¡GRACIAS!

Por Hugo J. Byrne

 

El día 27 de abril del presente año fui objeto de una cirugía mayor consistiendo en la reparación de la arteria aorta y el remplazo de la válvula de la misma arteria al corazón. Hace año y medio, a través de un ecocardiograma (ultrasonido), se detectó que tenía un engrosamiento en la zona toráxica de la aorta. Esto es lo que en términos facultativos se conoce como aneurisma. Al detectarse medía 4.9cm de diámetro. Durante año y medio me sometí a periódicos ultrasonidos y a los complemetarios “MRI” para determinar su desarrollo. Cuando en enero del año en curso el aneurisma aumentara a un calibre de 5cm. el Dr. Robin Cohen, eminente cardiocirujano de U.S.C., aconsejó cirugía inmediata. En el acto informé a todos los editores, publicistas y lectores, quienes reciben esta columna semanalmente, enfatizando que estaría fuera de combate por lo menos de 45 a 60 días. 

 

El procedimiento dura unas cinco horas y media y se inicia con una incisión de ocho pulgadas de largo en el centro mismo del pecho, cortando el esternón verticalmente con una sierra eléctrica. Ambas partes de lo que se conoce en inglés como “rib cage” son separadas para tener acceso a la parte posterior del corazón. Bombear la sangre al organismo y mantener la oxigenación del cerebro y los pulmones se obtiene durante la cirugía por medios artificiales. Al finalizar el procedimiento, el cirujano sutura el dividido esternón usando un alambre quirúrgico que permanece dentro del paciente.

 

Hasta aquí todo cuanto soy capaz de describir sin entrar en términos científicos, pues no soy doctor y menos aún cirujano. Lo único que puedo agregar es que al final debo haber perdido sangre, pues necesité una transfusión de siete pintas.

 

Fui dado de alta del Hospital Huntington en Pasadena seis días después de practicada la cirugía, pero tuve que ser readmitido más tarde, víctima de una hemorragia interna provocada por un medicamento anticoagulante. También tenía fluído en el pulmón izquierdo, eventual consecuecia de la cirugía. Los anticoagulantes son imprescindibles al menos temporalmente después de remplazar la válvula aórtica. La hemorragia se originaba en un vaso sanguíneo en el revestimiento interior del estómago, el que fue expertamente reparado por el Dr. Stubrin, excelente gastroenterólogo.

 

Al presente estoy convalesciendo en mi casa y ya hace varias semanas fui dado de alta por la segunda vez. No puedo decir que he recobrado todas mis fuerzas y debo admitir que aún me canso más que antes, después de ciertos esfuerzos cotidianos. Sin embargo, voy recuperando lentamente la energía perdida.

 

Por eso y por la prognosis positiva de mi presente estado de salud, es que compongo estas breves líneas para dar las gracias. En primer lugar gracias a Dios, sin cuyo concurso nada es posible en nuestras vidas. El progreso humano me permitió vivir en una época tan avanzada en el campo de la medicina en general y de la cirugía en particular, que ha redundado en prolongar mi vida. Después tengo que dar gracias a mi esposa, sin cuyo concurso de amor y dedicación abnegada no habría sobrevivido. Gracias a mis hijos, quienes bridaron su abnegación sin límites y cuya compañía y protección pude disfrutar sin reparos en tiempo o en distancia. Gracias a Dios por la bondad y el amor de mis hijos. No me sospechaba merecedor de tanta devoción y afecto filial.

 

Por supuesto tengo que agradecer la extraordinaria eficiencia y profesionalismo de facultativos como el cardiólogo Dr. Rashtian, quien detectó el aneurisma, refiriéndome al cirujano Dr. Cohen, quien practicara la complicada operación y la oportuna intervención del gastroenterólogo Dr. Stubrin, quien detuvo el sangramiento en mi estómago. Al mismo tiempo deseo reconocer al Staff del Hospital Huntington por el que tengo la mayor estima.

 

Finalmente, gracias a la legión de compatriotas del exilio histórico cubano y otros amigos cuyos desvelos ante mi enfermedad no pueden pagarse con nada. No puedo listarlos pues son muchos y, aunque escribiera cien cuartillas siempre correría el riesgo imperdonable de omitir algunos nombres. Todos ellos, los que tengo cerca y quienes residen en otros estados o allende los mares, reciban con este ensayo el testimonio imperecedero de mi humilde, pero inextinguible agradecimiento.

 

Sólo puedo reafirmar lo que siempre ha sido brújula de mi vida, cualesquiera sean los avatares que me reserve el destino: continuaré participando en primera fila en la lucha por la libertad y dignidad de Cuba hasta mi último aliento. Eso implica perpetua hostilidad hacia quienes por acción u omisión obstaculicen ese objetivo sagrado, en cualquier rincón del planeta en que se encuentren, pues como Jefferson he jurado esa hostilidad ante el altar de Dios.

 

 

 

 

 

 

COMENTARIOS


Comentario
*El Administrador de la Nueva Nacion se reseva el derecho de no aprobar comentarios inapropiados.
 
Missing Image