez Lance Ito y de la fiscalía: nadie protestó por algo que en cualquiera otra corte habría descalificado al panel. Garcetti fue virtualmente barrido en las elecciones que se celebraran después, pero era demasiado tarde para la justicia.

 

Ahora supimos del veredicto en el caso del Estado de Florida contra Casey Anthony. No tengo la menor idea de quienes eran los jurados esta vez. Limpiando la hojarasca, quedan sólo dos cosas seguras: la ausencia de evidencia física de cómo murió la hijita de Anthony y el hecho de que Anthony ocultó su deceso a las autoridades durante 30 días. Coincidentemente a eso la joven Casey asumió una vida de activa juerga y baile, como si súbitamente se hubiera liberado de una carga muy pesada. ¿Evidencias circunstanciales? Sin duda, pero abrumadoras.  

 

Los jurados decidieron no encarar al público. Es su derecho, pero que nadie demande mi respeto por esos cobardes. Sólo respeto el coraje de las convicciones.  Mientras tanto mi confianza en el sistema de jurados continúa en cero.   

 

 

 

 

 

 

 

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