LA PAZ DE LOS SEPULCROS

Por Hugo J. Byrne

 

Nunca he promovido violencia a menos que sea inevitable. Al mismo tiempo, estoy consciente de que hay circunstancias en las que destruir es la única manera de evitar ser destruído. Esto es muy evidente para quien haya enfrentado la carga de un animal salvaje, enfurecido. No hay dudas de que existen maneras de detener esa carga, pero no son pacíficas.

 

El que crea que no hay seres humanos capaces de emular a esos animales salvajes, no entiende ni entenderá jamás la mentalidad de un fanático terrorista. Esos que son promotores de extender un ramo de olivo a tigres en plena carga, tienen menos células grises que los cavernarios. Esos presuntos antecesores de ellos, buscaban la protección de un árbol coposo si enfrentaban tigres con colmillos de sable, o la seguridad de una cueva cuya entrada fuera lo suficiente amplia para ellos y demasiado angosta para los tigres. No parlamentaban con el peligro letal, sino que lo evitaban a toda costa. No pierda de vista el lector que me refiero a presuntos “eslabones perdidos”, pero aún así capaces de sentido común. 

 

Ayer tuve la poca suerte de ver en un programa de Fox News a uno de estos retardados con menos capacidad mental que el Pitecantropus Erectus de Java, quien afirmara que se debe combatir el terrorismo mediante la eliminación de las “raíces” que provocan esa conducta antihumana. Lo más triste es que se trata de una “estrella” de la música: un “cantante de rap”. En caso de que el lector sea un neófito en “música contemporánea”, “rap” es una rima consonante cantada en cadencia monorítmica, (insoportable para un servidor).  

 

Digo triste, porque aunque parezca increíble ese género, perversión objetiva del gusto artístico, goza de gran popularidad en nuestros tiempos y esta especie contemporánea de un eslabón perdido a quien me refiero, tiene el muy apropiado nombre artístico de Fiasco (fracaso en castellano). Sin embargo, este Fiasco es muy popular y la popularidad en un músico casi siempre se traduce en éxito económico. Quizás ese sea también su nombre en el Registro Civil, o el de la pila bautismal, que ya nada creo imposible.

 

Esta actitud irracional no es única ni nueva. El más notorio y costoso pacifismo de todos los tiempos fue el franco-británico, que provocara la Segunda Guerra mundial. Hitler era un terrorista fanático, totalmente imbuído de nociones irracionales sobre superioridad racial, quien alimentaba un feroz resentimiento hacia Occidente y un insano deseo de venganza por la derrota alemana de 1918. 

 

Engañó sólo a quienes se prestaron voluntariamente a la engañifa. Eso quedó patente tras el fracaso de la asonada “cervecera” de Munich en 1923. La policía que supuestamente se plegaría al motín, por el contrario resistió con efectividad, matando a 16 nazis. En “Mi lucha”, panfleto que escribiera como huésped de lujo en una prisión a la que había sido condenado a cinco años y en la que sirviera solamente nueve meses, Hitler describió con pelos y señales todo cuanto se proponía hacer: único acto honrado en toda su vida miserable y también el único que no creyeron en París y muy especialmente en Londres.  

 

De acuerdo a su historial, Hitler era sin dudas un gangster sin honor ni escrúpulos, muy capaz de mentir, traicionar y estampar la firma en cualquier documento sin la menor intención de cumplir sus estipulaciones. Cualquier semejanza con Castro y compañía no es necesariamente casual.

 

El crimen de los gobiernos de Francia y Gran Bretaña respecto all Pacto de Munich en 1938, consistió no solamente en traicionar al fiel aliado chekoslovaco, sino en convertir al energúmeno de Berlín, sin la menor necesidad, en árbitro de Europa. La desaparición de Chekoslovaquia, absorbida totalmente y convertida en “Protectorado de Bohemia y Moravia” en flagrante violación del mismo Pacto, convenció a todo el continente de que los aliados franco-británicos llegarían a todos los extremos en concesiones a Hitler para mantener una precaria paz en Europa.

 

Entre las naciones cuya política exterior fuera negativamente influenciada por los acuerdos de Munich, estaban la Italia de Mussolini y sobre todo, el predio soviético del camarada Stalin. Hasta ese momento el Duce había dudado asociarse política y militarmente con Alemania. Inmediatamente después de su primer encuentro con Hitler, de acuerdo a su Ministro del exterior, Conde Ciano, el Duce dijo: "non mi piace".  Esas dudas fueron echadas por la borda ante el espectáculo repulsivo de concesiones absurdas por parte de Monsieur Eduard Daladier, Primer Ministro de Francia y Mr. Neville Chamberlain, su contrapartida británico en Munich de 1938.

 

Aún peor para la causa aliada fue el Pacto de no agresión entre Alemania y la Unión Soviética, firmado el 23 de Agosto de 1939 en Moscú. Con este tratado Stalin, quien no confiaba en la solidez del espinazo occidental después de Munich, desató la Segunda Guerra Mundial en el mismo año, cuando sus fuerzas combinadas con las de Hitler invadieran Polonia desde ambos frentes.

 

Sin embargo, ni siquiera el rapto de Polonia disuadió a los pacifistas de París y Londres de esperar contra toda esperanza un acomodo pacífico con Hitler. En consecuencia, se abstuvieron de atacar el totalmente desguarnecido frente occidental alemán en 1939. 

 

De haberlo hecho no había nada que les impidiera haber llegado a Berlín. Incluso los más altos oficiales alemanes estaban listos para terminar con el Tercer Reich en tal eventualidad. Hitler, a pesar de cuantas limitaciones intelectuales demostraría más tarde, había leído correctamente la ausencia de sentido común de sus futuras víctimas.  

 

Meses más tarde, ante el inteligente uso de las Panzers trasladadas al occidente en el verano de 1940, París merecidamente mordería el polvo. Si no ocurrió otro tanto con Londres, fue gracias a la Royal Air Force y... al Canal de la Mancha. Las consecuencias de ese pacifismo cobarde y absurdo fueron más de 50 millones de vidas y una devastación que, en muchos aspectos, aún sufre la humanidad.

 

 

 

 

 

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