NUESTRA SOLEDAD

Por Hugo J. Byrne

 

“Libertad sin orden es anarquía, orden sin libertad es opresión.” (Miguel Mariano Gómez).

 

El pasado abril se cumplieron 50 años de que la República de Cuba fuera abandonada por su presunto aliado norteamericano. Las decisión política del Presidente Kennedy impidiendo la consolidación de una cabeza de playa libre al este de la Ciénaga de Zapata, culminó en la ignominiosa derrota de Bahía de Cochinos. Cómplice en ese desastre fue nuestra total incapacidad para controlar los acontecimientos. La joven comunidad exiliada, aún aturdida por el injusto resultado y dividida por el mismo, no percibía el origen del problema. Fue bastante después de la crisis de octubre de 1962 que inescapables evidencias empezaran a permear nuestro intelecto.

 

Un servidor estaba en Cuba el 17 de abril de 1961, esperando órdenes para ocupar el centro de trabajo donde desarrollaba mis labores. La espera fue en vano y la orden nunca se materializó. En uno de los más absurdos eventos de la historia militar contemporánea, el desembarco de Bahía de Cochinos no tomó por sorpresa al régimen, sino a quienes se aprestaban a apoyar el desembarco. ¿Cabe en lo posible que tal confusión fuera producto de error humano o circunstancias fortuítas? Mi padre había fallecido el día 14 de abril y al día siguiente, durante sus funerales, se produjo el bombardeo a las bases de la Fuerza Aérea castrista. 

 

Sería el único ataque al arma aérea del régimen de los tres que habían sido programados. La decisión de Kennedy cancelando las otras dos incursiones fue la más dramática causa de la debacle, aunque sin duda nó la única. La derrota impuesta por Washington, otorgaría una victoria decisiva al castrismo. Esa victoria, reforzada por los acuerdos de fines de 1962 entre los soviéticos y la misma administración “Camelot”, resultarían en la permanencia de Castro en el poder. No deseo rememorar esos trágicos eventos que el lector bien conoce, sino analizar las consecuencias políticas de ellos.

 

La reacción del destierro en la primera mitad de la década de los sesenta fue la paulatina integración del mismo a la política doméstica norteamericana, lo que representó una ganancia neta para el Partido Republicano. Los demócratas tanto por ideología social contemporánea como por sus acciones, entre las que ocuparon lugar prominente las previamente citadas, se convirtieron (justamente) en anatema para la gran mayoría del exilio. A todo esto puede agregarse la indiscutible relación entre el castrismo y muchos personeros de la poderosa ala izquierda de ese partido. 

 

La marea alta de la alianza del GOP y el destierro ocurrió durante la administración de Reagan, que para muchos fuera el ejemplo de la actitud resuelta ante la amenaza soviética. Actitud razonablemente acreditada por el posterior desplome final del “Bloque Socialista”, durante el gobierno de Bush I. Invisible en medio de la euforia tuvo lugar una aleccionadora iniciativa diplomática. La primera medida de Reagan fue el envío del General Vernon Walters a La Habana como embajador plenipotenciario, con el único propósito, admitido a posteriori por el desaparecido diplomático, de buscar un acomodo con Castro. El intento fracasó por intransigencia castrista, pero reflejaba las intenciones de Washington. 

 

El “embargo económico”, nunca aplicado en sus capítulos efectivos por obra de administraciones de signo político diferente, ha mantenido el interés del destierro en la política doméstica al dirigirse muchos de nuestros mejores esfuerzos a su aplicación y continuidad. Aunque su derogación sería una mejora económica temporal y una victoria política para el régimen, su mantenimiento no determina el fin del castrismo. Washington no es un aliado de Cuba, sólo un espejismo más. Confundimos la nación que amamos y que nos ama, con su política que nos desprecia y usa. Para la primera somos sus hijos, para la segunda, dependiendo de donde sople el viento, un interés o un lastre.    

 

La “Ley Patriota” ha sido utilizada por el Departamento de “Homeland Security”, para perseguir a exiliados cubanos por haberse alzado en armas contra la tiranía. Veteranos del Escambray y sus familiares han encontrado obstáculos para entrar a Estados Unidos por “tomar armas contra las autoridades de un estado extranjero”. La política de Washington contra los militantes cubanos se hizo evidente con la prisión de prominentes activistas. El ignominioso régimen carcelario a que fuera sometido Luis Posada Carriles fue una vergüenza nacional y universal. Las maniobras para entregarlo al régimen de Caracas se evidenciaron en los manejos de los picapleitos federales. Poco importaba que el mandamás en Venezuela rompiera lanzas diariamente con los más encarnizados terroristas. Sólo importó que el crudo que envía ese fantoche a Estados Unidos se mantuviera sin merma, para que no se agreguen más presiones a las dificultades de Washington. Es la política de la cobardía y la diplomacia de la traición.

 

En medio de la catástrofe nacional de Francia tras su derrota de 1940, un joven general decidido a continuar la guerra desde el exilio y en ese momento despidiendo a diplomáticos británicos en el aeropuerto de París, saltó al avión en el último instante, volando con ellos hasta Londres.   Pocos días después, en su histórico primer discurso desde la BBC, De Gaulle les dijo a sus compatriotas que no estaban solos. Sin embargo, en sus tormentosos enfrentamientos con sus aliados “anglosajones” el arrogante soldado actuó siempre como si Francia estuviera totalmente sola. Aceptó ayuda si no estaba condicionada a riendas o controles. De Gaulle, quien no era santo de mi devoción por razones que no competen a este trabajo, sabía que Francia estaba sola. De su rebeldía Churchill se quejó con amargura, declarando que: “entre las cruces que tuve que cargar durante la guerra, la más pesada fue sin duda la de Lorena” (símbolo de “Francia Libre”).

 

En 1963 tres mil cubanos ingresamos al ejército de Estados Unidos, pero lo hicimos jurando oficialmente fidelidad a la Bandera de la Estrella Solitaria. Esto es un recordatorio. Hace tiempo olvidé a Washington, a los demócratas y a los republicanos. Como en 1895, Cuba está sola hoy. Lo ha estado por cincuenta y dos años. Sólo nos tiene a nosotros. ¿Y qué podemos aún aportar a la patria quienes hace ya tiempo iniciamos el ocaso de nuestras vidas? Quizás sólo nuestro ejemplo. El mismo ejemplo que nos dieran Aguilera y Céspedes y que cantara elocuentemente B. Byrne en su poema del mismo título, con cuyas últimas estrofas termino.

 

Si es nuestra redención una quimera,

si para vernos libres es temprano…

¡la paloma conviértase en pantera!

y mientras lata un corazón cubano,

juremos rescatar nuestra bandera,

pasándola al morir, de mano en mano

 

 

 

 

 

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